el pulso de la vida: «Sofoco» de LAURA ORTÍZ GÓMEZ
Si quieres añadir un nuevo nombre este año a tus amores literarios, un libro que te dejará huella perdurable, añade el de LAURA ORTIZ GÓMEZ, no te arrepentirás, ya que es un inmenso libro de relatos. La elección del título, Sofoco, le vino sugerido por una amiga suya, buscando una palabra que “hablara del placer sexual, de la asfixia de vivir en un país en conflicto y del calor de ciertos territorios. Y me pareció que el sofoco reunía esas sensaciones.” Este libro que pedí para navidad, uno de esos regalos que uno se hace, me vino recomendado por Federico Baraya, profundo amante y militante del mundo del relato breve en Colombia. Comenzando a leer el libro la palabra que primero me vino a la cabeza fue buena escritura Por buena escritura no me refiero, a un recurso tan tonto como “calidad literaria”, concepto que siempre me pareció demasiado utilitario y mercantilista. Me refiero a una escritura justa y propiciatoria justa: una escritura que guarda un delicado equilibrio entre las escrituras impetuosas, escrituras río, lispectorianas por así decir, pero donde tampoco hay un exceso de contención en como fluye la palabra. Una escritura que discurre tranquila, río con represas, respetando silencios, diciendo lo que debe decir, pero al ritmo de la vida, sin agredir al lector ni minimizar la importancia y gravedad de lo que se expone Justo no es lo mismo que exacto, que se emparenta para mí con la perfección que es siempre un poco expulsiva con el lector o lectora ya que estos no pueden ya agregar nada de su parte. Exacto o excesivamente perfecto tendría que ver con erradicación del deseo por no quedar puntos de fuga en el texto posibles Justo tiene que ver con la elipsis, con no arrojar los relatos a su extremo más horrible e inquietante, con respetar la capacidad de sugerencia, de elipsis. Bello juego de luces y sombras; respeto a fin de cuentas a lo indecible propiciatoria: que reconstruye imaginarios comunes y posibles, que nombra las cuestiones importantes de un país, una época y unos sujetos concretos, y que abre caminos en lugar de cerrarlos. De hecho, Laura Ortiz tiene un libro titulado Abrecaminos, ya que participó en la Comisión de la Verdad en Colombia Una escritura, la de LAURA ORTÍZ de fuerte musicalidad, pentagramada y aireada. Escritura casa; lugar de alojamiento subjetivo, donde uno está a gusto y puede quedarse. En ese río tranquilo que es su escritura, hay algunos remanentes o pequeños permisos, o como yo prefiero nombrarlas: marcas subjetivas, donde aludo al lugar por donde se filtra el inconsciente y el deseo. Sería aquello “desviado”, que se aleja de la norma literaria (¡como si hubiera un español standard!), y que hace insustituible y profundamente singular a una autora: Una de estas marcas o impronta es el uso muy particular de la repetición que ofrece énfasis y ritmo, con múltiples variantes a lo largo del texto. También es reseñable la recreación del habla de las gentes, fruto de la memoria afectiva en su experiencia y viaje como promotora de lectura y escritura en zonas rurales de Colombia, que no es lo mismo evidentemente que ir a ponerles un micrófono a los campesinos, como dijo una vez Juan Rulfo. También encontramos pequeñas alteraciones gramaticales, que sacan a la gran lengua de su letargo, dotando el texto de credibilidad y vitalidad, impulsando el texto con una gran fuerza narrativa Las breves o largas enumeraciones sensoriales y otros detalles que funcionan como un coro musical perfectamente sincronizado, dentro de ese espacio de impunidad e imaginación que para Laura es la escritura Me gustaron también mucho las modelizaciones del narrador, su subjetivación (no solo expresar el qué sino el cómo) y como están construidas las personas, que aquí me parece que son mucho más que personajes. Cada historia, cada vida de este hermoso libro de relatos esta dicha con la máxima dignidad. Una solemnidad inquietante, que va en aumento a medida que avanza el texto; que quita el aliento y hace caer alguna lágrima, y esto pese a que el horror sea siempre más entrevisto que explicitado (otro de los logros y donde radica la potencia de su apuesta política) Porque en el paisaje viven los personajes pero en los territorios viven las personas. Y esta diferencia entre paisaje vs territorio, es fundamental para aproximarnos a su escritura. También la maestría, siempre arriesgada, para narrar lo sexual, siempre entre lo cándido y simple y lo dicho sin tapujos, que ofrece una sensación de ternura inexplicable, pero nunca la imagen de condescendencia a las personas de las que habla Cuentos favoritos hay muchos, la mayoría, porque nada falta ni sobra en este libro: “Aitá la muerte” (la colisión poética de dos mundos heterogéneos pero extrañamente vinculados), “Tigre americano: panthera onca” (la historia conmovedor de un niñe y su mamá, donde la violencia que sufre el país desborda amenazando pero siempre prevaleciendo la vida como expresa su amigo y también escritor Giuseppe Caputo), “La cajita de Avón” (una historia de lucha por la dignidad con toques de humor y homenaje imprevisto a un autor muy querido por mí), “Un toro bien bonito” (aquí empieza a ser difícil no llorar, con una austeridad rebosante de belleza) y “Parto de vaca” (faltan las palabras) Finales dispuestos a interpretarse, siempre a recomenzar, como la propia vida. Este libro lo hemos leído extensamente, algunos días a la letra –párrafo a párrafo, frase a frase para ver cómo está construido el texto– en el taller de escritura de espacio LATE en Madrid. Todos y todas estuvimos de acuerdo en la emoción que despierta, en lo bien que está escrito, en su intensidad y ritmo narrativo. De hecho, nos ha sido un poco difícil pasar página y avanzar hacia otros textos. Por suerte, hay otros textos de Laura Ortiz publicados en Barrett: Diario de aterrizaje; su regreso de Colombia a Argentina para observar lo que quedó, lo posible y lo imposible, narrando su intimidad de forma generosa pero sin




























