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La verdad no depende de la lluvia
pero la palabra verdadera es necesaria para la fecundidad,
palabras blandas y sencillas para el parto de las mujeres.
Y la lluvia es buena para que florezcan el campo y la luz.
Confío que dure este agua en las entrañas del bosque
y se nutra la tierra que comparten árboles y corazones.
Que los pájaros digan el adiós. A mí me basta con respirar
este aire limpio, esta paz sin angustia. Observo desde aquí
el atardecer sobre el río, el sueño de las fuentes, el cerro de las águilas.
Lejos los incendios, lejos. No nos abandone
nunca la lluvia; las lluvias mansas, las lluvias eternas.
Joaquín García
enero, 2026
dedicado a mi madre
el poema toma como escenario el pueblo de Sacedón (Guadalajara, España)



