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con-textos y escrituras

escritor mexicano Juan Rulfo en México, 1955

hagan saber como habla alguien, EL FENÓMENO COLOQUIAL

  Muchas veces podemos preguntarnos, quienes narramos, si en la escritura debemos literaturizar la vida (es decir ficcionalizarla, mejorarla un poco) o vivificar la literatura; es decir introducir elementos vivos, de fuerza, creíbles y reales: fragmentos de realidad. Creo que ambas cuestiones son ciertas. Y el fenómeno coloquial nos permite ambas al mismo tiempo: ¿qué elemento más vivo a fin de cuentas que el propio lenguaje, que nos precede como sujetos, que nadie sabe cuándo nació ni cuándo morirá? El lenguaje nos acompaña desde la barriga de mamá y es nuestra seña de identidad más singular e intransferible. Por desgracia, estamos viendo que en estos tiempos el habla es clonable. Pero nunca será sustituible, ni reemplazable ya que ninguna máquina, aunque emita sonidos verosímiles y comprensibles, podrá hablar, ya que no hay lenguaje sin encarnatura en el cuerpo y la subjetividad. Introducir el habla en un texto lo humaniza, lo dota de vida, de ternura, o al menos de credibilidad. Me parece buena idea que un texto narrativo acabe dando cuenta de como habla alguien, un niño, una pareja, una familia, cualquier persona. El fenómeno coloquial sería uno de los indicadores, pero no el único, del proceso de humanizar un texto. Esto, cuando a quien narra le interesa eso en sus narraciones. H. P. Lovecraft, el genio de Providence, es quizás uno de los autores menos coloquiales de la historia de la literatura. A fin de cuentas, las criaturas primigenias no hablan, ¿no? En la pretensión del relato de horror lovecraftiano es no humanizar la literatura, sino deshumanizarla, y mostrar la insignificancia de los seres hablantes frente a los monstruos sin palabra. También hay otra cuestión de por medio muy interesante; parece, que, como efecto casi ineludible de la globalización, el fenómeno coloquial en literatura no está muy de moda. Algunos narradores pueden renunciar al fenómeno coloquial pensando que de lo contrario la historia tendrá demasiado color local y por tanto su historia será menos universal. Es la versión sofisticada y contemporánea del prejuicio habla popular “entrecomillada y de segundo rango” vs la literatura culta. Es además una falsa antinomia; nada más universal que lo que tiene soporte en un lugar concreto. Aquí estaríamos también en el juego de escrituras más localizadas -por lengua y contexto cultural- que escrituras deslocalizadas. Si pensamos que la literatura es el territorio de lo específico; la literatura no habla de cosas generales, siempre de cuestiones singulares 1 x 1: no habla del amor, habla de un amor. No habla de la infancia. Habla de un niño o varios niños. No habla de familias, habla de una familia. No habla de la verdad, en todo caso, de como una persona o personaje accede a cierta verdad. Tomando esto en cuenta, pero también por mi gusto personal, yo personalmente no quiero saber la historia de una niña de cualquier país como en “Un hombre cualquiera” de SAMANTA SCHWEBLIN, sino de una niña de abuela italiana, que vive en Argentina, que recibe en su casa un tío que viene de Lima, donde la abuela habla un extraño dialecto, donde HEBE UHART, realiza un bello homenaje quizás inconsciente a sus orígenes familiares italianos. Es posible que también haya una petición de las editoriales a las narradoras de historias menos localizadas, así el libro puede venderse en cualquier lengua, y el lector puede fantasear que transcurre en cualquier lugar. Aunque eso tiene una justificación para la venta de un libro, en cierta medida es un ataque a la singularidad cultural. Todo pese a que el cuento “Un hombre sin suerte” sea un cuento extraordinario y memorable, y uno de los más celebrados de la narradora argentina recientemente conmemorada con el Premio AENA. Una posible explicación de porque no se ha acentuado la coloquialidad en ese relato es la voluntad de transmitir que este tipo de violencias y desamparos las sufren niñas en infinidad de lugares del mundo. Pero como contraargumentación se podría decir que la narradora argentina Dolores Reyes, introduce con mucha más pregnancia la coloquialidad en su novela Cometierra (2025) sin disminuir ni un ápice por ello el quantum del alegato político. El cuento transcurre en un shopping, un atasco y un hospital de cualquier ciudad del mundo globalizado capitalista. Me hubiera gustado que la niña desamparada hablara la lengua de su familia y de su país: Argentina. Al menos yo fantaseo que es argentina, que es el origen de la narradora, aunque Samanta viva desde hace muchos años en Berlín. No una lengua franca española, que no existe en ningún sitio del mundo. Otras cuestiones que hay que aclarar es el fenómeno coloquial no es algo especifico de la ruralidad o de las historias de los pueblos. Hay coloquialidades urbanas tal como pensó JULIO CORTÁZAR (que le salió mejor que a otros autores como MARIO BENEDETTI) Tampoco me parece útil pensarlo en el sentido de literatura realista ⇒ tendente a lo coloquial o fantástica ⇒ no tendente a lo coloquial El fenómeno coloquial puede resultar un homenaje emotivo, aunque sea de forma indirecta o inconsciente, a personas concretas de la vida de quienes escribimos, que también es una forma interesante de que la escritura sea motor. Toda literatura es epistolar, como expresa el escritor ELOY TIZÓN. Si por ejemplo vamos a hacer un cuento a nuestra mamá, que menos que intentar dar soporte a como habla nuestra madre, o al menos hacer una digna aproximación, ¿no? Para hacer esto, como expresaba el mexicano JUAN RULFO en alguna entrevista, no se trata de ir con el micrófono a registrar como habla la gente. La coloquialidad funciona en principio por memoria afectiva⇒ recreación que siempre es algo un poco ficticia. Tras un vínculo significativo de muchos años o vivir en una zona mucho tiempo, uno termina sabiendo como hablan esas personas, en este caso los campesinos de Jalisco. Pero también uno puede inspirarse saliendo a ver como habla la gente en su pueblo o su ciudad. Por ejemplo, ANTÓN CHÉJOV muchos de sus relatos, parece que ha salido

escritora estadounidense Úrsula K. Leguin y su gato Pard

narrar las violencias, soñar LA LIBERTAD

  Me pregunto en este trabajo como el trabajo de narrar puede hacer de antagonismo o solamente ofrecer una continuidad con el sistema económico actual. ¿Qué es lo subversivo hoy? Tomaré dos ejemplos contrapuestos, muy diferentes por contexto cultural aunque nos servirá de aproximación; la escritura de Yasutaka Tsutsui con la de Úrsula K. Le Guin.  Oscar Brox, señala en la revista Detour, que al escritor japonés Yasutaka Tsutsui siempre le ha atraído separar lo mental y lo moral, los sueños de la razón, para observar de qué forma unos se alimentan de los otros y cómo, en definitiva, afecta a nuestro comportamiento social Como el mismo Tsutsui expresa en la entrevista con Jesús Álvarez Crespo (2009): En la vida real, ficción y realidad no se entremezclan, pero en el mundo literario yo creo que no se diferencian. Por eso, como forma de vincular la ficción y la realidad, pensé en introducir los sueños. Y con ese tema de fondo he escrito muchísimas obras Es decir, los sueños hacen de vínculo en su escritura de la ficción con la realidad, que parecen vincularse de forma inextricable, ambigua y confusa, como los propios procesos oníricos. Los sueños permiten de esta forma iluminar sombras de la realidad que no serían posibles vislumbrar de desde otro ángulo Si sus escritos fueran un tratado de filosofía ética, para Tsutsui no hay nada malo en soñar, ya que los sueños y toda la vida mental tienen para él un carácter sagrado, ya que lo censurable serían los actos reales, no los sueños. En ese sentido parece separarse de las consideraciones de Freud, para el cual los sujetos son responsables de hasta los detalles más pormenorizados de sus fantasías oníricas En ese sentido, considero que que el inventor del psicoanálisis pecó de excesiva moralidad, ya que para que un sujeto ponga en acto sus fantasías tiene que atravesar infinidad de barreras psíquicas (el temor al oprobio social, el sentimiento de culpa, la censura ejercida por el inconsciente) y no podemos olvidar que los sueños, aun en su carácter perverso, vivifican y sacan a algunos sujetos de su letargo vital y tristezas inerciales Para quienes leemos, por suerte, existe una distancia benéfica entre la realidad y la fantasía. Podemos disfrutar pensando escenarios imposibles, imaginado sucesos disparatados y también, obtener cierta ganancia de placer leyendo situaciones profundamente contrarias a nuestro sistema de valores, merced de poder disponer de cierta división subjetiva. Es precisamente a lo que nos empuja Yasutaka Tsutsui; descubrirnos riendo de algo tan increíble y espantoso como “Maneras de morir” (Estoy desnudo, Atalanta, 2009), donde un Oni, “diablo”, “demonio” o “mal genio” según la mitología japonesa, va matando a los empleados de una oficina, uno por uno, en la forma más terrible y espectacular. El precio a pagar por carecer de división subjetiva como lectores, será solo aceptar leer, lo que corresponda con total exactitud a nuestra visión ética, censurando todo posible fantaseo, lo que dejará fuera gran parte de la riqueza de la historia de la literatura Por suerte, no amanecemos heroicos conquistadores por haber leído a Arturo Pérez Reverte, ni supremacistas blancos por leer algunos textos de Lovecraft, no emparedamos a nuestro vecino en un sótano lúgubre por haber leído a Poe ni tampoco cometemos una violación y femicidio por haber leído a Ernesto Sábato. Y si nos emocionamos hasta las lágrimas leyendo novelas como Cometierra  de Dolores Reyes (2025)  o El invencible verano de Liliana de Cristina Rivera Garza (2021), es porque más que concienciarnos a lo largo de las páginas, empatizamos con un corazón ético que ya disponíamos previo a su lectura Esto es así porque realidad social, comportamiento individual y literatura, no son la prolongación inmediata y obligatoria la una de la otra. Ambas se vinculan, sí, pero de forma íntima y sumamente intrincada, indirectamente, de forma excéntrica en un sentido topológico y de manera multideterminada (análogamente a las series psíquicas freudianas). Quien quiera hacer del mundo un lugar un poco más habitable necesita algo más que palabras, aunque la poesía, como proclamó el poeta Gabriel Celaya, sea todavía un arma cargada de futuro. Pero claro, tampoco es inocuo para la construcción de imaginarios las escrituras que se propongan. A fin de cuentas el nazismo, fue en parte derivado, no solo del discurso radicalizado en un contexto de crisis económica y política, sino también de una confluencia fatal de lecturas Determinadas escrituras acaban apoyando, aun sin pretenderlo, la cultura de la violencia y la violación. Si las series de Netflix son cada vez más violentas y las escrituras cada vez también lo son, como si la realidad política y social nos obligara a escalar en correspondencia, a actuar a la altura de los hechos (cuando sabemos que eso no es posible como vaticinó la poeta rusa Anna Ajmátova frente a la persecución estalinista), la realidad social, en algún punto, también acabará siendo más violenta o al menos, más sombría y menos habitable Las alternativas para quienes narramos son muchas; todas bellas y eficaces Una vez más, habrá que decir que lo más revolucionario para el relato y el cuento será, entre otras posibilidades luminosas, la elipsis (Angélica Gorodischer), el fuera de campo, la dislocación como forma de velo (Samantha Scheweblin), la interrupción oportuna de la narración (Laura Ortiz), el pliegue, la fractura textual, la difracción y los puntos de fuga en la trama y el final abierto (Silvina Ocampo) y el humor compasivo y la ternura (Andrés Neuman, Hebe Uhart) que apacigüe un poco la ferocidad del superyó, su crueldad insensata No es lo mismo tampoco las necesidades escriturales de sociedades que fueron fuertemente represoras de la sexualidad como la victoriana donde relatos pícaros aportaban oxígeno para la mente y el alma como en la nouvelle Relato soñado del autor originario de Viena Arthur Schnitzler, que nuestra sociedad actual, de gran crueldad expuesta y donde hay un fracaso generalizado de la represión, en un sentido freudiano, donde los niños ven pornografía desde los diez años      Aunque la risa sea

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