
Los héroes elegidos para recuperar el vellocino de oro, aunque exhaustos, no paraban de remar mientras las olas del mar de la infancia amenazaban con su tensa calma. Orfeo estaba entre ellos, los acompañaba e infundía valor con su música. Pese a los alegres cánticos, a medida que el barco se acercó a las islas rocosas, islas sin nombre, el miedo empezó a extenderse como una epidemia entre los miembros de la vieja embarcación. Jasón, temiendo por lo que podía venir, entregó un pequeño trozo de cera a cada uno, confiando en que cada uno de ellos actuaría valiente como el futuro Ulises.
Sucedió entonces la primera señal: empezó a escucharse lejano el canto inconfundible de las sirenas. Entre el siseo sibilante y el grito descarnado lleno de lobos y noche, no hay palabras para describir aquella tonalidad de voz, capaz de ahuyentar a los peces más feroces y a los mares más bravos. Inmediatamente, todos los tripulantes de la embarcación se pusieron obedientes la cera en sus oídos. Mientras tanto, Butes había guardado la suya sigilosamente en su traje sin que nadie le viera. Fue tan solo un momento, un instante funesto o grandioso, mínima demora, de donde emergía su deseo.
Había llegado la hora y Butes ya no formaba parte del grupo. Las conversaciones de sus compañeros le resultaban cada vez más lejanas y el sonido de su corazón devino la única música. Una esperanza anidaba fuerte en su pecho, la certidumbre de una antigua promesa: hay una existencia más allá de Argo —pensó —. Una vida más pura, un lugar al cual pertenezco. Un deseo de encontrar lo imposible crecía imparable en su interior.
Existen enigmas irresolubles como canciones olvidadas. ¿Cómo retrocede un elemento a su propio origen?¿Cuál es la nota que precede al silencio? Lo que no sé y nunca pude comprender, las sirenas me lo enseñarán con su canto —se dijo—. No era la muerte lo que le seducía sino una pulsión aún más desconocida, la pasión de fundirse de nuevo con la matriz de donde provienen todas las cosas.
Instante liminal, después convertido en grito o en llanto. Fuerza que desata las tormentas y hace estremecer a los árboles en las frías noches de invierto. Líquido oscuro y azul que llena de vibración el universo, manto primordial que nos protege y envuelve, primera música: él la escuchó.
Extraña atmósfera previa al lenguaje, eternidad de la espera. ¿Cómo presiente el cervatillo el ataque del león? ¿Puede percibirse el miedo a través de una sencilla caracola? Poco importaba ya el hechizante canto de las sirenas, el destino se había convertido en apenas un punto en el horizonte. Si al vacío uno se arroja, ¿al océano uno simplemente regresa?
Ninguno de los argonautas pudo comprender las causas de su acto. No hubo apenas tiempo para reaccionar y menos para despedidas, solo perplejidad y silencio. Su cuerpo de hombre solitario en mitad del mundo, su mirada decidida ante la inmensidad; fue todo lo que antecedió al salto.
FIN
relato inédito de Joaquín García
dedicado a Pascal Quignard
foto de The Humantra



