La escritura de tu cuerpo no está hecha para complacer; derriba como un huracán las iglesias huecas de la caridad y la pureza. Tu discurso sediento, sin escucha ni silencios, arroja perros a las puertas de las convenciones sociales. Se abre paso como las víboras del desierto. Se psicoanaliza sin necesidad de psicoanalista, sin trucos ni senderos, sin garantías, a cielo abierto.
Pienso en tus padres enfermos, en la orfandad de la hija única y en los terribles y hermosos bosques de la locura. Pienso en ti, Angélica, en el peso de la existencia sobre tus hombros y también en la palabra hecha cuerpo: honesta, visceral, lacerante. Pero aún en las lágrimas derramadas por la infancia que no tuviste, no te permites nunca la melancolía. En el desamparo más radical, te quedan fuerzas para el placer y la música.
Tu palabra oficia salvaje la transformación; la amargura se ha vuelto performance, la desesperación libros que sanan y ahora gemas negras brillan en tu regazo como en el firmamento las estrellas. Tu piel son como los agujeros del asfalto por donde irrumpen las flores algunos días de primavera.
El mundo llora y se cae a pedazos, y a veces no encontramos asidero, pero tú te salvarás, Angélica, pues tu signo no es del Pizarnik o el de Antígona. Tu rostro verdadero es el de Medea; una Medea que cambió el cuchillo por la palabra, que da de comer a niños y niñas con dolor resucitado y a la que le quedan todavía óvulos vivos para alimentar a los caballos.
Joaquín García, enero 2026
Dedicado a la poeta y dramaturga española Angélica Lidell



