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Nombre del autor:Joaquin

deseo, animal extraño

El deseo es un animal extraño extraña es también su forma de amar anhelo imposible de locos y poetas de color celeste y de pelaje moteado viajero quizás, nadie pudo averiguar su morada   La gente hacía cábalas unos decían: refugio de nieve otros: cumbres de espanto todos querían tener razón demasiados inventores para una sola criatura; un animal tan frágil no lo hubiera soportado   Finalmente fue visto ¿el último? cruzando como un rayo la nube del pensamiento   Eso era el deseo:   una conmoción en el interior de la palabra   una visión alucinada coincidente con su desaparición   fugaz batir de alas       en la lejanía de un vuelo   poema de Joaquín García recogido en el libro El deseo es un pájaro sin nombre (Ed. Adarve, 2023)

flores de hielo

nadie nos dijo que la primavera traería flores de hielo ni que los pájaros anidarían días sin final entre abrazos fumigados y besos infectados de miedo   escoltados por adioses sin mano desfilaban los muertos mientras los vivos deshojaban pétalos de fuego   la maldición de la distancia nos negó el tacto del último adiós   nadie nos dijo que mariposas de cristal preñarían el polen de ceniza que fecundo de luz caería sobre los ojos del mundo nadie dijo qué todo es silencio que palpa el aire   Poema de Lourdes Vicente Bertolín recogido en su libro LA INTEMPERIE (Huerga & Fierro, 2023) Agradecemos con mucho cariño a Lourdes la publicación de este poema

hijos de las metáforas

  Debió ser una conmoción descubrir por primera vez que también en unos ojos podía caber un océano Luego llego el capitalismo y la caída del muro de Berlín —último antagonismo— pero aquella vieja metáfora con sabor a mar y a libertad, no fue nunca superada Sepan los que aquí no ven paraíso y quieren ir a Marte que la belleza no está en las cosas sino en la mirada ¿No bastan acaso los reales inexplicables los mundos como cajas chinas                                     los milagros profanos? La noche no es la ausencia de luz. Es fecundidad y refugio de la luna y de la sombra Dejen en la noche lo que es de la noche Somos hijos de las metáforas                                 no sus rehenes   poema de Joaquín García recogido en el libro El deseo es un pájaro sin nombre (Ed. Adarve, 2023)  

respirar la luz

Hoy los ojos de un niño cruzan libres las parcelas del mar y la mañana es espejo de lo que nos fue dado en la vida La angustia se detiene en su vuelo caprichoso de nube y el vino llega alegre hasta el corazón Pienso: «existen anclas que no pesan» mientras vibran en mi pecho ligeros animales  como el mar    como nosotros que también somos olas viajando entre orillas Tú me abrazas sin esperar consejos ni mis alas y yo me acerco a tu puerto a respirar la luz. ¿Escuchas la canción que llega lejana del mar? Demasiados indicios como para no creer en la memoria del trigo   poema de Joaquín García recogido en el libro El deseo es un pájaro sin nombre (Ed. Adarve, 2023)

Fotografía del escritor estadounidense H. P. Lovecraft (Providence, Rhode Island, 1890-1937)

contra el mundo pero nunca sin él, H.P LOVECRAFT

H.P Lovecraft, al que quiero rendir homenaje a través de estas líneas, se separó del miedo racional y explicable -cuya fractura comenzó Poe y continuaron otros autores norteamericanos como Arthur Machen o W. H. Hodgson-, apuntando a un nuevo tipo de horror cósmico y no racionalizable, que concuerda con su posición atea y materialista. Es una escritura que apunta a lo que es más extranjero de nosotros mismos y que pese a su impacto en el cuerpo, mediante el milagro de la metaforización que instala la lectura, no tiene por qué producir necesariamente miedo. Si el procedimiento literario en los cuentos de detectives infalibles como Sherlock Holmes era dar explicación racional y científica a lo contingente e improbable, aquí se trataría hacer verosímiles sucesos imposibles. No es fácil discernir cuánta fe tenía en los seres sobrenaturales que describe y cuánto hay de artefacto literario. ¿La única certeza era el miedo, la angustia? La escritura en este sentido podemos considerarla al mismo tiempo una pantalla para poder tomar distancia de la angustia y el horror y a su vez evocarlos con placer. La inspiración para algunos de sus relatos parte de la imaginación y de sus propias pesadillas. Su estilo inconfundible forma parte de un realismo que Graham Harman ha calificado de raro, extraño, de prosa clara y precisa dotando a lo narrado de gran verosimilitud. Prosa organizada desde una visión poética y estética -Lovecraft fue primeramente poeta-, predominando en algunas frases la sonoridad a la significación y un sentido a veces muy trastabillado, como si el lenguaje no fuera un material suficientemente maleable. Su escritura, tan característica, testimonia que no hay singularidad universal y que esta nunca se puede explicar completamente, ni siquiera de forma multicausal. Lo cual no se resuelve por añadir datos biográficos o contextuales. Es importante decir que algunos de sus relatos como bien ha advertido Houellebecq tienen un carácter profundamente reaccionario, herederos de una ideología puritana y conservadora, como un racismo y clasismo evidentes, lo cual en mi opinión no anula la singularidad del conjunto de su producción. A este respecto sería más partidario de una lectura crítica o advertida, que una cultura de la cancelación. Una literatura que fue también -pese a la tan recalcada misantropía recalcada por parte de algunos de sus biógrafos-, una forma de amor hacia quienes más influyeron en su literatura (fundamentalmente hacia Edgar Allan Poe y Lord Dunsany y también Arthur Machen) los cuales consideraba una especie de padres espirituales. Y también hacia su abuelo, del que aprendió el gusto por la lectura oral y la sonoridad de la palabra. La escritura le permitió a Lovecraft hacer lazo social con otros y otras que escribían en su época, dirigiéndoles en sus relatos muchas notas de reconocimiento y gratitud, muy lejos del hombre hecho a sí mismo, siendo arquitecto de un nuevo lenguaje literario. No sin los otros. Pero yendo más allá de sus coordenadas. ¿cómo entendía H.P. Lovecraft el horror? El cuento «Dagón» (1919) refleja muy bien como entendía Lovecraft el horror y el campo de la realidad. Es una visión del mundo que se podría sumar a la serie de fracturas narcisistas de la historia de la humanidad (Copérnico, Darwin, Freud) salvo que para él el ser humano es insignificante desde el principio frente a fuerzas desconocidas y elementales. Si pensamos en los cuentos de hadas, los relatos del ghost story victorianos o las películas modernas de género slasher, el peligro suele estar acotado a una casa, marcada por alguna oscura leyenda o donde se han cometido terribles crímenes, casa o mansión que funcionaría como una especie de inconsciente reprimido encuadrado en una topología de la esfera. Algo parecido sucedía en Drácula (1897) donde la malignidad se circunscribe a un castillo donde habita un vampiro, quedando reforzado su aislamiento por distintos límites geográficos que habría que atravesar para llegar hasta él como montañas y ríos. El pavor comienza cuando esa malignidad, podría escapar y comenzar a extenderse, como la peste, amenazando el orden “natural” burgués y protestaste. La presencia del horror en la literatura de Lovecraft aunque es cierta, es mucho más difusa y deslocalizada. Un relato parecido a Drácula, por su horror localizable es el «El morador de las tinieblas» (1935), que recuerda también en algunos aspectos a «El Viyi» (1835) de Nikolái Gogol. El horror localizado solo se encuentra con excepciones en la producción de Lovecraft. El horror en Lovecraft funciona en cierta forma también por acumulación, al ir comprobando distintas informaciones y sucesos, invadiendo progresivamente todo el campo de la realidad como en Las montañas de la locura (1936) o La sombra sobre Innsmouth (1931). Respecto a sus narraciones Lovecraft reconocía con frecuencia la insuficiencia del lenguaje para dar cuenta de ciertos sucesos aludiendo con frecuencia a lo innominable o indescriptible. Sus seres sobrenaturales, si llegar a ser vistos, no suelen poder integrarse en una visión totalizante. Se hallan en una especie de fuera de campo cinematográfico, que al iluminar un ángulo se ocultaran otros. Muchas veces son apenas intuidos y escuchados -llegan a través del objeto voz con más frecuencia que el objeto mirada-, siendo solo discernible o extraíble algún rasgo particular como su viscosidad, un susurro o un zumbido. Estos, habitualmente no hablan y solo emiten sonidos aterradores y no están sujetos a cierta humanización, que puede producirnos cierta ternura o compasión, como el Asterión de Borges o el cíclope Polifemo de la Odisea. Su amigo y albacea August Derleth los sintetizó en Dioses primordiales y arquetípicos, introduciendo una distinción moral que creo que está ausente en la concepción de Lovecraft. Una versión parecida, maniquea y dualista, de trasfondo cristiano, hallará su apogeo en J. R. R. Tolkien, autor que también estuvo muy inspirado por Lord Dunsany. Acerca de estas criaturas, que tanto han fascinado a sus fans, se han realizado diversos bestiarios. Pero estas en mi consideración no se agrupan en auténticas cosmogonías o familias como las deidades grecolatinas, y por tanto, no se pueden sistematizar tal como se ha pretendido porque

utopía del agua

  Quiero trazar con mis dedos una pequeña laguna en la estepa; una utopía hecha solo de ramas y agua Un lugar donde puedan beber lobos y conejos, lejos de acantilados suicidas y las manos de dictadores Susurraría de forma secreta su ubicación a gorriones y avutardas Alrededor, flores sin rostro cumplirían un destino aún más puro que la belleza Topos conseguirían llegar hasta allí a través de sus incansables madrigueras Dios, que es tan solo una niño, podría jugar en la orilla con sus oráculos con relieve y su cáliz de madera Aves intentarían por primera vez el vuelo, entre temblor y aire, o descansar por un momento de la extenuante migración Brujas amenazadas pastarían en sus meandros sus rebaños de murciélagos Madres tendrán tiempo para llorar por sus hijos perdidos, en medio de chapoteo de ranas y siseo de serpientes Sé que avanza la civilización y que proliferan grandes carreteras en los viejos arroyos, pero los gestos verdaderos pueden crecer aún junto al viento Sé que ya nadie llora junto a las ancianas abandonadas, pero ayer al amanecer vi el brillo de la escarcha despuntando en la bruma y pensé que podíamos recomponer juntas los restos del naufragio y expresar muy alto que la ternura es más fuerte que cualquier pasión Una utopía hecha solo de ramas y agua, donde todos y cada uno podrían al fin beber   Joaquín García enero, 2026

Imagen de la portada del libro de relatos Pombero de la escritora argentina Marina Closs, editado por la editorial de cuentos Páginas de espuma

demasiado bello para ser cierto, leyendo Pombero de MARINA CLOSS

Hay autores canónicos del cuento argentino como Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo o Julio Cortázar y autoras que hay que buscarlas en los márgenes agrestes de la literatura, lejos del discurso del éxito y los grandes aplausos. Allí es donde encontramos a Marina Closs, de cuerpo aparentemente frágil, pero deseo decidido, que nos convoca con su prosa sensorial y magnética, donde resuenan canciones y leyendas orales de su tierra junto al río Paraná, y quizás por eso, es por derecho propio una escritora universal. Es notable, afirma Mariana Enríquez, la ausencia de las leyendas populares en las literaturas canónicas latinoamericanas, Pombero y las voladoras de Mónica Ojeda se han aproximado a ese espacio liminal, humanizando a seres mitológicos como el Pombero. Marina Closs nació en Posadas y creció Aristóbulo del Valle en la provincia argentina de Misiones, márgenes de los márgenes. Cuando era chica se le aparecía muchas veces la virgen, esbelta y blanca, anunciada siempre como un estremecimiento y también la virgen negra en la orilla de los arroyos, donde las mariposas se amontonaban. También, una vez, le visitó el diablo, con mucha sorpresa y tras muchos días de expectación, en los ojos encendidos de su gato, que era arisco y malo, y solo le quería a ella. Los ángeles no aparecieron. Ellos se le negaron siempre. Y Dios también. Tiempo después se encontró al mismísimo Iván Karamazov y le confesó que estaba leyendo Memorias del subsuelo. Así comenzó el amor entre ellos. Estas escenas de infancia, donde es difícil deslindar realidad y fantasía, están relatadas con alegría y desmesura poética en su libro La encendida silenciosa, una especie de ensayo en acto que recomiendo mucho, que según Closs no hay que leer como una autobiografía directa. También recomiendo mucho su libro Casa de agua, su primera novela, un reverso de la perfecta estampa turística de la localidad de Misiones, también rodeada de agua donde fluye por debajo el acuífero guaraní, donde el agua es metáfora del placer y peligro, que puede quedar declinado del lado de la pulsión de muerte. Aunque el libro tiene abierta una ventanita de esperanza, ya que huir también puede ser una forma de avanzar hacia un lugar mejor. La literatura la descubrió de la mano de Italo Calvino, en sus Ciudades invisibles. Lo recuerda como un auténtico acontecimiento. Y siempre quiso ser escritora. Estando en un campamento una monitora la reprendió diciéndola que no debía estar leyendo sola sino jugar con el resto de niños. Siempre fue una niña-escritora un poco monstruo según relata en una entrevista con Romina Tumini. En la adolescencia nuestra autora pensó en ser profesora de gimnasia, una especie de intento quizás de normalizarse, cuatro años que los pasó sin leer ni escribir. También estudió cine pensando que escribir guiones sería su pasión, pero no fue así, así que finalmente optó por estudiar letras en la Universidad de Buenos Aires y actualmente está terminando de preparar su doctorado en literatura alemana (parte de su familia es alemana) sobre Novalis y el romanticismo alemán. Su producción en movimiento que no termina de fijarse al texto, como según algún crítico ha señalado, mezcla lo cruel y lo bello al mismo tiempo, como en su texto Tasca Scrómeda, lo que ella corrobora. Esta curiosa mezcla no actúa a mi parecer de lente monolítica, es solo un puntal desde donde se puede leer sus hermosos textos. Para Marina Closs la escritura, como un corazón vivo, es un ritmo que se prolonga a si mismo, hace en su cuerpo todo lo posible por alargarse. Escritura como demostración de la posibilidad de un ritmo fuera del cuerpo, buscando la oralidad, la extrañeza del lenguaje alzando como ella expresa una pequeña voz de miedo frente al español monótono tiránico. Su vía escritural -curiosidad más que proyecto o agenda, deseo de planta o algo deforme más que objeto acabado-, parece un intento de descolonizar el lenguaje, hacer algo a la gran Lengua, convertirlo en voz, aunque siempre persista una fracción de discurso, que permite que el texto no sea ininteligible, aunque sus textos hay que leerlos atravesando el no saber. Su primer libro siendo muy chica fue resultado de un juego: una amiga vino a su casa y Marina le pasó unas hojas de impresora y le dijo “hoy vamos a escribir libros”. Cada una el suyo y el de Marina fue sobre una lagartija. Una lagartija siempre en fuga de las explicaciones innecesarias y las grandes  exégesis. Marina Closs tiene mucho debate interno entre el uso de la primera y la tercera persona. Aunque le parece la tercera persona más íntima paradójicamente que la primera, por la que siente un gran amor. La primera persona, que no hay que entender como el yo de la tópica freudiana sino el conjunto de la subjetividad que está a su vez dentro y fuera del cuerpo. Porque quizás el cuerpo no sea solo uno, ¿no? Ella ha escrito, entre otros muchos títulos, Tres Truenos (publicado por Tránsito en 2019) articulado a través de tres monólogos de mujeres, extraños y poblados de vericuetos, de vertiginoso ritmo narrativo con un estilo abrupto y sorprendente. Su reconstrucción de la oralidad es tan plástico y verosímil que se le acuso en cierta forma en uno de ellos de partir de una grabación lo que a ella le pareció perturbador En 2023 vio la luz su hipnótico libro de relatos Pombero, que quedó finalista en el certamen Ribera del Duero, que tardó 5 años en gestarse, que edita Páginas de Espuma, que ese año ganó Liliana Colanzi por Ustedes brillan en lo oscuro, donde intentó alejarse lo más posible de la pretensión de realidad. Marina parece que quiere en su deseo literario más vivificar la literatura que literaturizar la vida. La auto ficción no le sale, ha dicho muchas veces. Marina Closs se le contagió el tono del libro de escritores de pueblos originarios, en concreto dos; historias de los Qom de Orlando Sánchez y relato Wichi de Ernesto Avendaño (nuevamente los márgenes)

viajeros del infinito

  Tú escribes al silencio a través del silencio con un alfabeto furioso de mil jeroglíficos y lunas ¿De la nada a existir solo lo da la contingencia? ¿Qué fuerza es capaz de hacer un dique a la entropía? En un extremo del puerto alguien está creando con sus manos el amor                     Alguien está salvando —sin saberlo— a los viajeros del infinito   Joaquín García enero, 2026 poema extraído de El deseo es un pájaro sin nombre (Ed. Adarve, 2023)

obra artística de Fiona Watson

de una orilla a otra

Esto es un cuerpo, río donde se refugian ciervas asustadas y manos en flor aúllan en noches incandescentes de cellisca. Letanía que lame el dolor en la sombra y aspira temblando a la cera derretida de las vírgenes. ¿Quién, en la oscuridad, se atreve a engañar a un dios ciego? ¿Qué pulcro altar, qué sábanas santas? Somos un lienzo de marcas incomprensibles    pasadizo sonoro mosaico de cromosomas vivientes orgía de las células   Esto es un cuerpo, la proporción alquímica oculta, el caldero ardiente, la dura ascesis. Números repetidos del calendario hebreo. Chamanes locos bailando en la cima de un volcán sagrado. Pistilos de sufrimiento y placer, álgebra furiosa de vocablos y espasmos. Niños y niñas que no se rinden, que todavía escriben sus anhelos en viejos cuadernos. ¿Quién, en esta deserción de símbolos, nos podrá salvar de la Verdad? ¿Qué indicio cierto de un padre todavía por venir? Somos una epopeya homérica que viaja de una orilla del lenguaje a otra hasta aislar la palabra balbuceante entrecortada huérfana   Esto es un cuerpo, ojos que no buscan penetrar ni ser saciados en un cielo que ya no escucha nuestras plegarias. Madres que nos dieron a luz con dolor y lágrimas. Lucidez y signo, ¿cómo hallar la salida en este confuso mapa de cicatrices? No les hablo de cuentos de hadas pasados sino del futuro juntas. ¿Quién, bajo esta luna creciente, está escribiendo en la arena un relato sin argumentos? Somos la parte de la nieve que no quiso ser ceniza hijas de un desierto que todavía sueñan con el agua   Joaquín García enero, 2026 dedicado a María Negroni el texto surge de la frase la poesía es un viaje de una orilla a otra                

verdad y lluvia

La verdad no depende de la lluvia pero la palabra verdadera es necesaria para la fecundidad, palabras blandas y sencillas para el parto de las mujeres. Y la lluvia es buena para que florezcan el campo y la luz. Confío que dure este agua en las entrañas del bosque y se nutra la tierra que comparten árboles y corazones. Que los pájaros digan el adiós. A mí me basta con respirar este aire limpio, esta paz sin angustia. Observo desde aquí el atardecer sobre el río, el sueño de las fuentes, el cerro de las águilas. Lejos los incendios, lejos. No nos abandone nunca la lluvia; las lluvias mansas, las lluvias eternas.   Joaquín García            enero, 2026 dedicado a mi madre el poema toma como escenario el pueblo de Sacedón (Guadalajara, España)

fotografías, cita y firma de la poeta polaca Wisława Szymborska

Wisława Szymborska, un poema

Mujer, ¿cómo te llamas? —No sé. ¿Cuándo naciste, de dónde eres? —No sé. ¿Por qué cavaste esta madriguera? —No sé. ¿Desde cuándo te escondes? —No sé. ¿Por qué me mordiste el dedo cordial? —No sé. ¿Sabes que no te vamos a hacer nada? —No sé. ¿A favor de quién estás? —No sé. Estamos en guerra, tienes que elegir. —No sé. ¿Existe todavía tu aldea? —No sé. ¿Estos son tus hijos? —Sí.   Poema titulado Vietnam de la poeta polaca Wisława Szymborska

tu palabra, Angélica

  La escritura de tu cuerpo no está hecha para complacer; derriba como un huracán las iglesias huecas de la caridad y la pureza. Tu discurso sediento, sin escucha ni silencios, arroja perros a las puertas de las convenciones sociales. Se abre paso como las víboras del desierto. Se psicoanaliza sin necesidad de psicoanalista, sin trucos ni senderos, sin garantías, a cielo abierto. Pienso en tus padres enfermos, en la orfandad de la hija única y en los terribles y hermosos bosques de la locura. Pienso en ti, Angélica, en el peso de la existencia sobre tus hombros y también en la palabra hecha cuerpo: honesta, visceral, lacerante. Pero aún en las lágrimas derramadas por la infancia que no tuviste, no te permites nunca la melancolía. En el desamparo más radical, te quedan fuerzas para el placer y la música. Tu palabra oficia salvaje la transformación; la amargura se ha vuelto performance, la desesperación libros que sanan y ahora gemas negras brillan en tu regazo como en el firmamento las estrellas. Tu piel son como los agujeros del asfalto por donde irrumpen las flores algunos días de primavera. El mundo llora y se cae a pedazos, y a veces no encontramos asidero, pero tú te salvarás, Angélica, pues tu signo no es del Pizarnik o el de Antígona. Tu rostro verdadero es el de Medea; una Medea que cambió el cuchillo por la palabra, que da de comer a niños y niñas con dolor resucitado y a la que le quedan todavía óvulos vivos para alimentar a los caballos. Joaquín García, enero 2026 Dedicado a la poeta y dramaturga española Angélica Lidell

divan real-psicoanalista-Viena-Londrés-Sigmund Freud

Sigmund Freud, un relato

Querido participante del psicoanálisis: escúchanos con atención, somos nosotras, tus amigas del universo. Hemos sabido, gracias a nuestras emisarias terrestres, que deseas empezar un psicoanálisis o quizás lo hayas comenzado ya. Habrás oído que es un viaje sin garantías, absolutamente singular, cuya experiencia no es extrapolable ni generalizable. Eso es cierto, pero nosotras que hemos asistido a muchos analizantes en momentos de crisis, hemos creído poder tres aislar tres etapas, más o menos diferenciadas, por las que pasan una gran cantidad de personas y queremos darte algunas orientaciones que seguro te van a ser de gran ayuda. Cada uno de estos territorios que vas a atravesar tiene sus riesgos y esperanzas. Aquí te lo contamos con detalle. Feliz travesía!   la etapa inicial Antes esta primera etapa era sencilla: seguramente eras una mujer, de una determinada clase social, vivías en la Viena de principios de siglo y solo había una persona a la que podías consultar. Por recomendación de alguien, acudías allí, te abría la puerta un hombre muy afable de barba tupida con pipa de madera, te explicaba con mucho lujo de detalle la regla fundamental. Y durante varios meses, a sesión diaria de aproximadamente una hora, relatabas todos tus desvelos amorosos y problemas familiares, de mayor o menor importancia. En tiempos más modernos, muchas psicoanalistas están apostando por no hacer una explicación exhaustiva de la regla fundamental, considerando que eso puede propiciar algunos sesgos. Si estás muy malito o malita, por una desestabilización fantasmática, un debut delirante o una crisis aparatosa, tu psicoanalista va a hacer el par contigo, una especie de dialogo, y te va a intentar ofrecer sostén y apoyo con sus preguntas. De lo contrario, prepárate para afrontar la siguiente situación: un hombre o mujer, sentado en la silla de enfrente tampoco muy cómoda, te mirará con gran atención y preocupación, y con su silencio va a sostener la ilusión de que des cuenta con palabras de los malestares más importantes de tu vida. Jeje, a ver, esto es casi imposible para la mayoría de seres humanos. ¿Cómo hemos visto nosotras que la gente consigue salir del atolladero? Habrás de levantarte de la silla, y empezar a dar vueltas por la consulta y empezar a realizar divagaciones y asociaciones (cualquier cosa que te venga a la cabeza es bienvenida) sobre lo que por allí encuentres. Algunos fragmentos reales que hemos escuchado: «Veo que a vosotros también os han instalado los contadores de calefacción individual, llevaba tiempo esperándolo» y ahí cuentas múltiples odios y enconos con tus vecinos. «Ay, ¡que bromelia más bonita!, ¿sabes que a mí me gustan también mucho las bromelias?» y a partir de ahí quizás puedas dar cuenta de algo de tus amores y tu deseo. «Anda, pero si tú también lees a Heidegger, ¿sabes que luego se volvió nazi? Pobre» y quizás puedas contar algo de tus importantes compromisos políticos. «Hombre, un cuadro impresionista holandés. Yo estuve en Ámsterdam una vez, y luego, bueno, me fui al psiquiátrico una temporada para relajarme un poco» y llegado ese punto, cuentas tu historia sin miedo ni mirar atrás. Cuando en tu Escuela se alude a «entradas en análisis», se refieren a este tipo de cosas. Algunas personas desean ir un poco más lejos, a parte de estas asociaciones muy libres: sacan un libro de la estantería y empiezan a recitarlo de forma poética, comentan las notas de la próxima ponencia de su psicoanalista sobre la mesa y le dan útiles consejos y aun cosas más extrañas. Aunque todo esto suele agradar mucho a los psicoanalistas, también les desconcierta un poco, y muchos de ellos han empezado a ser más minimalistas en sus consultas. Entonces te verás obligada a reflexionar sobre su cuerpecito, por supuesto, en los términos más cariñosos posibles. Podrías probar diciendo que: «Veo que estás un poco gordito, yo tampoco cuido mucho mi dieta últimamente, ¿sabes?» Y entonces, cuando tu analista menos se lo espere… ¡Zasca!: TRASTORNO ALIMENTICIO COMPLETO DESDE LOS 13 AÑOS Y EL VÍNCULO HORRIBLE CON LA MADRE QUE LO HIZO POSIBLE Por supuesto, hay inicios menos espectaculares. De todas las boludeces que digas, que van a producir una gran oscuridad planetaria (las distintas Asociaciones mundiales las monitorean para que no produzcan  desequilibrios graves en las fuerzas sutiles del universo), seguro que también el cielo va a poder asistir al nacimiento de las frases importantes. ¿Cómo reconocerlas? a) nunca las habías dicho ni pensado antes (el inconsciente no solo se desvela sino que se produce en los huequitos del lenguaje. Son como flores que crecen por las grietas del asfalto algunos días de primavera, y eso es increíble) b) son producto de un saber no sabido, fruto de que el inconsciente está ya operando c) te alegrarás de haberlas dicho, aunque a veces son un poco fuertes d) curiosamente suelen estar desacopladas del relato de los sueños, que suelen ser muy transferenciales en este momento e) a veces se producen en los umbrales, entrada o salida de la consulta f) van más allá del fallido Si te hayas en el portal del edificio preguntándote porque tu psicoanalista paró ahí y no en otro momento la sesión, es que esas frases han comenzado a aparecer. Después de algunos meses o varios años, de bastantes de estas frases vas a observar que tu malestar se ha reducido considerablemente. Sufres menos, o al menos sufres más dignamente, ya no te sientes únicamente una víctima del mundo (pese a todas las condiciones estructurales que nos atraviesan) y en lo que dices seguramente empiece a haber una mayor implicación subjetiva. Una gran cantidad de pacientes interrumpen su tratamiento en ese momento. Declaran sentirse mejor, dan las gracias (o ni siquiera) y se marchan. Pero nadie quiere eso, tú no quieres eso, Lacan no quiere eso, Freud no quiere eso, tus compañeras psicoanalistas no quieren eso y tu apreciado analista, al que tanto te costó encontrar, está dispuesto a acompañarte hasta mucho más lejos. Encontrarás suficiente curiosidad y ánimo para seguir y sin darte

la mujer pájaro

Había una vez una mujer-pájaro Dios mío que cantaba en el interior de las prisiones del Imperio única nota de color en las interminables extensiones de guijarros y arena shameful famine allí donde no alcanza las lagrimas y cunden incendios sin retorno para las sílabas negras de la historia ni ladrillo ni paja la mujer-pájaro hizo una casa hecha tan solo de recortes de periódicos y papelitos de cartas sin enviar de historia de amor los tejía cada día con su lengua retorcida y sus pequeños dedos de barro Es una mujer de verdad o un pájaro con manos de mujer? se preguntaban algunos único interrogante frente al estupor de manicomios sin ternura y al exterminio de xxxxxxxxxxx allí en el centro del seísmo vuelo rasante tan cerca del desastre enunciaba cada dia su trino incomprensible dejaba caer como mariposas su melodía vaciada de palabras nadie entendía nada pero daba esperanza a los hombres a los niñxs granadas que no matan y solo abren los ojos piedras que sueñan con el agua de un manantial que todavía podría arrastrar toda la crueldad del mundo en un nuevo pacto con la luz tatuaje/caricia/gesto de sol pero de otro sol en la intemperie de nuestros cuerpos intimidad de musgo botellas arrojadas al mar bajo la amenaza de hélices sonoras camiones aviones buques avalanchas banderas abrazos vigilia estallidos gritos Había una vez una mujer-pájaro nada más político que el enigma de su canto nada más bello que el ruidito de sus pequeñas alas Dios mío texto inédito de Joaquín García enero, 2026

en vosotras creo

Huyo de la paz de los sepulcros, de la belleza coagulada de las rosas, de los padres que obligan a sus hijos a sonreír en las fotografías del clientelismo servil, de la magnificencia y el fasto, de la mentira Huyo de los espejos y sus engaños, de la obediencia forzosa, de los gélidos universos aunque sueñen bibliotecas de las banderas de los grandes imperios, de la línea férrea por donde marchan los soldados, de las deudas contraídas con los muertos Huyo de la inercia de los fantasmas, de los duelos imposibles, de la tristeza puesta en los grandes ideales Es mucho de lo que reniego. ¿Para que seguir? Mejor sueño y callo. Soy un hombre corriente, poseo apenas mis palabras y mi deseo No creo ni en religiones salvadoras ni en almas bellas, y sin embargo os quiero Creo en vosotras, amigas Creo en vuestras manos blancas como la espuma, en la solidaridad sin ambages ni apariencias, en la ternura Sois mis resortes íntimos y mis más sólidos credenciales. En vosotras el tiempo es más benévolo. Prometo que la amistad es también una forma de política Hay lugares donde creer no es sinónimo de ideología. Entre códigos y fríos algoritmos, existen todavía gestos donde crecen paraísos Quiero caminar, perderme un poco más en vuestras veredas… Quiero tomar vinos juntas los días de lluvia y que las palabras nuestras conversaciones nos lleven hasta los confines En vosotras creo                         A vosotras miro Joaquín García, enero 2026 Dedicado a mis amigxs, que me acompañan en el camino

entrar en Ítaca

El hijo al nacer porta mucho del padre y el padre espera grandes cosas del hijo Son dos espejos mutuamente orientados ciegos de luz que si no se desacoplan pueden acabar cegando Entre ajuste y ajuste: la ira y la esperanza. Cuando llegaron los peligros del crecimiento y el mundo comenzó a empujar con fuerza centrífuga mi padre asumió que no sería a su imagen y semejanza y yo que para esta travesía su palabra y su amor no bastan Vivir es estar a la altura de la herida Quien quiera entrar en Ítaca tendrá que dejar afuera los espejos   poema de Joaquín García extraído del libro El deseo es un pájaro sin nombre (Ed. Adarve, 2023) dedicado a mi padre  

escribir en nombre de muchas, DOLORES REYES

Dolores Reyes, dice en alguna entrevista que hace algunos años, se encontraba participando en un taller de escritura donde alguien leyó un texto que terminaba con las palabras «tierra de cementerio» y se le apareció de pronto la que iba a ser Cometierra como ella la imaginó al principio de su narración: «siete años, flaquita, el pelo lacio y llovido, piel color de la tierra, que lo que hacía era meter la mano y tomar un puñado de tierra y tragarla». Dolores Reyes demuestra con su valiente apuesta que un texto puede ser al mismo tiempo testimonio y luz. ¿Qué pasaría si las heridas hablaran? ¿Qué tendrían para decirnos los muertos si no hubieran sido silenciados? parece ser algunas de las preguntas que atraviesan sus páginas. La escritura de Dolores Reyes es más la evocación de pérdidas y ausencias más que la celebración de una consumación. La relación cuerpo-escritura es aquí fuerte e implicativa y no se resuelve en lo meramente emotivo ni en una escritura que sería puro acto creador individual. El texto permite la hipótesis de que contiene en sus páginas algo de las vidas que se perdieron, algo de sus cuerpos y su presencia. Quizás aquí radica parte de la potencia del texto. Este libro habla sin decirlo de los desaparecidos durante la dictadura argentina, y los femicidios que ella considera que muchas veces son en Argentina una forma también de violencia de estado. Tampoco sabremos el nombre de la niña que nos cuenta la historia. ¿Será un narrador que contiene a parte de un pueblo? Elegir a una niña como protagonista y narradora también cumple una importante función política. Poco importa si una niña argentina de su edad habla exactamente así ya que la literatura nunca es exactamente mimética con la realidad -edad que además no se nos revela en ningún momento-, lo importante es el registro expresivo que se alcanza, ya que esta historia pedía a gritos narrarse de esta forma: con frases sueltas y descarnadas, con un lenguaje despojado y sin apenas ornamentación, mostrando en su ausencia aquellas flores que faltaron en aquellas desapariciones sin posibilidad de entierro o apenas despedida. Y dejando patente como raíces de árboles desnudas también una historia de abandono y desamparo. Si Cometierra no tiene nombre es porque ella es más de una niña. Es el alegato de muchos y muchas, expresado a través de un lenguaje-tierra, lenguaje-cuerpo, pero también lenguaje-porvenir, ya que su final nos advierte -en su indeterminación y relativa ambigüedad, que es más promesa que profecía- que la mirada, la ternura y la memoria colectiva podrían ser los últimos actos humanos frente algunas amenazas del mundo contemporáneo. Si alguna autora importante ya ha desertado de la batalla y el reto de seguir narrando el porvenir como la antropóloga feminista Rita Segato que se ha declarado recientemente post-humana, Dolores Reyes no abdica en una escritura que además de ser testimonial es reparatoria, iluminadora, y convocante y que no por ello renuncia del todo a la belleza. Su libro es también apuesta estética. Testimonial no sería justo reducirlo en este contexto a lo biográfico.  La tierra parece a ser el precio a pagar cuando la dignidad y la verdad no queda más remedio que buscarlas en solitario. Tierra, elemento y metáfora, que parece articularse en dos polos: son el cuerpo de los que murieron pero también la historia de un nacimiento y un despertar. Dentro de ese viaje de descubrimiento que es el crecimiento de esta niña podría incluirse la sexualidad, puntual pero no del todo lateral en esta historia, pero sobre eso prefiero guardar silencio, ya que no me queda del todo claro los propósitos de la autora. Este libro es difícil buscarle filiación aunque otras autoras hayan abordado temas emparentados. Aunque dialoga con libros como Ceniza en la boca y Casas vacías de la mejicana Brenda Navarro, este libro es un poco huérfano como su protagonista. Es un libro que busca alianzas simbólicas y compañías y sería una pena que su destino fuera solamente encontrar un espacio en bibliotecas y librerías. Este es un libro que renace de la tierra y que podría acabar dando sombra al pueblo como los árboles generosos o las valientes abuelas de la plaza de Mayo. Pueblo que nunca hay que confundir con lo meramente colectivo, ni tampoco con los individuos que componen una sociedad. Pueblo es lo que nace o está por nacer, lo que consigue vencer a las inercias y derivas autoritarias, lo que habría de decirse para encarnar una causa. Si acaso esa causa emerja o siga emergiendo, ojalá sea así, este libro podría ser su mejor altavoz. Gracias a un calibrada dosificación de cuestiones sutiles y explícitas, y a la presencia de distintos acentos y pesos narrativos, es un libro que relatando hechos inevitablemente tristes no resulta desolador, siendo trágico no es clausural, y se produce la bella paradoja, que uno llega al final de las páginas con dolor y lágrimas en la cara pero a su vez con unas fuertes ganas de vivir. Un libro que, en el alcance de su decir, sentimos que atraviesa cualquier intento de exégesis o hermenéutica. Algo de luz al fin entre tantas sombras. Joaquín García enero de 2026

un agujero en la palabra, sobre un cuento de Samanta Schweblin

La escritura no nace para decir lo que se puede decir, más bien se encuentra a sí misma en el tropiezo con lo que no se puede decir. Afectada por lo indecible, la escritura crea sus propios surcos, sus metáforas. Algo que le ocurre al que escribe en tanto es también lector. Solo así el trabajo de composición se justifica. No como el ejercicio de un dominio sino como la traslación de un encuentro. La intuición de haber topado con algo, una sensación, una imagen, una escena, que nos habla. Esta exigencia, la búsqueda de una verdad que sacuda al lector y le abra a una experiencia transformadora, parece impulsar toda la escritura de Samanta Schweblin. ¿Cómo consigue ese efecto? La autora habla de su preferencia por el cuento y piensa la novela como el fracaso de no haber alcanzado ese propósito en un texto de diez páginas. Pero, más allá de su preferencia por este género, lo importante es la búsqueda de una lectura que no pierda en ningún momento el contacto con lo perturbador, una vibración que haga jugar el conjunto como un todo. Cada cuento una canción, un universo cerrado de emociones con una dominante, una sola. Por motivos editoriales, universos afines se reúnen y ordenan para formar una constelación, un álbum. Pero aquí, de ese disco que es su último libro, El buen mal, solo nos vamos a detener en la extraña melodía, o más bien la sorda estridencia que resuena en el cuento El ojo en la garganta. ¿Qué hace que este cuento sea algo más que un producto que impacte, que revuelva al lector? ¿Qué hace que trascienda, o sea, que permanezca ahí, produciendo efectos? ¿Qué lo convierte –incluso a nuestro pesar– en compañía, como esas canciones que seguimos tarareando todo el día, capturados en una extraña, tal vez fatídica adherencia? El ojo en la garganta nos abre un cuerpo. No diría que lo disecciona, porque el cuerpo está vivo. El cuento nos abre ese cuerpo vivo del niño, para el que la autora se inventa un dispositivo genial, una narración en primera persona. Un medio directo para que lo que se despliegue en ese cuerpo, por él, nos llegue, vibre en nosotros, tenga un efecto de llamada. Todo va a girar en torno a una emoción que se desborda, que pasa de uno a otro siguiendo cauces imposibles, también el argumento, que va a repetir ese llamado enigmático, dirigido al padre del niño, mostrando la estrechez con la que el padre interpreta lo que ocurre. ¿Cómo funciona este cuerpo? ¿Qué lo afectó? ¿Cómo expresa él mismo lo indecible?  Un –llamémosle– accidente, producido a los dos años de vida, va a transformar este cuerpo y, en cierto sentido, va a dar forma al exceso que se está produciendo. En sentido amplio el cuento da forma a un exceso. En lo concreto, el circuito desbocado se sitúa entre el padre y su hijo. Entre ambos circula una emoción que va a requerir pensar el cuerpo de manera diferente, dislocando la cómoda división del adentro y del afuera. El cuento nos va a ofrecer lo que se ha salido de quicio en varios niveles. Es la extraña melodía que recorre sus compases aunque las instrumentos vayan variando. Al final, el argumento nos desvelará el exceso del que el cuerpo se ha hecho cargo tras el accidente. Entremos, pues, en esa materia que se nos abre, el cuerpo del niño. ¿Qué nos muestra? ¿Cómo entender la perforación de la que es objeto, justo en el lugar de la comunicación? Porque el globo se pincha en ese justo punto, y es entonces cuando la comunicación entre padre e hijo cambia de plano. El agujero en la garganta pasa a ser el lugar áfono de una continuidad de afecto (gozoso, trastocado) por el que una relación pasada de rosca estalla. El cuerpo resultante es ahora una superficie topológica que se invagina a sí misma por un agujero (en la garganta) por el que la emoción pasa. El accidente ha dado forma carnal a esa falta de límite emocional entre padre e hijo, creando un abismo en el cuerpo del niño, una especie de coladero por el que este y su padre se tocan. El cuento crea distintas figuras de ese tránsito imposible y a la vez real. Pero ¿cuál esta emoción desmesurada? De nuevo, existen muchos planos en el cuento, pero todos ellos son variaciones sobre un mismo motivo. En su núcleo, leemos cómo el padre ha instaurado una serie de juegos con su hijo. Son juegos de preferencia, del tipo ¿a quién quieres más, a tu padre o a tu madre? Tienen un punto inquietante, algo perverso. El juego que se repite es una pantomima donde el padre se hace el ofendido cuando el niño está en brazos de la madre. El padre le llama y el hijo responde, yendo invariablemente hacia él, atraído por una fuerza superior. Al placer del padre, que viene a reflejar la lectura que hace de su lugar en el mundo, un tanto pueril, responde el placer del hijo. En tanto narrador, describe el afecto que a esa edad de dos años le domina: “Busco la locura de ese placer intenso”. Pero ese placer que circula entre ambos no durará. Tragarse la toxicidad del padre tendrá consecuencias. Quizás no es un detalle menor que el accidente se produzca estando el niño al cuidado del padre y en casa de la madre de este, la abuela paterna. Resultado, la emoción que tomaba el cuerpo del niño encontrará un nuevo modo de expresión, a través del horror de su tráquea perforada. Pero el padre no podrá acompañar en adelante esta mutación producida en el hijo, no sabrá cómo sostener en sus brazos ese cuerpo ni responder al nuevo lenguaje creado. El padre permanecerá en su modo de representarse el mundo, dominado por el vaivén entre la rivalidad y la culpa, y quedará en suspenso hasta que los acontecimientos precipiten su desalojo y den lugar

la felicidad es un oficio solitario, ELOY TIZÓN

La lectura fueron los únicos veranos, en Villa Magnesita. La poesía fue el primer invento que encontró su palabra antes del cuento y la novela. La mili fue tan solo un escollo temporal. La escritura ha sido el camino de su vida. Eloy Tizón se ha tomado muy en serio el oficio de escribir. De ese trabajo labrado con esfuerzo y paciencia han nacido varios libros de cuentos, unas cuantas novelas y ahora también un ensayo sobre su historia de amor con la lectura Herido leve: 30 años de memoria lectora (2019). Un libro verdaderamente emotivo e inspirador, que recomendamos encarecidamente a nuestros lectores y lectoras. En sus relatos son detectables –al menos así me lo ha parecido– algunas afinidades afectivas, balizas al infinito, más que influencias. Por un lado observo el drástico descentramiento del argumento del planteamiento aristotélico –gancho, nudo, desenlace– del cuento clásico. Me ha recordado a una de mis escritoras más queridas y creo que también de Eloy: Clarice Lispector. La atmósfera, algo surrealista y onírica, me ha transportado a los cuentos de Julio Cortázar. A lo que habría añadir, no sé si él estará de acuerdo, la plasticidad de las imágenes y capacidad inventiva de Vladimir Nabokov. Quizás no haya seguido escribiendo poesía, como hacía de joven, porque su poesía hay que encontrarla en sus relatos (no he podido leer aún sus novelas). Poesía que muchas veces es el cuento mismo. Intentar retirarla sería como quitar el misterio a Edgar Allan Poe o el erotismo a Cristina Peri Rossi. Es su sello, su marca, su método. El estilo en la escritura –siempre singular e intransferible, es algo que no se puede imitar–, pienso que se parece a la energía, que no se crea ni se destruye, solo se transforma. En su siguiente libro de relatos Técnicas de iluminación (2013) y su última entrega, Plegaria para pirómanos (2023) la escritura se ha vuelto un poco más austera, menos exuberante y la inserción de lo poético en lo narrativo se ha tamizado un poco aunque sigue siendo importante ya que la escritura cambia muy lentamente. Como afirmaba el poeta gallego José Ángel Valente: «Escribir es como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural». Ahora lo poético, según mi humilde consideración resulta más orgánico con el conjunto del texto estando en mayor consonancia con la lectura global del relato. A Eloy le debemos algunos inventos en el mundo del cuento como el cuento- prefacio o cuento-biografía «Zootropo» que introduce Velocidad de los jardines (1992). Leyéndolo me he acordado de dos autores muy queridos por mí: Ítalo Calvino, que solía incluir pequeños prólogos a sus libros. Y también Clarice Lispector, que insertaba en sus relatos pequeñas frases sobre lo que representaba para ella la escritura. Esta biografía del libro es evidentemente también su biografía. Pero me parece interesante que alude también a otros, compañeros, familia, amigos. Es como si ese prólogo captara algo también de la subjetividad de la época. En psicoanálisis constatamos una paradoja en los encuentros con el paciente: cuanto más intenta el sujeto hablar de sí mismo más necesita aludir a los demás. Como él mismo indica: la literatura es siempre epistolar. Otro invento muy sugerente me ha parecido el cuento-biblioteca, por nombrarlo de alguna forma, «Villa Borguese», mi cuento favorito de Velocidad de los jardines. Sucede en este texto algo muy curioso: el cuento puede empezar en cualquier párrafo, como si tuviera muchos inicios, y el final también se podría poner en cualquier punto. Aquí si hay algo borgiano quizás. Es como esos libros que tanto me gustaban y hacían volar mi imaginación de pequeño: Escoge tu propia aventura. El libro Velocidad de los jardines –los libros de Eloy en general– requieren que el lector ponga bastante de su subjetividad. Son libros hechos para releerse. Difíciles, en el sentido de que hay cierta ambigüedad, no sé si deliberada o no. En eso a mí al menos me recuerda a Cortázar, que en algunos de sus cuentos tampoco terminas de enterarte del argumento hasta después de varias lecturas. Decía el psicoanalista Jacques Lacan a sus jóvenes alumnos que se cuidaran de no comprender a sus pacientes demasiado rápido. Así pues, los lectores y lectoras tendrán que tolerar cierto grado de incomprensión para no desistir antes de tiempo. Considero que en sus libros de relatos son posibles dos tipos de lectura: una lectura más poética, frase a frase, o párrafo a párrafo y una lectura del sentido global. Me parecen que ambas están en constante tensión sin que llegue ninguna a prevalecer. Ambas luchas por ganar el terreno del lector. Yo a veces me dejaba mecer por esas frases musicales sin importarme demasiado el argumento. Y otras intentaba que esas frases no me impidieran comprender de qué trataba el cuento. Eloy ha huido al afrontar la escritura de las distintas formas de perfección: tanto la erudición fastuosa de Borges (a mí en particular sus cuentos me ahogan un poco) como el realismo aséptico y quirúrgico de Raymond Carver porque como dice Andrés Neuman en su tercer dodecálogo del cuentista: «un relato absolutamente redondo atrapa al lector, no lo deja salir. En realidad tampoco le permite entrar». Así pues, creo que la perfección es uno de los nombres de la frialdad. Sus relatos son cálidos –no fáciles, cuidado, ni siempre optimistas– como el consejo a tiempo de un amigo. Estarían por tanto más cerca de John Cheever que de Raymond Carver. En Herido Leve: treinta años de memoria lectora –un gran acierto editorial a mi modo de ver– da cuenta de sus amores literarios configurando una suerte de geografía emocional. Lejos de querer erigir de manera forzada un nuevo canon como hiciera Harold Bloom o hacer una revisión exhaustiva de los autores mencionados que podría sofocar el deseo de lectura, se ha dedicado a sugerir más que mostrar no destripando ningún cuento, a indicar solamente, con humildad, algunos de los posibles caminos de lectura que él ha ido emprendiendo durante todos estos años.

universos cercanos, HARUKI MURAKAMI

 Es difícil no amar los mundos creados por escritor japonés Haruki Murakami: sus personajes insustanciales en búsqueda de rumbo e identidad, sus atmósferas oníricas y alucinadas, la búsqueda del amor donde la mujer desaparece misteriosamente, sus descripciones sexuales despreocupadas, sus mundos paralelos donde fantasmas no terminan de morir y tienen que cumplir todavía una misión en la vida. Búsqueda de misteriosos carneros, ciudades amuralladas donde es posible entrar pero no salir, unicornios que se incendian y hombres contratados para leer sueños olvidados en bibliotecas. Murakami ha escrito hasta la fecha quince novelas y varias recopilaciones de cuentos. Escritor consagrado, de estilo único, y que cada año suena como candidato al Premio Nobel de Literatura. Sauce ciego, mujer dormida es su tercer libro de relatos, fue publicado en España en 2008 por la editorial Tusquets. Este libro no es un conjunto unitario u homogéneo ya que no posee un hilo conductor; compila cuentos del japonés escritos desde 1980 hasta 2005. Veinticinco años de escritura, apuesta y conquista,  donde se puede apreciar el particular estilo de Murakami. Muchos de estos cuentos además son partes de sus novelas ya que como afirma el autor novela y cuento se conectan en su escritura como un todo orgánico. Por ejemplo en uno de los cuentos hermosos del libro, en «La chica de cumpleaños» también hay una visita a un hombre misterioso que vive en un hotel en La caza del carnero salvaje. Aunque en la chica del cumpleaños la visita sea mucho más apacible pero no menos determinante para el destino de los personajes. Se ha dicho que el cuento no es suficientemente extenso para que Murakami desarrolle sus atmósferas mágicas y estoy de acuerdo. Su escritura morosa y tranquila, perfecta para el alojamiento subjetivo, a veces encuentra finales abruptos sin que el cuento se haya elevado despuntando su talento. Son típicos de Murakami las separaciones de pareja sin solución, las atmósferas oníricas, los giros inesperados de guion, los finales que se precipitan como un relámpago como en la mencionada La caza del carnero salvaje. Otra discusión es si hablamos de auténticos cuentos, o relatos breves o quizás novelas en miniatura por el esfuerzo que siempre pone Murakami en la construcción de personajes. Quizás por eso con la facilidad con la que se pueden insertar luego en otras novelas de mayor extensión. En este libro podemos encontrar muy variados registros y tonos afectivos, desde cuentos esperanzados con finales felices como en «La chica del cumpleaños», relatos apacibles y hasta anodinos como «Día perfecto de canguros», relatos de miedo donde el personaje sufre una auténtica crisis de identidad como en «El espejo» hasta relatos verdaderamente siniestros como «Los gatos antropófagos» donde el protagonista queda a la deriva, paralizado y atemorizado sin saber cómo continuar con su vida. Todos los estilos son parte del universo Murakami. Y ya marca de la casa, finales casi siempre ambiguos, lo cual le ha supuesto no pocas críticas incluso de sus seguidores acérrimos, donde el final de la trama queda abierta a la interpretación. Este libro es representativo de su prosa y sus obsesiones temáticas. Lo cual lo hace perfecto para los que ya conozcan lo que pueden esperar de él así como la puerta perfecta de entrada antes de leer alguna de sus novelas más famosas como Tokio blues, El pájaro que da cuerda al mundo o Kafka en la orilla o los que son por mi preferidos: La caza del carnero salvaje, La ciudad y sus muros inciertos y After Dark (entre otros). Murakami es único y Sauce ciego, mujer dormida lo vuelve a demostrar. por Joaquín García Ilustración original dede Daniel Liévano (Norwegian Wood, 2022) 

estupor y temblores, EDGAR ALLAN POE

Hay escritores y escritoras que desbordan las fronteras de su país, son colosos de la literatura, y sería en vano intentar restringirlos a un género escritural o un área geográfica. Así como Dostoievski afirmó que todos veníamos del capote de Gogol, los escritores Jorge Volpi y Fernando Iwasaki afirman que «todos somos descendientes de Poe». Porque Poe, al igual que Baudelaire y después Walter Benjamin, son los inventores de la gran metrópolis y la modernidad. Muchas de sus pesadillas son eminentemente urbanas. Edgar Allan Poe -pese a su talento para la poesía- será siempre recordado por sus relatos breves de misterio y terror -incluido el nuevo terror metafísico derivado de la instalación de la modernidad que siempre asustó al de Boston- y por ser el inventor del relato detectivesco, con el inolvidable detective Dupin, padre simbólico de otros detectives literarios famosos, igual de infalibles, como el Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle o Hércules Poirot de Agatha Christie. También contribuyó con varias obras al género en su día emergente de la ciencia ficción. Fue primeramente poeta al igual que Lovecraft, cuestión que se nota claramente en su escritura en la musicalidad y en el uso particular de los adjetivos. Sigmund Freud afirmaba que la humanidad había sufrido tres profundas heridas, tres afrentas a su narcisismo. Primero, cuando Copérnico descubrió que la tierra no es el centro del universo. Segundo, cuando Darwin señala que los seres humanos no fueron creados de manera especial y única, sino que descienden del mono y antes aún, de formas de vida más simples. Por último, pero no menos importante, la herida psicológica -ya que como vislumbraron Freud y luego Lacan- el yo de los sujetos no es soberano en su propia casa, pues los seres humanos estamos gobernados por las pulsiones y el inconsciente. En esta última vía transitará hasta sus últimas consecuencias Edgar Allan Poe, demostrando que los sujetos estamos poseídos por fuerzas oscuras, reconocibles aunque imparables, como la melancolía, el alcoholismo o la locura. Fuerzas que pueden propagarse rápidas como la muerte en «La máscara de la muerte roja» amenazando el orden “natural” burgués. En Poe el terror no viene del exterior, de fuerzas preternaturales como en Lovecraft sino de los propios demonios interiores: la insania, el afán cruel de venganza y tortura, el gozo mórbido de contemplar la propia muerte o el miedo irracional a ser enterrado vivo que le acompañó toda la vida. Es fácil, hasta cierto punto, separarse de horror sobrenatural de Lovecraft, no creer en sus criaturas fantasiosas pero es mucho más difícil tomar distancia del horror en Poe, cuando observamos que la crueldad y la tortura sigue ejerciéndose con impunidad en mazmorras oscuras de muchos lugares del planeta. Por eso, su aproximación al género es tan aterradora, porque es tremendamente actual. De alguna forma, pone fin de alguna forma al sueño ilustrado de unos seres humanos gobernados por la bondad y la razón. En Poe no hay orden preestablecido. En su cosmovisión nadie está a salvo. Hasta Poe, con alguna excepción como Melmoth, el Errabundo de Charles Maturin (1820), las historias del ghost story victoriano se ubicaban en casas y castillos, en sucesos paranormales que siempre podía ser a la postre ser neutralizados por explicaciones racionales, tristes princesas que vivían atormentadas entre cuatro paredes cumpliendo aciagos destinos familiares o villanos sin escrúpulos, que a fin de cuentas eran individuos concretos y localizados, desviados de la norma antropológica. Y podían ser vigilados y castigados como señalaría décadas más tarde el filósofo francés Michel Foucault. En Poe el horror, lo encarnan seres normales, estremecedoramente normales, como expondría la filósofa Hannah Arendt en su tesis la banalidad del mal tomando como ejemplo paradigmático al alemán encargado de los campos de concentración Otto Adolf Eichmann. Véase como ejemplo el crimen salvaje de «El corazón delator» En Poe, el misterio puede ser explicable -a fin de cuentas era un hombre con una veta muy racionalista y con gusto por los acertijos y la criptografía- como en el relato «El escarabajo de oro» pero es muy complejo de neutralizar, porque aunque se encarne de forma especial en algunos sujetos, afecta de alguna manera a todos los hombres. Para él angustia o el nerviosismo o la violencia anidan en la intimidad de nosotros mismos como una especie de demonio o kakon –como ya vislumbraron los griegos- pudiendo emerger en cualquier momento. El infierno somos nosotros mismos. Quizás Edgar Allan Poe fue un genio visionario que, como el poeta inglés William Blake, pagó muy caro abrir camino y salirse de los caminos trillados de los clichés de la escritura de su época. Bajo su hospitalario paraguas, los escritores siguen, seguimos escribiendo, intentando todavía hacer del cuento algo digno y a la altura de nuestra época. Señalando caminos que otros, quizás más capaces, algún día habrán de recorrer. por Joaquín García

lo que vemos no es la realidad, GUADALUPE NETTEL

Guadalupe Nettel, nacida en la Ciudad de México, pasó parte de su infancia en Francia y actualmente reside en Barcelona. Forma parte de la pléyade de autoras que conforman eso que se ha venido a llamarse nuevo boom latinoamericano -categoría forzada y con la que las autoras no suelen estar de acuerdo, más allá del buen momento en que se encuentra el panorama editorial para las mujeres escritoras- entre otras narradoras magistrales como Fernanda Melchor, Mariana Enríquez, Fernanda Trías o Samantha Schweblin. Su novela Después del invierno, publicada en 2014 fue la ganadora del prestigioso Premio Herralde. El matrimonio de los peces rojos ganó el Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero en 2013. Entre sus últimas producciones, podemos señalar la novela La hija única de 2020 y el conjunto de relatos Los divagantes de 2023 que estamos comentando hoy. Ha recibido varios reconocimientos como el prestigioso premio alemán Anna Seghers (2009), el premio franco-mexicano Antonín Artaud (2008), el Premio Nacional de Cuentos Gilberto Owen (2007) y el Prix Radio France Internacional (1993), entre otros. Guadalupe Nettel se sirve en su quinto libro de cuentos Los divagantes (2023) como hiciera en El matrimonio de los peces rojos (2013) de una potente metáfora para acercarse a los esquivos y extraños humanos: los albatros, esos pájaros gigantes que habitan en el hemisferio sur, que en ocasiones por falta de aire se desorientan en el vuelo y no saben luego cómo continuar su existencia. Cada uno de los personajes de estos ocho cuentos son una especie de albatros. Viven en una realidad extraña y asfixiante sin saber qué pasos dar. Son muchas veces ajenos y transparentes a sus propia familia. Viven en el cruce de caminos como el padre de Edipo, en la frontera, en el lugar donde quizás sería posible todavía un cambio, un revulsivo, aunque fuera solo en el sueño. Los padres de Guadalupe Nettel, jóvenes progresistas estuvieron muy influidos en su crianza, por las ideas emanadas del turbulento mayo del 68. Aunque podemos considerarles algo ingenuos desde la distancia lucharon por sus ideales y por eso Guadalupe les está agradecida. Como orientarse hoy en esta sociedad cuando el capitalismo está reduciendo todos los antagonismos y cuando parecen haber caído todos los ideales? Nettel tiene una vinculación íntima con esos seres que se ubican en los márgenes del éxito, esos que viven una vida aparentemente normal pero que albergan en su seno contradicciones y el deseo secreto de una vida distinta. Quizás la propia autora haya sido también un albatros en la infancia. Nettel sabe lo que es ser mirada mal, sabe del poder de los gestos y las palabras, su capacidad destructiva pero también salvífica: ni una palabra de menos ni de más encontraréis en sus cuentos. Que cada cual intérprete lo que hubo en realidad entre el tío y la sobrina del cuento «La impronta». La mejicana nos deja precisamente al borde de ese abismo; contemplando las decisiones de unas personas incapaces de transformar su vida en «Un bosque bajo tierra» o que están a punto de franquear las puertas de un destino, que ya será irrevocable en «La puerta rosa». O no. El destino ya se vislumbraba con nitidez en su libro de relatos El matrimonio de los peces rojos lo que la dota su escritura de un aire majestuoso y clásico, con tintes trágicos, como en el relato «Un bosque bajo la tierra». Ella, según describe en su autobiográfico libro El cuerpo en que nací (2011) -novela que recomiendo encarecidamente- el estrabismo que sufría en un ojo desde pequeña, anomalía de la visión y la mirada por la cual durante mucho tiempo sufrió acoso en el colegio. Un día, sin saber muy bien cómo, empezó a crear historias, que la maestra le obligó a enseñárselas, algo alucinantes y aterradoras, sobre esta situación lo cual entusiasmó a sus compañeros de escuela. Gracias a la escritura se consiguió hacer un lugar. La escritura, si es verdadera, puede ayudar a anudar la trama de la existencia. Es aliento vital, paliativo de extrañezas, ánimo para seguir. Nettel es experta en mostrar los aspectos más verdaderos de un personaje con unas breves pinceladas como hacía Chéjov. Estoy pensando en la madre que pone un cartel de su hijo perdido en la cofradía de los huérfanos -su frialdad- o el tío que está a punto de morir de «La impronta» -su capacidad de seducción-. Nettel es la maestra de lo sutil, sabe sugerir sin mostrar, nunca cae en lo explícito y mucho menos en lo obsceno. Sus relatos son como una caricia a un enfermo agonizante: profundamente humanos. Mucho más cerca por tanto al cine poético de Kiarostami que a la forma de mirar enfática y morbosa de Tarantino. Nettel afirma que no aborda en sus escritos el tema político directamente, intenta dejar sus ideas y convicciones al margen, pero suele acabar apareciendo el contexto sociocultural de los problemas de los lugares donde se narran sus novelas, con frecuencia ciudad de México. Aunque aquí en el cuento que da nombre el libro si se aborda el tema político frontalmente nombrando el desarraigo de los exiliados por la dictadura. Se ha dicho de su obra -de forma quizás algo torpe- que es más íntima que política, lo cual es una falsa antinomia porque como se ha advertido desde los movimientos feministas lo personal es también político. Lo íntimo es evidentemente también una forma de política. Lo que vemos no es la realidad, no creas en lo que ves, parece alertarnos como un letrero luminoso la prosa clarividente e intimista de Guadalupe Nettel. Hay un fuera de campo cinematográfico. Tronco y ramas no son el bosque. El bosque son las miles de raíces que se entrelazan y anudan profundas bajo tierra recorriendo América y sosteniendo el mundo. Lo que llegamos a ver es apenas el dedo que apunta a la luna, mediatizados por todos nuestros temores y programitas inconscientes de interpretar la realidad. Soy el único que repugnó antes de tiempo el cuento «La

realidades inquietantes, SAMANTA SCHWEBLIN

Samanta Schweblin -argentina de nacimiento- no sabía qué hacer con los relatos que iba escribiendo hasta que su abuela Susana le propuso presentarlos a un concurso del Fondo Nacional de las Artes el cual ganó en 2002 con el sugerente título El núcleo del disturbio. Cuando supo que el premio incluía la publicación, sintió tanto vértigo que pasó varios años sin publicar. El libro según la autora estaba todavía verde, siente que se lo arrojaron de las manos. Desde entonces escribe de a poquitos, en entregas espaciadas, seña de identidad suya -ella misma dice que le da vergüenza acudir a las ferias sin un libro nuevo- encarnando con su cuerpo la máxima de su compatriota Silvina Ocampo: «Lo raro siempre es más cierto», cita que encabeza como un caballo de troya su nuevo libro de cuentos, El buen mal (2025), el cuarto si no me salen mal las cuentas, «escritos con una precisión que roza el prodigio», según el gran poeta chileno Raúl Zurita. Samanta Schweblin escribe sobre lo extraño, sin apenas adornos, metáforas o retórica (aunque todo lenguaje sea en último término esencialmente metafórico), sabiendo lo que sabe hacer, reinventando cada vez la fórmula del relato breve que conoce a la perfección, con su prosa certera y clarividente, aunque por su puesto en escritura como en alquimia nunca esté nada asegurado. «Cada libro es un estreno penoso y feliz», escribió una vez la brasileña Clarice Lispector. La poeta rusa Anna Ajmátova, que sufrió en sus carnes la represión estalinista, afirmaba que siempre había una distancia insalvable entre lo narrado y las circunstancias vividas. La escritura -aunque lo intente- nunca consigue estar a la altura de los hechos. Alguna lectora perspicaz ya ha advertido que Kentukis (2018), su segunda novela después de Distancia de rescate (2014), se ha quedado algo corta respecto a un mundo quizás cada vez más deshumanizado aunque con algunos brotes de esperanza. Aunque los hechos nos lleven la delantera, Samanta intenta dar cuenta de lo que contemplamos y lo que vivimos, mira las sociedades occidentales -mitad ojos de niña sagaz, mitad mujer sabia- donde lo perturbador de lo observado -que nos ha de llevar a la reflexión y a tomar decisiones- nunca cede a una negrura desolada. Solo nos muestra con sencillez y determinación la realidad que habremos de habitar. En eso se parezca quizás a una reportera o a una cineasta social. ¿Cuánta diferencia hay entre el amor y el horror? ¿Cómo reparar el dolor que hemos infringido al mundo? ¿Cómo habitar dignamente la casa del cuerpo y la subjetividad? podrían ser algunas de las preguntas que atraviesan sus páginas. Su nueva entrega de relatos, El buen mal (2025) está, como el libro anterior, poblado de casas y de espacios liminales y fronterizos, que pueden ser causa del sufrimiento y desamparo para los más vulnerables, pero también lugares de celebración y acogida. Embajadas culturales como su propia casa en Berlín. Su mirada, incisiva pero tierna, soporta la imperfección, las aristas, lo faltante. No pretende darnos soluciones fáciles ni mucho menos convertir sus narraciones en algo didáctico. Deja a los personajes hablar, no cierra todas las grietas, en eso se parece a la escucha atenta de un psicoanalista. En sus relatos el registro de lo Real -en un sentido lacaniano- predomina frente al universo simbólico y el cuadro resultante se nos presenta dislocado. Las piezas efectivamente no encajan. Habremos de saber qué hacer con eso. Cineasta de formación y escritora de profesión, Samanta Schweblin se ha tomado el oficio de narrar muy en serio ganando numerosos premios internacionales y siendo traducida a más de 40 idiomas. Entre Siete casas vacías (2015), por el que ganó el premio internacional de narrativa breve Rivera del Duero, y El Buen mal (2025), su último libro, median diez años, porque como escribió el poeta Ángel Valente, la escritura es «como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural». Ambos libros son de una plasticidad desmesurada, memorables. Ella se formó como escritora -además de los diarios que le sugería hacer primorosamente su abuelo, primer germen de la creación- en los talleres literarios de Liliana Heker y Diego Paszkowski. Los maestros en escritura, pienso, quizás no se elijan, al igual que los padres. Es difícil decir de dónde saca sus historias, más allá de la propia vida que desborda por todas partes, ya que como se escribió con acierto sobre el estilo de Felisberto Hernández, ella no se parece a nadie y nadie se le parece a ella. Nuestra autora afirma sacar la inspiración del bullir de las imágenes: «Algo que escuché, algo que leí, pequeñas iluminaciones que no están completadas. Y justamente porque están cojas es que no puedo evitar pensar en eso. Y pensar, y pensar». Quizás no sea del todo forzado establecer lazos con otros escritores de lo que ha venido a llamarse la tradición del fantástico rioplatense, como Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Antonio Di Benedetto y Felisberto Hernández lo que no opaca en absoluto su trazo singular, su estilo único. Inserción viva en la Lengua, en ese gran palimpsesto -escritura sobre escritura, trazos sobre trazos- que es la historia de la literatura. Río creciente que no cesa. Aún. No se puede dejar de citar también a dos autoras contemporáneas de las que reconoce sentirse deudora: Anne Carson y Amy Hempel. Su escritura, además de poética -pero de una poética desnuda y reacia al sentido convencional de las palabras- es realista y a su vez no lo es. Ahí radica la fértil paradoja que no conviene intentar resolver. Quizás sea útil acudir al término realismo raro que acuño Graham Harman para aludir a algunos fantásticos anglosajones. En cualquier caso, la vida que late en sus cuentos no cabe en ninguna categoría. La existencia de sus héroes y heroínas es puro goce y exceso catastrófico, pero también impulso y deseo para seguir. Caminos que se hacen muchas veces con la mirada, a golpe de martillo. Pulsiones que aspiran a ser sublimadas en el cauce

la máquina de hacer pájaros, NATALIA GARCÍA FREIRE

Natalia García Freire nació en Cuenca, Ecuador, en 1991, es escritora y periodista. En 2016 cursó el master de Narrativa de la Escuela de Escritores de Madrid. Son reseñables sus dos novelas publicadas en la editorial La Navaja Suiza: Nuestra piel muerta (2019) que fue seleccionado entre los mejores libros del año según el New York Times y Trajiste contigo el viento (2022). Natalia vive actualmente en Madrid desde hace unos meses, trabaja como profesora de Escritura Creativa en la Escuela de Escritores y también en la Universidad del Azuay en Ecuador, también da clases de inglés en primaria. También sabemos que tiene un jardín, un gato y que escribe, con mucho talento, por cierto. Su educación sentimental fueron las telenovelas colombianas que sonaban a todas horas en su casa y las formas extrañas de vincularse que reinaban en su familia. Sus libros están hechos de música y cada cuento tiene una canción aparejada. Su libro La máquina de hacer pájaros (2024) es su primer libro de relatos con el que ha asombrado tanto a críticos como aficionados al cuento. Una escritora muy particular, quizás solo apta para minorías. De este conjunto de relatos nos sorprende primero por su lenguaje despreocupado y salvaje y por su poderoso ritmo narrativo. También por la omnipresencia de los pájaros; los enjaulados como los que había en casa de su abuela y los otros, los que viven libres y que quizás son los más capaces de metaforizar el lenguaje, que tampoco es nunca libre del todo. Aún que intentemos escribir, siempre hay algo que se escapa -aclara Natalia-. Como dice María Negroni, «el lenguaje nunca cierra». Podemos hallar ya en sus primeras páginas bellas reflexiones sobre la escritura. Se dice en «Las lumbres» -el cuento inaugural y más disímil del conjunto y que nos recuerda por su atmósfera a su novela Trajiste contigo el viento: «la escritora no habla quichua, no tiene la varita. No aprendió la lengua que convierte las palabras en materia. Lengua que es también un último acto de magia». No se puede narrar la violencia desde un lugar racional, afirma Natalia. Nunca nuestros niños y niñas vivieron en un mundo tan extraño y alucinado. Pero creerme, con magia o sin ella, hay luz al final del túnel. Y este libro sorprendente viene a recordárnoslo. Uno de los temas candentes del libro son las relaciones familiares, siempre extrañas y opresivas y la posición de la mujer frente a distintos tipos de amenazas y violencias. Pero Natalia García Freire, no se recrea en lo sórdido, le interesa más, eso parece al menos, el momento previo al desastre, la ventanita abierta a la esperanza y la ternura, el resquicio de libertad. Del fuego, es mejor solo contemplar de lejos la belleza de las llamas. También la muerte está muy presente en el libro, que según aclara la autora, no es vista como un fin, sino como una liberación. La máquina de hacer pájaros nos recuerda también la importancia del cuerpo, porque no hay escritura sin cuerpo. Natalia al igual que Clarice Lispector escribe desde la entraña y tampoco es un intelectual. Y el cuerpo, al igual que las palabras, tienen un peso. Cuerpo que también puede ser amada por otra mujer y sufrir un gran beso o finales orgiásticos como en el cuento “Tecnocumbia para el fin del mundo”. El  propio cuerpo de Natalia no funciona bien, nuestra autora declara sufrir insomnio y otros problemas de salud. En su libro está la presencia del cuerpo roto (uno no de los cuentos fue escrito después de una separación de pareja), cuerpos que hay reconstruir constantemente, cuerpos que se transforman misteriosamente, cuerpos que mutan hasta convertirse en astros, cuerpos extraños con un corazón de zarapito… Un cuerpo simbólico que pareciera tener sus propias reglas de transformación pero que no queda a la deriva por ser humanizado por el humor y la palabra. En el cuento «La piel del oso», por citar uno de mis cuentos preferidos, observamos una metamorfosis del asesinato del padre freudiano de la horda primitiva. Un padre que se convierte inexorablemente o al menos actúa como un niño. No goza de todas las mujeres de la familia, pero llora y es insoportable y por eso sus hijas han de buscar algún tipo de decisión drástica. Aquí los finales, (su libro es toda una teoría en acto de como concluir felizmente un cuento) no son nunca lo que parecen. Cuando le pregunté que enseñaba este libro sobre escritura me dijo que la ficción es un espacio de juego y también un lugar de destrucción. Curiosa paradoja que no convendría intentar resolver. En este libro hay luz en la oscuridad, digo, vida dentro de la muerte. por Joaquín García

encender las lámparas por ti, FELISBERTO HERNÁNDEZ

Nunca he ocultado mi predilección por las personas raras, desadaptadas, que crecen al margen del discurso del éxito, que escriben sin la necesidad de mucho ruido ni focos mediáticos, que no requieren en su ruta vital libros de autoayuda, pero que son capaces sin embargo de amar con profundidad y mirar sin miedo a los ojos de la vida. Felisberto Hernández fue una de esas raras avis (como Macedonio Fernández en Argentina), una flor extraña en los márgenes de la literatura uruguaya de comienzos de siglo. «Felisberto no se parece a nadie», dijo el escritor italiano Ítalo Calvino, -uno de los que contribuyó a la postre a popularizarlo- y quizás tenga razón. Escritor importante de su Uruguay natal pero leído hoy en día por muy pocos. Ni en su época ni actualmente ha tenido el reconocimiento que merecía. Ni siquiera se lee apenas en la carrera de Filología hispánica. No tuvo precedentes y quizás derivado en parte de esto, tampoco ha podido tener epígonos. Tiene el riesgo de quedar por tanto como una ínsula extraña sin vasos comunicantes, como un rareza testimonial solo para el estudio de forofos del cuento y eruditos, como una nota al margen -quizás llena de música- de la historia de la literatura.   Felisberto Hernández, músico y escritor -no se sabe que experiencia es primera-nació en Montevideo en los albores del siglo, en 1902 y murió en esa misma ciudad en 1964. Músico de profesión -pianista y compositor- se dedicó gran parte de su vida a ser músico ambulante por distintos bares y clubs de Montevideo y Buenos Aires hasta que se consagró de manera exclusiva a la literatura. Ambas experiencias cohabitaban conflictivamente en su subjetividad. No pudo convertir a una en su esposa y otra en su amante, como hiciera Anton Chejov, con la medicina y la literatura. Felisberto amó las profesiones como amó a las mujeres: una por una. Su vida amorosa fue intensa y larga, se casó hasta cuatro veces, incluida la relación que mantuvo en su estancia en París con María Luisa de las Heras (alias África de las Heras), veterana española de la Guerra Civil y a la sazón agente de la KGB, que tenía como misión seducir a Felisberto dentro de un plan más amplio de urdir una trama de espionaje en el Uruguay de principios de siglo. No le debía al parecer tranquilizar a Felisberto la vida hogareña, a un hombre que siempre vivió entre la precariedad económica y la errancia. En palabras de una de las mujeres con las que mantuvo un vínculo, Paulina Medeiros, era «solitario decididamente arbitrario en el terreno del sentimiento». En uno de sus escritos de juventud, Por los tiempos de Clemente Colling, una de sus pocas novelas, hay una influencia leve de Proust, uno de los autores que releyó hasta la saciedad junto con Bergson y Kafka. Es una influencia delicada como pétalos de agua. Se detecta allí una pasión por la memoria y un gusto refinado por los detalles, sin llegar hasta el minucioso y obsesivo puntillismo del francés. Felisberto supo elegir -al contrario que este, que no rechazaba nada- lo esencial de lo que quería transmitir de su experiencia con el pianista ciego y tuerto Clemente Colling. Personaje extraño donde los haya, que no debía además tener mucho gusto por la higiene, pero que resultaría fundamental en su formación musical. Siempre me pareció un poco esquemática y hasta reduccionista -casi maniquea- la diferenciación que hizo Borges en su día de la literatura fantástica que se opondría a la literatura realista, en su famosa conferencia «La literatura fantástica». Los cuentos de Felisberto Hernández son fantásticos en el sentido más primigenio de la palabra: fabulosos. Cuentos, con parentesco con el surrealismo y el mundo onírico, donde los personajes se animalizan -se convierten en caballos por arte de magia, símbolo fundamental para el uruguayo junto con la infancia y el agua- y los objetos cobran vida de la forma más natural posible. Por sus páginas veremos desfilar corazones verdes que se entregan de mano en mano, ojos que ven sin mayor problema en la oscuridad y balcones que se arrojan al vacío por causa del amor. Una aproximación de lo fantástico íntima y apasionada que no pretende causarnos terror como los de Edgar Allan Poe ni tampoco ser denuncia de la burocracia maquinal como en Kafka. Hay otra diferencia fundamental con estos dos escritores: Felisberto amaba profundamente la vida. En sus relatos se produce una osmosis tranquila y verosímil entre la realidad objetiva y la realidad fantaseada, quizás sea porque cada uno de nosotros vemos la realidad con las gafas de nuestra subjetividad. Lo que en psicoanálisis se ha venido a llamar el fantasma fundamental. No solo porque la realidad es ya es bastante fantástica en general sino porque no hay en verdad algo así como realidad objetiva, a riesgo de convertirnos en objetos. No olvidemos que objetivo procede de la palabra objeto. En tiempos de producción acéfala y desmemoria, ahora que los algoritmos y la inteligencia artificial pretenden tomar el gobierno de las almas, acordarnos de quienes nos precedieron, hacer homenajes a los escribieron con pasión y sin ruido mediático, es defender la historia, rescatarla de sus márgenes y proteger de esta forma los legados simbólicos. Por ti, Felisberto, está mañana hemos encendido las lámparas. por Joaquín García

carta sobre el relato "el nadador" del escritor americano John Cheever

sobre secreto #4

Donal Westerhazy es el personaje protagonista del célebre relato El nadador de John Cheever, publicado originalmente un 18 de Julio, de 1964, en The New Yorker Así comienza el relato: «Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan: –Anoche bebí demasiado » Donald Westerhazy, tal como se cuenta, se propone la hazaña -decadente, gloriosa o incomprensible- de volver a casa nadando por muchas de las piscinas del condado Pero no va a ser tan fácil; en cada casa quiere saludar a los conocidos y amigos y tomarse alguna copita. El día pasa, se está haciendo de noche, y su familia le echa mucho de menos. Cuando apoyas este medio ayudas a que Donald Westerhazy vuelva pronto a casa. Estas son las piscinas que lleva ya recorridas:

sobre con imagen de luna, solo y signo del zodiaco

sobre secreto #3

Te queremos recomendar un relato de función de tu signo del Zodiaco:

carta donde se cuenta la historia secreta de los magos de oriente, Reyes magos

sobre secreto #2

Queremos contarte nuestra propia versión de quienes fueron los magos de Oriente: Los magos de Oriente no eran seguramente reyes, como se dice con frecuencia en la actualidad. Entonces, nos preguntamos quienes eran en realidad: ¿sacerdotes eruditos babilónicos o persas? ¿practicantes de la magia zoroastrianos? ¿simplemente hombres sabios que buscaban la verdad que no encontraban en sus culturas y tradiciones? Según el relato bíblico, los magos de Oriente guiados por la luz de las estrellas viajaron desde el lejano oriente (quizás Persia o alguna región cercana) atravesando muchas dificultades y peligros (eso no lo dice, pero podemos imaginarlo), para llevar sus presentes a este niño  llamado a ser el Mesías que acaba de nacer El punto de debate es si realmente alguien poderoso o con mucho dinero querría haber ido a visitar a Jesús, ya que creemos que eso desmentiría y entraría en contradicción con el legado y las enseñanzas de Jesús, recogidas en el antiguo testamento Si una de las enseñanzas importantes de Jesús es que es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un hombre rico entre en el reino de los cielos, entonces, ¿qué sentido tendría que las primeras personas que fueran a verle fueran en realidad personas poderosas y con dinero? A María y José se le cerraron todas las puertas en ese momento y Jesús tuvo que nacer en un humilde pesebre, y ellos quisieron ir a verle, eso es lo único cierto, sin los recelos y envidia que tuvo en esos momentos Herodes Otras cuestiones son menos relevantes: su número, si eran familia, si venían acompañados de otros, si fueron legiones. En el relato se suele hacer mucho énfasis también en el significado y riqueza simbólica de cada regalo: el oro, el incienso y la mirra Eso es importante, pero creemos que hay algo más profundo que se suele olvidar: el verdadero regalo que llevaron los magos de Oriente fue su presencia y su mirada, lo único que en realidad podemos regalar a quienes queremos Aún sin decirlo, le expresaban: «nos alegramos de que hayas nacido y que estes vivo, y nosotros, te vamos a acompañar a lo largo del camino y quizás, tú también a nosotros» Magos de oriente son quienes lleven algo de luz a otros Magos de oriente quizás también seas tú que aportas tu presencia e ilusión a otras personas, u otros que lo hacen para ti No podemos olvidar la consideración de Françoise Dolto cuando expresaba que todos los niños han de ser adoptados No basta traer a un hijo al mundo, lo importante es si somos capaces de acogerles y acompañarlos. De esa forma, no es tan importante si el hijo o hija es adoptado o biológico, sino la acogida y compañía que le ofrecemos Los hijos no son de nadie, tampoco de los padres y madres que los trajeron Los niños y las niñas pertenecen pertenece por derecho propio a la vida

en esta carta se explica el concepto según el psicoanálisis y según Jacques Lacan

sobre secreto #1

Queremos contarte lo que es el deseo: Al deseo es muy difícil cazarlo con palabras pero haremos el intento: no sé si os acordáis de que cuando éramos pequeños, durante las acampadas, salíamos a cazar gamusinos. Los gamusinos no existen, es verdad, pero gracias a esa propuesta disfrutábamos de una noche estrellada en la naturaleza y de la presencia de nuestros amigos Con el deseo pasa algo parecido. Nunca se puede cumplir o satisfacer del todo, pero siempre encontramos algo en el camino de su búsqueda El deseo es también el espacio u oxígeno necesario para que prenda el fuego de una chimenea. Si ponemos demasiados troncos y sarmientos, es probable que no surja la llama Esto lo comprendió muy bien el psicoanalista Ricardo Rodulfo, cuando expresaba que el amor es donar espacio. Ese es el mejor regalo que podemos hacer a quienes queremos Cuando damos demasiados consejos a la otra persona, le decimos lo que tiene que hacer, le juzgamos o interpretamos lo que dice según nuestra propia visión del mundo, no dejamos que surja su deseo Los desastres a veces se producen «intentando que al otro le vaya bien» que suele ser pretender que todo el mundo sea como nosotros Por el contrario, cuando nos retiramos un poco, estamos presentes con nuestro cuerpo y nuestra mirada, y escuchamos a la otra persona con atención, dejamos que surja su deseo Ya que el deseo nunca es una orden sino una pregunta Nosotros no podemos provocar de manera fácil el deseo en otras personas. Tampoco sirve de mucho pedir que nos quieran. Pero podemos acompañar a los otros en su búsqueda, que nunca tiene garantía completa Deseos hay de muchos tipos: alocados, traviesos, fantasiosos, extraños y hasta algo oscuros pero si somos honestos con nosotros mismos, y no confundimos deseo con su hermana la fantasía, habremos de reconocer que deseo en realidad solo hay uno: el deseo de estar vivo Y cuando deseamos estar vivos, siempre encontramos personas en el camino para compartirlo        

Caderno das estrelas 10, magic fly Paula

las huellas de Eurídice

  Las estrellas nacieron de las huellas de los pies de Eurídice sobre la bóveda celeste cuando huía asustada de Aristeo. Así quedaron —intactas, virginales— nadie se atrevió a lavarlas. Sobrevivieron luego en su forma original a volcanes y tormentas. Locas funambulistas, faros contra el desconsuelo; esa que llaman ninfa, pero que es tan solo una niña, sostuvo con sus manos la frágil cuerda del mundo. Alguien las adornó de luz. Así se fue tejiendo el cielo, con motivo de estar bonito para un aniversario, como un jardín donde van creciendo tímidas las metáforas. No eran para llorar al ocaso del madrigal y el almendro. Tampoco vástagos desagradecidos, ni siquiera candiles de viejos templos. Apenas bosques desnudos, signos que solo la piel comprende, sombras danzantes de aquellas manos que fueron primero lumbre. Ni incendio ni inmolación; solo ojos que miran otros ojos, ahora que las criaturas nocturnas se han quitado las máscaras. Opacidad de los grandes inversores, muerte de los espejos. Como una lluvia derramada sobre el azul vitrificado; fosforescentes. Yo siempre las imagino así, llenas de vida, aunque su mensaje nos llegue desde la fría intemperie galáctica y pienso que desde arriba quizás nos vean y sigan con atención nuestros afanes y tareas. Quizás incluso sonrían con nuestros logros y lloren con nuestras tristezas. Algunas tardes, cuando el sol se marcha, veo como brilla mi padre en su tierno cuerpo y existencia. También mis abuelas con su molino, su orla y su océano. Arrojar la mirada allí, a la dura espiga de la noche de enero, a el alma tendido en guirnalda como nubes desperdigadas de marzo. A lo que sufrimos y amamos y que nunca será nuestro.    Joaquín García, enero 2026 leyendo a Mercedes Roffe Caderno das Estrelas 10 /Star Diary serie nº3 Tribute to Galileo /Orion Artista: Magic fly Paula  

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