escritura y leyenda, R.L. STEVENSON
Admirado en su época por autores como Henry James, Marcel Schowb, o Joseph Conrad que consideraba que su obra había ido mucho más allá de la literatura de evasión juvenil para contribuir a inaugurar la modernidad literaria. Stevenson, escocés de nacimiento, ha trascendido con creces los límites de su época -como el mar inmenso, como el cielo estrellado sobre las canoas de Samoa- y siguió inspirando a escritores tan importantes como Hemingway, André Gide, Borges y Nabokov que le consideraban estos dos últimos un experto en el arte puro de contar historias. Su texto Dr. Jekyll y Mr. Hide, -inspirada en parte, se cree, en una historia real de un ebanista que por las mañanas desempeñaba su oficio; y por las noches infundía el terror en su comunidad dirigiendo una banda de atracadores- inaugura en su radical modernidad la novela sobre el dualismo del bien y el mal, y la escisión del yo. Una vuelta de tuerca sobre el problema irresoluble del mal. Su novela La isla del tesoro, en la mejor tradición de las novelas marítimas y de piratas, –con dos narradores, uso de jerga náutica, de ritmo trepidante y con un manejo del tiempo no lineal- fue hecha por encargo por su hijo adoptivo Lloyd Osbourne que entonces tenía 13 años el cual le pidió expresamente que no aparecieran mujeres en la trama, ha hecho soñar a varias generaciones de lectores. En una de las ocasiones que su hijo imaginaba esta isla es cuando surgió la idea de la novela: «En una de estas ocasiones hice el mapa de una isla; estaba elaborada y (pensé) bellamente coloreado; la forma de esto tomó mi imaginación más allá de la expresión; contenía puertos que me agradaban como sonetos, y con la inconsciencia de los predestinados, puse mi actuación en La Isla del Tesoro». Nuestro autor emprendía la escritura como una verdadera aventura de la imaginación como lo hicieron Italo Calvino o Marcel Schowb y no cejó en su empeño de viajar a través las letras, real e imaginariamente, hasta entrar en el terreno de la leyenda. Entre los influjos e inspiraciones para escribir debemos remontarnos su tierna infancia, donde postrado en la cama escuchaba con horror y fascinación a partes iguales las historias que le contaba su niñera, Alisson Cunningham, apodada cariñosamente Cummy, sobre bandidos y piratas, la oscura historia de la Iglesia de Escocia y feroces temas bíblicos, para su adecuado desarrollo moral. En esa época, uno de sus pasiones era jugar “a la iglesia” con un púlpito construido con mesas y sillas desde donde recitaba como si fuera un pastor. Fueron también muy importantes los frecuentes viajes que realizaría con su padre, abogado e ingeniero descendiente de una familia constructores de faros. Su padre comprendía su pasión temprana por escribir, ya que él también escribía en su juventud hasta que su padre, el abuelo de Stevenson, le dijo que ya era hora de dedicarse a asuntos de negocios. Durante su infancia escribía constantemente ensayos e historias, con especial pasión por las historias rimadas que hacía desde los cinco años. Pese a la importancia que tuvo su niñera, reconocido por él mismo en la dedicatoria de su libro Un jardín de versos para niños, aparecido en 1885; poemario lleno de lirismo y nostalgia que todavía se sigue leyendo en Gran Bretaña hoy en día. Pese a este influjo tan poderoso, Stevenson no quiso continuar plenamente en la tradición del gótico anglosajón constituida por Poe, ni hizo del horror un camino único; no quedó encerrado en el romanticismo, ni tampoco navegó en los abismos de la crueldad como haría su mejor amigo Henry James, ni tampoco era un fabulador abstraído de la realidad, y aunque en sus textos encontramos alegatos contundentes no hay apenas cuentos de tesis salvo quizás “La hechicera”, que podemos interpretar como un pequeño ajuste de cuentas inconsciente con su mujer de la que debía sentirse por su fuerte carácter sometido. Stevenson inventó para sus escritos su propia tradición. Stevenson se rebeló contra la tradición impuesta familiar de convertirse en un constructor de faros. Ingresó en la Universidad de Edimburgo cuando tenía dieciséis años, pero en lugar de destacar en sus estudios se hizo muy famoso por su vestimenta singular y su comportamiento escandaloso. Vestía un sombrero de ala ancha y un abrigo de terciopelo infantil, por lo que recibió el apodo de «chaqueta de terciopelo». En compañía de su primo Bob, Stevenson empezó a fumar hachís y visitar burdeles, y a los 22 años se declaró agnóstico, incrementando así la decepción de su padre. Todo ello se agravó cuando Robert se opuso a seguir estudiando Ingeniería y quiso estudiar Derecho. Para mayor oprobio familiar, a los 26 años, en 1876, se enamoró de una mujer separada, diez años mayor que él y de fuerte carácter, Fanny Van de Grift Osbourne, que llegaba desde el lejano Oeste con una pistola en la cintura y un cigarro en la boca, con la que se acabaría casando. Fue a la espera de su decisión de separarse de su marido, uno de los tiempos más fecundos para la escritura de Stevenson y donde escribiría algunos de sus textos fundamentales. Fanny, no era cualquier mujer; aprendió a manejar un Colt, buscó oro en los desiertos de Nevada, vagó por las montañas de California y cruzó Estados Unidos de costa a costa para rescatar a su primer marido. Cansada de infidelidades y de sus alocadas empresas, cogió a sus tres hijos y cruzó el Atlántico, donde acabaría conociendo a Stevenson en Francia. Su sueño era convertirse en pintora impresionista. También fue escritora, en diarios como The cruise of the ‘Janet Nichol’: among the south sea islands (La travesía de la Janet Nichol: entre las islas de los mares del Sur). Según Cristina Morató, en su obra Viajeras intrépidas y aventureras (Plaza & Janés) Fanny vivió un renacimiento en su madurez; “Con 60 años aprendió a montar a caballo para poder ir a misa los domingos y se sentía feliz descalza, sin corsé, vestida como una






























