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Nombre del autor:Joaquin

escritura y leyenda, R.L. STEVENSON

Admirado en su época por autores como Henry James, Marcel Schowb, o Joseph Conrad que consideraba que su obra había ido mucho más allá de la literatura de evasión juvenil para contribuir a inaugurar la modernidad literaria. Stevenson, escocés de nacimiento, ha trascendido con creces los límites de su época -como el mar inmenso, como el cielo estrellado sobre las canoas de Samoa- y siguió inspirando a escritores tan importantes como Hemingway, André Gide, Borges y Nabokov que le consideraban estos dos últimos un experto en el arte puro de contar historias. Su texto Dr. Jekyll y Mr. Hide, -inspirada en parte, se cree, en una historia real de un ebanista que por las mañanas desempeñaba su oficio; y por las noches infundía el terror en su comunidad dirigiendo una banda de atracadores- inaugura en su radical modernidad la novela sobre el dualismo del bien y el mal, y la escisión del yo. Una vuelta de tuerca sobre el problema irresoluble del mal. Su novela La isla del tesoro, en la mejor tradición de las novelas marítimas y de piratas, –con dos narradores, uso de jerga náutica, de ritmo trepidante y con un manejo del tiempo no lineal- fue hecha por encargo por su hijo adoptivo Lloyd Osbourne que entonces tenía 13 años el cual le pidió expresamente que no aparecieran mujeres en la trama, ha hecho soñar a varias generaciones de lectores. En una de las ocasiones que su hijo imaginaba esta isla es cuando surgió la idea de la novela: «En una de estas ocasiones hice el mapa de una isla; estaba elaborada y (pensé) bellamente coloreado; la forma de esto tomó mi imaginación más allá de la expresión; contenía puertos que me agradaban como sonetos, y con la inconsciencia de los predestinados, puse mi actuación en La Isla del Tesoro». Nuestro autor emprendía la escritura como una verdadera aventura de la imaginación como lo hicieron Italo Calvino o Marcel Schowb y no cejó en su empeño de viajar a través las letras, real e imaginariamente, hasta entrar en el terreno de la leyenda. Entre los influjos e inspiraciones para escribir debemos remontarnos su tierna infancia, donde postrado en la cama escuchaba con horror y fascinación a partes iguales las historias que le contaba su niñera, Alisson Cunningham, apodada cariñosamente Cummy, sobre bandidos y piratas, la oscura historia de la Iglesia de Escocia y feroces temas bíblicos, para su adecuado desarrollo moral. En esa época, uno de sus pasiones era jugar “a la iglesia” con un púlpito construido con mesas y sillas desde donde recitaba como si fuera un pastor. Fueron también muy importantes los frecuentes viajes que realizaría con su padre, abogado e ingeniero descendiente de una familia constructores de faros. Su padre comprendía su pasión temprana por escribir, ya que él también escribía en su juventud hasta que su padre, el abuelo de Stevenson, le dijo que ya era hora de dedicarse a asuntos de negocios. Durante su infancia escribía constantemente ensayos e historias, con especial pasión por las historias rimadas que hacía desde los cinco años. Pese a la importancia que tuvo su niñera, reconocido por él mismo en la dedicatoria de su libro Un jardín de versos para niños, aparecido en 1885; poemario lleno de lirismo y nostalgia que todavía se sigue leyendo en Gran Bretaña hoy en día. Pese a este influjo tan poderoso, Stevenson no quiso continuar plenamente en la tradición del gótico anglosajón constituida por Poe, ni hizo del horror un camino único; no quedó encerrado en el romanticismo, ni tampoco navegó en los abismos de la crueldad como haría su mejor amigo Henry James, ni tampoco era un fabulador abstraído de la realidad, y aunque en sus textos encontramos alegatos contundentes no hay apenas cuentos de tesis salvo quizás “La hechicera”, que podemos interpretar como un pequeño ajuste de cuentas inconsciente con su mujer de la que debía sentirse por su fuerte carácter sometido. Stevenson inventó para sus escritos su propia tradición. Stevenson se rebeló contra la tradición impuesta familiar de convertirse en un constructor de faros. Ingresó en la Universidad de Edimburgo cuando tenía dieciséis años, pero en lugar de destacar en sus estudios se hizo muy famoso por su vestimenta singular y su comportamiento escandaloso. Vestía un sombrero de ala ancha y un abrigo de terciopelo infantil, por lo que recibió el apodo de «chaqueta de terciopelo». En compañía de su primo Bob, Stevenson empezó a fumar hachís y visitar burdeles, y a los 22 años se declaró agnóstico, incrementando así la decepción de su padre. Todo ello se agravó cuando Robert se opuso a seguir estudiando Ingeniería y quiso estudiar Derecho. Para mayor oprobio familiar, a los 26 años, en 1876, se enamoró de una mujer separada, diez años mayor que él y de fuerte carácter, Fanny Van de Grift Osbourne, que llegaba desde el lejano Oeste con una pistola en la cintura y un cigarro en la boca, con la que se acabaría casando. Fue a la espera de su decisión de separarse de su marido, uno de los tiempos más fecundos para la escritura de Stevenson y donde escribiría algunos de sus textos fundamentales. Fanny, no era cualquier mujer; aprendió a manejar un Colt, buscó oro en los desiertos de Nevada, vagó por las montañas de California y cruzó Estados Unidos de costa a costa para rescatar a su primer marido. Cansada de infidelidades y de sus alocadas empresas, cogió a sus tres hijos y cruzó el Atlántico, donde acabaría conociendo a Stevenson en Francia.  Su sueño era convertirse en pintora impresionista. También fue escritora, en diarios como The cruise of the ‘Janet Nichol’: among the south sea islands (La travesía de la Janet Nichol: entre las islas de los mares del Sur). Según Cristina Morató, en su obra Viajeras intrépidas y aventureras (Plaza & Janés) Fanny vivió un renacimiento en su madurez; “Con 60 años aprendió a montar a caballo para poder ir a misa los domingos y se sentía feliz descalza, sin corsé, vestida como una

viaje

Mejor no llevar gruesos vestidos para hacer la ruta que va de Pérgamo a Mitilene   Basta un collar de ámbar en el cuello los pies bendecidos por hojas de menta y guardadas en el vestido semillas mágicas de la flor de la amapola   La ruta hasta la ciudad costera es larga pero segura No hay que tener miedo a la travesía por mar Afrodita te acompaña   Habrás de elegir a tu llegada —eso sí— entre el dulce abrazo de Safo y nadar junto a las sirenas blancas      *** Poemá inédito de Joaquín García para su nuevo poemario Intentar la luz (Ed. Adarve, 2026) La hora del vermut Agosto, 2026  

fragilidad

              acallar el tumulto de las ciudades para que se pueda oír el canto del petirrojo la memoria de la piel la fragilidad del latido   escuchar a las ancestras su cauce y su murmullo   no caer en la desmemoria en la producción acéfala en el hombre que se cree hecho a sí mismo sin deudas ni historia hijos de un linaje abúlico   hacer pequeñas albercas para que naden las ranas beban los gorriones   y las trabajadoras del campo puedan mojar sus manos y su rostro   caminar por ríos y veredas junto a los que cultivan la tierra y el silencio   ayudar a parir a los terneros   ser junco en la sombra fruto en la orilla eco del vagido   ser asombro entre los acebales caléndula y genciana para los hematomas del mundo   abeja que poliniza las flores con ternura nuez rebrotando de la arcilla como zarzales de septiembre   bálsamo de algas y limos negros para un campo que agoniza   y decir con los animales en peligro que la vida no está en otra parte   no discurso construido solo un destello sin palabras   de un bosque ancestral legado por nuestras generaciones   que es freno al desierto voz de la conciencia y luz en las heridas        ***   Poema inédito de Joaquín García Ruiz-Zorrilla para su próximo libro Intentar la luz (Ed. Adarve, 2026) La hora del vermut agosto, 2026

Lisboa: habla

Los pescadores se preparan con sus grandes redes El sol despunta sus primeros rayos Ah el comienzo tantas veces imaginado Quieres nacer finalmente a este mundo terrible   Los viajeros ya llegaron a puerto mientras escucho tu voz casi inaudible a lo lejos ¿Este murmullo luminoso es acaso tu nombre?   Dices al fin una palabra que es tuya y no es de nadie. ¡Y alzas alegre la mano! Existes más allá del recuerdo, prodigio del afecto, certeza azul y pura   Temblor y aire, arriba en los balcones vuela un pañuelo blanco… ¡libertad! Lisboa, eres la canción de la luz La claridad y el mar Suficiente y cuánto      ***   Poema inédito de Joaquín García para su próximo libro Intentar la luz (Ed. Adarve, 2026) La hora del vermut agosto, 2026

espejo

¿El cristal de un espejo ha de ser tan puro como el hielo? Entre lo tangible y lo inasible, acepto el juego de lo inexistente; sus engaños cotidianos, sus tímidos reflejos Estoy frente a un laberinto sin paredes, lanzando flores al abismo. Esto no es nihilismo ni apología de tristeza, es celebración y ensalmo. ¿A quién cantaré mañana? El canto del alcaudón nos avisa del peligro pero ¿por cuánto tiempo? Este rostro que veo, ¿es acaso tu rostro? Avísame cuando te marches para ir contigo. El cuerpo es un gesto precioso de arqueología y yo busco en las capas de tu discurso el origen de la luz La fotografía —doble ominoso del espejo— es algo terrible dice Mary Jo Bang; inmortaliza un instante, le otorga quizás valor supremo, pero acalla el sentimiento Es una equivocación del archivo, una presencia ausente. Es un león enjaulado donde goza un espectador voyerista. Sedimento de viejas tristezas donde debería correr límpida el agua ¿Qué dice de pronto este río tan antiguo como el mundo? ¿Qué senda seguir, en este momento, que no tenga reflejos ni espejismos?      ***   texto inédio de Joaquín García de su próximo libro Intentar la luz (Ed. Adarve, 2026) La hora del vermut agosto, 2026  

loco

  No vine aquí a ser paloma mensajera, héroe de mármol, epígono del llanto. Hicieron de mi historia un elogio condescendiente, una negativa razonada, un silencio que esconde el miedo. Fueron hábiles los médicos para meterme en sus cajones, pero ninguna solución a estos escombros acumulándose en los bordes de la noche, para este vasallaje de hilos invisibles: excesos agotadores del amor. ¿El mundo es un lugar donde solo se sufre? ¿Y los que no tenemos patria, podemos tener palabra? No les he contado que de madrugada crecen flores extrañas en mi almohada y que conozco muy bien el lenguaje de las aves. A veces no digo lo que temo y me duele lo que callo. Lleno de un calor interno corro descalzo por los jardines dejando mis libros en los bancos y ramas más altas de los árboles. Pues ¿qué mejores testigos para mis palabras que las abejas viajeras y la mirada atenta de los pájaros?      ***   poema inédito de JOAQUÍN GARCÍA de su próximo libro Intentar la luz (Ed. Adarve, 2026) La hora del vermut Agosto, 2026

la piel del sueño

  Tu alma vive bajo la piel Muerte y soledad, fieles compañeras, pétalos de luz que no se apagan con el llanto Luchas ciegas, agonías calladas, buscaban sedientas una claridad no herida por el rayo Un sol alzado e inclemente de julio fue la verdad de tu causa En tu viaje hacia un hondo centro creaste con tus manos olmos de sombra doble y abedules errantes. Cuando te marchaste, animales invisibles comenzaron a salir de tu cuerpo Tu corazón habló diáfano, con el idioma del pueblo Ni una gota de tristeza quedó en el sudario Los pájaros no se atrevieron a moverse Hicieron silencio los árboles      ***   poema inédito de JOAQUÍN GARCÍA de su próximo libro Intentar la luz (Ed. Adarve, 2026) obras en imagen destacada por la artista MUGI TAKEI, “Bulbs” (izquierda) & “Grandmas little girl” (derecha) La hora del vermut Agosto, 2026

la llamada del porvenir

  Muchas pasajeras fueron liberadas pasajeras del alfeizar y el viento gracias a mucho esfuerzo            y a un último acto de magia No, esto no es labor precisa de entomóloga Aquí los insectos están muy vivos Míralos; como van cubriendo como pequeños caracoles las páginas su baba invisible es la tinta donde florecen lágrimas en las tardes sin molde del verano Sin embargo, la amenaza continua; alguien sin silbo ni bramido —puro oráculo sin reflejo en el espejo — está robando algunos huesos de las criaturas está cambiando cervatillos por leones La poeta lo sabe y no va a consentir este atropello En el zaguán de su infancia guarda algunos artefactos todavía sin estrenar; son antenitas amarillas en la piel de los nenúfares palabras sabias escuchadas en la casona de sus abuelas soles oscuros caídos en las manos de las estrellas      ***   texto inédito de JOAQUÍN GARCÍA de su próximo libro Intentar la luz (Ed. Adarve, 2026) La hora del vermut agosto, 2026

Agua

En esa cocina mientras lava los platos, mi madre, siempre cuenta las mismas historias. No sé porque surgen en ese lugar…después de hacer el desayuno o alguna comida, ahí empiezan. Ella se pone a fregar, limpia la encimera y deja correr el agua del grifo mientras relata como mi abuela, al finalizar la guerra, cruzaba el Río Tajo en una barca para llevarle comida a mi abuelo encarcelado. Yo imagino ese agua de río, mientras miro la del grifo que mi madre deja correr al narrar a esas mujeres atravesando el Tajo para llevarle comida a sus maridos. Entonces mi madre apaga el grifo -como si el agua de la historia del rio, le llevara a percatarse de la que desperdicia en su cocina- y habla de la abuela Antonia y de su atreverse a cruzar en aquella barca en días en los que el río estaba crecido y el barquero, borracho. Imagino ese río enfurecido y a la abuela-de la que solo conocí sus historias- cruzándolo, mientras agradezco internamente que mi madre haya dejado de desperdiciar tanta agua en la cocina. Ese mismo elemento que pudo ahogar a mi abuela hace más de ochenta años, le sobra ahora a su hija cuando friega los platos. Mi madre repite estas historias, es algo que hace siempre igual: empieza con una y sigue con la otra, relatando los sucesos de la misma manera, no varía ni un ápice. Yo escucho en la cocina con el poso del café del desayuno o con el plato de comida aún en la mesa, atendiendo, como si fuese la primera vez que las escucho, como si nunca antes las hubiese oído. Cuenta del pueblo en la posguerra de su niñez, en esa casa llena de niños todos a cargo de su madre. Eran cuatro hermanos y mi abuela acogió también a la prima Merche y a otra niña del pueblo con ceguera y discapacidad, cuando ambas se quedaron sin padres. La escena insiste de forma similar. La disertante: mi madre, con la principal oyente en frente: su hija, interpretando la secuencia de la cocina en el pueblo. A veces dudo si es conocedora de su propia repetición. Parece evidente, pero me hace sospechar, ya que nunca ha mencionado la multiplicidad de veces que lo ha contado. Aun así, no develo el secreto de su reiteración, a riesgo de que la espante, puesto que no actúo en esta escena, realmente quiero escucharlas una vez más: algo en ellas que me atrapa incansablemente. En su repetición está también la mía. Será la propia escena, serán las historias, será la reproducción de mi madre contándolas. Será el tratar de buscar en la similitud, atisbos de diferencia que abran márgenes a preguntas que aún no he hecho, pues es ahí cuando descubro algo desconocido. El otro día, por ejemplo, introdujo algo mencionando la manera en la que le dijeron que llegó el abuelo de la cárcel: “alcohólico y violento”, aunque siempre haya rescatado que “nunca le puso la mano encima”, con la misma franqueza con la que dice que nunca le dio nada de cariño. Como si a pesar de esa carencia de amor originaria, ella, sin rencor ni afecto, quisiera ser justa y dar al César lo que es del César, pues se contuvo de quererla tanto como se contuvo de pegarla. ¿Pero entonces el abuelo volvió de la cárcel y tú ya habías nacido? Pregunto yo. No, a mí me tuvieron al volver él, solo Lorenzo nació antes, al finalizar la guerra. Quizá también Manuel. No sé, pero mi hermana y yo, nacimos ya después de salir el de prisión. A lo largo de los años, especulo en la necesidad de contar las historias del mismo modo y casi con las mismas palabras, como una cantinela de la guerra. Quizás ella también trate de buscar algo nuevo en lo repetido o quizás, la propia repetición custodie intacto su pasado y a la vez, el legado de su madre. Ahora mi madre habla en la cocina, en el salón, en el comedor…y por la brisa que compartimos, se transmiten las palabras que construyen su relato. Me pregunto si necesitará simplemente soltarlo al viento, airear las historias, ventilar lo vivido para que salgan un rato afuera y después, vuelta a empezar. O pudiera ser, tal vez, que ambas tratemos de buscar algo nuevo en lo repetido. La repetición se puede dar en la cómoda cocina de un hogar familiar.   *** fragmento de un proyecto en construcción de escritura sobre familia y memoria histórica SARA GARCÍA RODRÍGUEZ 

los 80 mundos de la imaginación y el lenguaje, JULIO CORTÁZAR

Después del mito fundacional que fue el Martín Fierro, y después del milagro excéntrico, indiscernible entre la realidad y la leyenda, que fue Macedonio Fernández, quizás existan dos mitos incomparables en la literatura argentina contemporánea: Jorge Luis Borges y Julio Cortázar Ambos escritores, merecidamente célebres, se vieron pocas veces a lo largo de sus vidas, y pese a las grandes diferencias políticas que les separaban, siempre se admiraron y estuvieron unidos por un hilo de misteriosa complicidad. Ambos se interesaron por el mundo helénico, Borges más clasicista, Cortázar más hermeneuta libre, y ambos les apasionaba profundamente el mundo de lo fantástico. Los también fueron grandísimos lectores; Cortázar leía con inagotable pasión por una enfermedad que le tenía de pequeño postrado en la cama. Borges, quien imaginó la biblioteca como un universo y el libro, como la prolongación más fiel del pensamiento humano. Al joven Cortázar, en su etapa de adolescente, le fascinación Edgar Allan Poe, a quien años después traduciría al español, trabajo que durante décadas se consideró canónico y no necesitado de revisión. De Poe, asimiló la arquitectura del cuento, la atmósfera inquietante y la idea de que lo fantástico puede insinuarse en lo cotidiano en aspectos tan sutiles una sombra. Esa influencia sería decisiva en cuentos como “Casa tomada” o “Axolotl”. También fue muy importante la impronta de la literatura francesa, Julio Verne, que leía desde pequeño, quien despertó su vocación por la aventura y la imaginación sin límites, así como posteriormente los simbolistas franceses -Baudelaire, Rimbaud, Mallarme- quienes le revelaron nuevas posibilidades del lenguaje y un modo diferente de mirar lo real. Esta poesía llena de evocaciones y metáforas lo llevó a experimentar con los ritmos, los silencios y las zonas ambiguas del sentido, aspectos que luego serían parte esencial de su prosa, siendo siempre un profundo investigador del lenguaje en su fondo y forma, inventor de mundos. Algunas cuestiones que le apasionaban fueron el boxeo y el jazz (de los que lograba evocar su oscuro misterio y lenguaje coloquial), los caminos del azar y la contingencia, los sueños, las cartas -que para él eran el mejor resumen de su vida, como con su amiga Cristina Peri Rossi, o cartas fantaseadas homenajes a autores que apreciaba como Felisberto Hernández o Sara Gallardo, no le gustaban las biografías detalladas-, la mutabilidad inherente de las cosas, la inapresable identidad, la ciudad de París, la infancia, lo fantasmagórico y el compromiso con los derechos humanos y las revoluciones latinoamericanas. Y el amor, siempre al amor. Julio Cortázar reconocía en Borges una de sus mayores influencias literarias. De él aprendió que los mundos fantásticos también requieren reglas internas precisas. Influencia que se ve con claridad en su primera incursión en el género del relato, la compilación La otra orilla, cuentos escritos entre 1937 y 1945, de la que no quedó muy satisfecho y que se publicarían póstumamente en 1944. En una ocasión, casualidad o azar, asistió Julio a una conferencia de Borges sobre literatura contemporánea y, sin saber que él estaba entre los presentes, Borges lo nombró como de uno los grandes escritores contemporáneos; agregando, eso sí, que desgraciadamente, nunca podrían tener una relación amistosa porque Cortázar era comunista. Relataba el propio Borges como se conocieron por primera vez; fue a finales de la década del cuarenta, cuando Borges era director de la revista Los Anales de Buenos Aires, bromeaba con su humor habitual que una vez lo visitó un joven de elevada estatura y cara aniñada que, con timidez, le dejó un cuento para que considerara la posibilidad de publicarlo. Borges le propuso que regresara en un par de semanas, pero el autor ansioso y sin poder contenerse, acudió unos días antes. Borges le dijo entonces que tenía dos noticias para darle y que las dos eran buenas: la primera que el cuento le había gustado y sería publicado; y la segunda que iba a ser ilustrado por su hermana Norah (que lo ilustraría con dos dibujos a lápiz). Se trataba de “Casa tomada”, uno de sus más enigmáticos y memorables relatos, que luego encabezaría el volumen de Bestiario, el primer libro de cuentos publicados suyos que vería la luz en 1951 por editorial Sudamericana. La anécdota confirma la agudeza del Borges lector para descubrir en un texto la calidad literaria de otros escritores. Nuestro autor tuvo la alegría y el privilegio de leer por primera vez en letras de molde un cuento suyo, el primero publicado, cuyo argumento es la ocupación gradual de una gran casona habitada por dos hermanos que son misteriosamente expulsados por una invisible presencia. Este relato, que sintetiza una de las formas de aproximarse a lo fantástico de Cortázar, que se ha venido a llamar neofantástico (más cerca de lo raro que de lo espeluznante, por acudir a la reveladora nomenclatura de Mark Fisher), donde hay una fisura en lo que vemos o conocemos que acaba desestabilizando todo el campo de la realidad. Corriente que ha seguido magistralmente Samanta Schweblin, comenzando esta autora sus cuentos muchas veces cuando la desestabilización de la realidad ya se ha producido. Interpretaciones de este relato ha habido muchas; una de ellas es que Irene y su hermano representan a Adán y Eva, expulsados por alguna culpa del paraíso. También se ha mencionado desde el psicoanálisis, el vínculo profundamente incestuoso de los hermanos, y la culpa asociada que se saldaría en la salida final de la casa que representaría el útero materno. Más interesante quizás es la hipótesis Sebreli, de profundo calado político que podría resumirse en que la casa representa el país (Argentina) y las fuerzas que toman la casa serían las clases populares peronistas, que expulsan a las clases rentistas y aristocráticas, que funcionan como castas endogámicas, decadentes e impotentes frente a esta irrupción popular. Cortázar rechazó en múltiples ocasiones esta interpretación política pero sí aceptó la interpretación simbólica acerca de que Irene tejiendo representaría a Penélope esperando a Ulises, aunque él aclaró que esta no fue su intención original. Julio desveló en alguna entrevista que el cuento venía tomado de una pesadilla,

el pulso de la vida: «Sofoco» de LAURA ORTÍZ GÓMEZ

El libro de relatos de LAURA ORTIZ GÓMEZ dejará en los lectores y lectoras una huella perdurable, una gran alegría por su intensidad narrativa, la importancia de lo que se manifiesta y la belleza y musicalidad con la que está escrito La elección del título, Sofoco, le vino sugerido por una amiga suya, buscando una palabra que “hablara del placer sexual, de la asfixia de vivir en un país en conflicto y del calor de ciertos territorios.” Este libro que pedí para navidad, uno de esos regalos que uno se hace, me vino recomendado por Federico Baraya, profundo amante y militante del mundo del relato breve en Colombia. Comenzando a leer el libro la palabra que primero me vino a la cabeza fue buena escritura Por buena escritura no me refiero, a esa entidad tan ilusoria llamada “calidad literaria”, concepto que siempre me pareció demasiado utilitario y mercantilista.  Me refiero a una escritura justa y propiciatoria justa: una escritura que guarda un delicado equilibrio entre las escrituras impetuosas, escrituras río, lispectorianas por así decir, pero donde tampoco hay un exceso de contención en como fluye la palabra. Una escritura sin defensas, que discurre tranquila, río con represas, respetando silencios, diciendo lo que debe decir, pero al ritmo de la vida, sin agredir al lector ni minimizar la importancia y gravedad de lo que se expone Justo no es lo mismo que exacto, que se emparenta para mí con la perfección borgiana que es siempre un poco expulsiva con el lector o lectora ya que estos no pueden ya agregar nada de su parte. Exacto o excesivamente perfecto tendría que ver con erradicación del deseo por no quedar puntos de fuga en el texto posibles Justo tiene que ver con la elipsis, con no arrojar los relatos a su extremo más horrible e inquietante, con respetar la capacidad de sugerencia, de elipsis. Bello juego de luces y sombras; respeto a fin de cuentas a lo indecible propiciatoria: que reconstruye imaginarios comunes y posibles, que nombra las cuestiones importantes de un país, una época y unos sujetos concretos, y que abre caminos en lugar de cerrarlos. De hecho, Laura Ortiz tiene un libro titulado Abrecaminos, ya que participó en la Comisión de la Verdad en Colombia Una escritura, la de LAURA ORTÍZ de fuerte musicalidad, pentagramada y aireada. Escritura casa; lugar de alojamiento subjetivo, donde uno está a gusto y puede quedarse, morar. En ese río tranquilo que es su escritura, hay algunos remanentes o pequeños permisos, o como yo prefiero nombrarlas: marcas subjetivas, donde aludo al lugar por donde se filtra el inconsciente y el deseo. Sería aquello “desviado”, que se aleja de la norma literaria (¡como si hubiera un español standard!), y que hace insustituible y profundamente singular a una autora: Una de estas marcas o impronta es el uso muy particular de la repetición que ofrece énfasis y ritmo, con múltiples variantes a lo largo del texto. También es reseñable la recreación del habla de las gentes, fruto de la memoria afectiva en su experiencia y viaje como promotora de lectura y escritura en zonas rurales de Colombia, que no es lo mismo evidentemente que ir a ponerles un micrófono a los campesinos, como dijo una vez Juan Rulfo. También encontramos pequeñas alteraciones gramaticales, que sacan a la gran lengua de su letargo, dotando el texto de credibilidad y vitalidad, impulsando el texto con una gran fuerza narrativa Las breves o largas enumeraciones sensoriales y otros detalles que funcionan como un coro musical perfectamente sincronizado, dentro de ese espacio de impunidad e imaginación que para Laura es la escritura Me gustaron también mucho las modelizaciones del narrador, su subjetivación (no solo expresar el qué sino el cómo) y como están construidas las personas, que aquí me parece que son mucho más que personajes. Cada historia, cada vida de este hermoso libro de relatos esta dicha con la máxima dignidad. Una solemnidad inquietante, cuya intensidad dramática aumenta a medida que avanza el libro; que quita el aliento y hace caer alguna lágrima, y esto pese a que el horror sea siempre más entrevisto que explicitado (otro de los logros y donde radica la potencia de su apuesta política) Porque en el paisaje viven los personajes pero en los territorios viven las personas. Y esta diferencia entre paisaje vs territorio, es fundamental para aproximarnos a su escritura. También la maestría, siempre arriesgada, para narrar lo sexual, siempre entre lo cándido y simple y lo dicho sin tapujos, que ofrece una sensación de ternura inexplicable, pero nunca la imagen de condescendencia a las personas de las que habla Cuentos favoritos hay muchos, la mayoría, porque nada falta ni sobra en este libro: “Aitá la muerte” (la colisión poética de dos mundos heterogéneos pero extrañamente vinculados), “Tigre americano: panthera onca” (la historia conmovedor de un niñe y su mamá, donde la violencia que sufre el país desborda amenazando pero siempre prevaleciendo la vida como expresa su amigo y también escritor Giuseppe Caputo), “La cajita de Avón” (una historia de lucha por la dignidad con toques de humor y homenaje imprevisto a un autor muy querido por mí), “Un toro bien bonito” (aquí empieza a ser difícil no llorar, con una austeridad rebosante de belleza) y “Parto de vaca” (faltan las palabras) Finales dispuestos a interpretarse, siempre a recomenzar, como la propia vida. Este libro lo hemos leído extensamente, algunos días a la letra –párrafo a párrafo, frase a frase para ver cómo está construido el texto–  en el taller de escritura de espacio LATE en Madrid y pronto lo leeremos en el club de lectura «La hora del vermut» Todos y todas estuvimos de acuerdo en la emoción que despierta, en lo bien que está escrito, en su intensidad y ritmo narrativo. De hecho, nos ha sido un poco difícil pasar página y avanzar hacia otros textos. Por suerte, hay otros textos de Laura Ortiz publicados en Barrett: Diario de aterrizaje; su regreso de Colombia a Argentina para observar lo que quedó,

la búsqueda de la libertad y la escritura: SILVINA OCAMPO

  el deseo oculto y la parte ignorada del mito Marcelino, vecino de las Flores y trabajador de los campos, que estuvo en contacto estrecho con el matrimonio Bioy Casares y Silvina Ocampo (Los Bioy), evoca muchos detalles de él, pero de ella, apenas se acuerda. Dice: “a ella le gustaba caminar. Yo me la encontraba caminando por la ruta, me asomaba y la veía. A veces desde el monte. Siempre por el costado de la ruta.” Aquí tenemos un primer problema para acercarnos a su vida y escritura: la autora está en fuga, entre neblinas, sin quererse dejar ser apresada. Prófuga de las fotografías, evasora de las entrevistas salvo que estuvieran previamente pactadas y no se usara grabadora. Tampoco daba conferencias ni escribía ensayos teóricos. Ella nunca está donde parece estar o donde se la esperaba que estaba. Siempre un poco nube, en búsqueda de algún cielo que la amparase. No tenía intención de ser una buena hija, ni la hermana perfecta, ni la esposa ideal, ni una amiga excelente ni una aristócrata convencional, ni una mujer feminista más allá de su deseo de independencia, ni portadora de una feminidad esencial estereotípica, ni mucho menos ajustarse a algún tipo de norma literaria. Ni torres de marfil ni techos de cristal: su deseo parece que solo radicaba en ser libre a través de la escritura y la sexualidad, y quizás, que la dejasen en paz, que podría ser considerado también una ignorada pero bella forma de amor. Cuenta el mito, el más común de los lugares comunes, según relata Mariana Enríquez en su libro en forma de retrato La hermana menor (Anagrama, 2018) que Silvina Ocampo estuvo opacada y empequeñecida por varias personas muy cercanas, que llegaron a ser muy importantes en su época, pero esto es solo una verdad a medias, que podría ser la peor de las mentiras. Estas personas fueron fundamentalmente: por un lado, su hermana Victoria, la hermana mayor, que obtendría un gran reconocimiento por su escritura y que acabaría fundando y dirigiendo la revista Sur a partir de enero de 1931 hasta aproximadamente 1970 (se editó hasta 1992) y que fue la publicación periódica literaria más importante de Hispanoamérica, testigo de muchos de los grandes acontecimientos del siglo pasado. Victoria fue una mujer de sumo relieve en la primera mitad del siglo XX en Argentina, solo por detrás de Eva Perón, que para Mariana Enríquez era su espejo invertido. Ella contribuyó a la fama de Borges, fue la primera mujer en utilizar el automóvil en Argentina (el coche y la velocidad fueron símbolos fundamentales para la escritora bonaerense, que hacía de contrapunto al posible estancamiento) y fue la única persona argentina, debido a su compromiso antifascista, que asistió a los juicios de Núremberg. Rompió además con la fundación de Sur la hegemonía masculina en las empresas culturales. Y los peores contendientes literarios que uno puede tener en el camino, elefantiásicos y con riesgo de fagocitarla: Borges, el que sería su amigo, aunque con diversas tensiones difíciles de asimilar a lo largo de los años, que le presentaría a Bioy, del que se enamoró como un flechazo y acabaría siendo su marido. Pero ese mito esconde otra realidad como expresa Mariana Enríquez: ella buscaba ese segundo plano, alejarse del posible escrutinio de sus conocidos, disfrutar de la excepcionalidad de ser el etcétera de la familia como ella decía divertida, y de esa forma, oculta del mundo, dar cauce a sus pasiones secretas: escribir, soñar y amar, que parecen ser vertientes de un mismo río para esta excepcional narradora. No era exactamente desaparecer o volverse invisible, sino la idea de que el deseo solo es posible si es algo oculto. Como si la luz afectara de forma irremediable a lo que más amamos. Era sabido que para verla tenías que ir a su casa, donde podías vivir una experiencia increíble pero también algunas frustraciones inesperadas como recibir comida deliberadamente mal cocinada o café churrascado. Eso daría pie al género de la anécdota Silvina, un género muy practicado en la época. Porque no es que tuviera un cuarto propio – que según Virginia Wolf era necesario para todas las mujeres que escriben –, si un mundo casi entero a su disposición: casonas despobladas suntuosas pero en ruinas, iglesia de Las flores donde se casó, desproporcionadamente grande para los invitados que aquel día asistieron, villas de campo el matrimonio pasaron largas temporadas antes de regresar a Buenos Aires, tierras por las que se perdían en sus paseos, amplias estancias para viajes reales o fantaseados… y me pregunto: ¿dónde estaba ella en cada uno de esos momentos? ¿disfrutaba esos pequeños placeres cotidianos, o soñaba con una vida mejor, un porvenir siempre demorado, que nunca acabaría por llegar?   pintura, poesía, narrativa y libertad Silvina rememora y expresa: Comencé dibujando. Dibujaba lo que no podía escribir, escribía lo que no podía dibujar. […] Yo casi toda mi vida la dediqué a la pintura y al dibujo, mi primera infancia, mi adolescencia. Escribí mucho tiempo sin que se enteraran de que yo escribía, algo totalmente informal, libre, ni verso ni prosa, me parecía que no era apto para ser leído o mostrado, hasta que un día empecé a leérselo a alguien. Cuando me di cuenta que conmovía me lancé a una especie de dedicación; en lugar de ponerme a dibujar, me ponía a escribir, por no había un lenguaje para eso, escribía en inglés, en francés o en español. En este idioma las frases me salían incorrectas y tenía que darles vueltas porque mis lectoras fueron primero inglesas y francesas. Me costó mucho escribir en español, siempre la formación de las frases era en mi incorrecta” Escritura clandestina sin un lenguaje convencional al que recurrir. Escritura audaz: patria extranjera. No había un lenguaje para eso; si su deseo de niña era pintar retratos a conocidos y familiares, a partir de una determinada edad su ímpetu sería llevar la fuerza de la pintura a la escritura. Relatos corporalizados y de gran vértigo

ser reflejo de la luz

A través del microscopio el mundo se volvería extraño; la infancia sería una pequeña piedra que cayó de la luna alguien atravesaría sin dudarlo los émbolos del silencio para saber si hay sonido entre grietas y raíces. Otro, querría acariciar muy despacio estambres de plata, filamentos de polen, finísimas patas de mariquitas o libélulas. A través del microscopio se amplificarían los actos crueles pero también los gestos de ternura. ¿Sería eso necesario? ¿Acaso soportable? Podríamos ver latir el universo en un milímetro de musgo y átomos orbitar furiosos a través del liquen del granito. Observaríamos también la geometría del agua fractal como la nieve, a la espora darse abierta y generosa como la espuma. ¿Lo vulnerable es sinónimo de lo minúsculo? ¿o es al contrario? ¿Es la biología la genealogía de cualquier acto de amor? Sabríamos por las lentes aumentadas que no son sólo son los insectos los que hacen crecer fuerte el sotobosque. ¿Quién nos dará el oxígeno que respirar mañana? La arcilla se está nutriendo de ínfimos derrames minerales, de lágrimas vivas. Noche sin goznes ni barreras en esta explosión de planetas subterráneos. Silencio. Un óvulo y un espermatozoide están poniendo en suspenso temporalmente la entropía. ¿Cómo crece un ojo, unas pequeñas manos, de la unión de dos sencillas células? La pandemia hizo algo al tiempo, aceleró las respuestas cuando todavía no había preguntas. Es mucho más necesario, en este momento, abrazar el riesgo que reparar relojes. ¿Adoptaremos duras azadas para romper bolígrafos? Hay que juntar ambos, hay que escribir una nueva historia en el lienzo de la tierra. Es momento de actuar. Pasado y futuro forman una misma sustancia. Urge ser reflejo de la luz Urge su viaje y su destino. Multiplicad dones y semillas, proteged el agua, llevad versos y leche pulmonar para los rebaños y las mieses… Huid, niños y niñas, de la perfección de las esferas.       *** poema inédito de Joaquín García, titulado “Es momento de actuar”, de su próximo libro Intentar la luz que se publicará en editorial Adarve en 2026. Dedicado a la poeta galega Olga Novo Imagen destacada: carátulas de portada del álbum Renacido (2023) del artista colombiano Lucas Hill https://lucashill.bandcamp.com/album/lucas-hill

las razones de la nieve

Lo que yo busco no se halla en los bazares del mundo. Busco los micelios de la nieve, este deslizarse indeciso de los dedos en el sustrato negro, un país habitable y sin mirada. Quiero abandonar la inmovilidad de los muertos vivientes y aceptar esta causa, este estado de gracia, que hiende misteriosamente mis sentidos. No es lo mismo estar obnubilado que estar ciego. Únicamente te pido, amigo, poder compartir contigo esta luz que habita en los márgenes. Te prometo que es fértil la vereda de la amistad. ¿Qué relato se escucha en el extremo de la ignorancia? Prefiero la inocencia del fruto que late en la tierra, que la mirada omnividente. Desde luego, no es fácil liberarse. Existen también prisiones interiores, ataduras invisibles. No quiero hacer un interrogatorio a la verdad—esa crueldad desatada—sino la dulce amabilidad desprendida de tus manos. La verdad, no puede ser a toda costa. Lo que tengas que decirme, te escucho. Y eso basta. No necesito honores ni medallas, solo deseo nadar en un río lleno de peces y silencio. Ser el perro que hace surf sonriente sobre la ola. Obtener algo del oxígeno del aire, sentir la frescura del agua. Voy a arrojar esta tarde huesos de misericordia para que se sacien los lobos y liberar de trampas y veneno a los pájaros. ¿Les bastará a los patos con estas migajas de entusiasmo? Somos el epílogo de un texto olvidado, la noche antes de la noche, una quietud apenas conmovida por el lento avanzar de las tortugas. No hay aquí más motivos que un lento despertarse a la vida mientras nos vamos desprendiendo de los viejos significados. Ni siquiera la turgencia de la nieve es un sacramento. Y sin embargo, compañero, existen los milagros. Los tréboles de lluvia, la compasión desgajada de los labios, la alegría de bailar, no tienen causa. Quiero saber si hay otro germen posible para unir esta comunidad que no sea la palabra. No una genealogía estéril labrada a golpe de pulsión ni esta prisión de sentido que solo conduce a los sanatorios psiquiátricos. No la muerte, no la muerte. ¿Qué crece más allá de la corrupción de las ciudades y el sometimiento tecnológico? Luz eres, amigo; imposible saber su causa *** Poema inédito de Joaquín García, titulado “Razones de la nieve”, de su próximo libro Intentar la luz que se publicará en editorial Adarve en 2026. Dedicado a su amigo Jorge Imagen destacada: Arte por CATHERINE HYDE, “Rook: against the sylver sky” (izquierda) & “Land: Silbury hill” (derecha) La hora del vermut mayo, 2026

una pasión que perdura, escribir según RAY BRADBURY

Hay autores que escriben con un ojo en el mercado y con una oreja pegada a cuanto está de moda, que escriben libros sin alma, para cumplir tan solo los designios de enriquecimiento que propugna el mercado. Frente a estos, los hay que disciernen con clarividencia los problemas para alcanzar el por-venir, que vaticinan cuáles son los caminos posibles, que conocen los temas que les preocupan y obsesionan, aquellos incendios o fuegos diminutos de los que luego hablarán con pasión, en mareas de palabras que arrastran con ellos a los lectores. Resultad difícil escapar a la resaca cuando el oleaje emerge del fondo de uno mismo, con la fuerza de la sinceridad y las aguas transportan el amor, la furia y el miedo que asolan las entrañas de quien escribe. Ese ímpetu arrastra, voltea, hunde e inunda a los hombres y mujeres que se asoman, en busca de emociones o preguntas, a las playas de los escribientes verdaderos. Allí siempre encontramos una bandera naranja señalando el peligro de inmersión en las altas mareas de la vida. La vida, ya se sabe, es hermosa y llena de peligros, o dicho con palabras de nuestro querido escritor: Me arrojo al vacío y, a lo largo del descenso, me construyo mis alas. Nadie escapa de un libro si te empuja, con tal vigor a la arena submarina, donde lidia con el dolor, los miedos y el sufrimiento de la existencia. Pocos son los escritores que se llenan las manos de barro y sudor hasta ese punto, que levantan polvo a cientos de kilómetros bajo el nivel del mar. Los hubo, sí. Conocemos sus nombres, los sabrán las próximas generaciones; en Estados unidos hubo un tal Walt Whitman, tan vasto y munífico como el propio continente americano, Lucia Berlin que nos siguen conmoviendo décadas después con sus historias de vidas desarraigadas, o Emily Dickinson, aquella otra, que vivió por los amores florales y las palabras nacientes reflejados en poemas que escribía como cartas desde su reclusión en Amherst, Massachusetts. Se les reconoce porque sabían divertirse trabajando /el paso nunca asegurado del jugar (infancia) al trabajar (adultez). Y porque eran entusiastas, una palabra también poco de moda, en este tiempo de anomia e indiferencia. Gracias a sus escritos, los de Bradbury -organismos vivos nunca acabados que él mismo reeditó durante toda su vida- quienes leemos salimos algo más seguros en el mundo, más fuertes, más preparados para sobrevivir bajo la luz del sol y las estrellas, y con alguna brújula para navegar los impasses de esta época incierta. El escritor estadounidense tuvo una contagiosa vitalidad intelectual, como la nombran Ariadna García y Ruth Guajardo; nació en Waukegan, una ciudad hoy en día de tamaño medio del condado de Illinois, cerca del lago Michigan, que cuando nació el joven Bradbury en 1920 no alcanzaba en el censo los 20.000 habitantes. La cercanía a este lago tan particular no sería irrelevante ya que aparece en varios de sus relatos, en textos impregnados de un fondo de romanticismo y nostalgia Bradbury conoció pronto lo que era la muerte, y eso marcó su escritura como ha sido señalado por distintos estudiosos de su obra: su hermano Sam, uno de los dos gemelos murió a la edad de dos años, y su hermana Isabel, y su abuelo también murieron siendo él muy pequeño. Un dato genealógico, quizás no menor, es que era descendiente lejano de Mary Bradbury, célebre en Estados unidos por haber sido acusada y condenada a muerte por brujería en los ominosos Juicios de Salem (1692-1693), pero ella, no se sabe muy bien cómo y con ayuda de quién, logró escapar a tiempo Me pregunto si fue algo así también la vida de Bradbury; siempre huyendo de la muerte y la tristeza en búsqueda de las palabras de la vida, final que no le alcanzaría hasta muy anciano, ya consagrado como uno de los escritores más inolvidables y populares del país que le vio nacer. De joven, con diez años, tras observar las actuaciones del mago Blackstone (que también tenía un comic llamado “Blackstone, el Mago Detective”), momentos donde su tía le regaló un conejo vivo y ella despertaba en él sus primeras ilusiones, pero al poco tiempo decidió que quería ser escritor, como si hubiera descubierto que también se puede ser un mago con las palabras. Su tía Neva, la que siempre citaba, fue también quien le leyó los primeros cuentos de hadas y los relatos de Edgard Allan Poe cuando tenía apenas 7 años. Otras influencias de esa época o algo posteriores fueron H.G. Wells y Julio Verne. Bradbury, cumplió en gran medida el sueño americano, formándose y escribiendo de forma autodidacta con máquinas de escribir que alquilaba en las bibliotecas en las ciudades a las que su padre y su madre se mudaban, poniéndose retos rigurosos de escritura. Todo hecho con una gran pasión y humildad. Es muy difícil saber a ciencia cierta cuantos relatos escribió durante su vida -muchas personas andan a la búsqueda de alguno de sus relatos sin saber si se llegó a publicar o en qué libro se encuentra exactamente- según algunas fuentes trescientos, según otras hasta seiscientos o incluso más, de los que habría varias versiones, al menos dos, lo que arrojaría la descomunal cifra más de mil relatos, lo que nos hace acordarnos de otro titán del género breve: Anton Chejov. También escribió decenas de novelas y adaptaciones a la televisión. Su posición ética y política es difícil de resumir; ya que no era un muy optimista en relación a lo tecnológico, era humanista, pero desde cierto escepticismo lúcido, y estuvo en algún momento próximo al conservadurismo de Bush. Lo que es claro es que no era un ingenuo y que sabía pensar en profundidad. No era desde luego un marxista que consideraba que la historia en su sentido inmanente iría necesariamente hacia un horizonte más luminoso como pensaban los revolucionarios bolcheviques, tampoco, un humanista que considera que el hombre es bueno inherentemente o que la historia sigue

Ánimo de mi cuerpo: PAULA STILSTEIN

  Este despertar literario, ciertamente conmovedor -con gran fuerza lispectoriana y emitido casi como invocación desde la espesura del bosque innombrable- de PAULA STILSTEIN desborda las fronteras canónicas y formales de los géneros literarios, ya que, aunque es una novela también puede leerse como un ramillete de relatos enlazados o prosas poéticas que van armando progresivamente un conjunto mayor. El texto o grupo de textos a medida que avanzamos las páginas trabaja por ampliación de las historias narradas, pero también, y eso no es menos importante, como suplemento sustractivo; ya lo no dicho en cada pequeño relato deja una huella, como resto fecundo, que es continuada en los siguientes relatos, que nunca son innominados La vida, como sabemos, no es sintetizable en argumentos y desconoce los géneros inventados por los grandes exégetas: este conjunto de textos son un artefacto epistemológico de gran alcance vital, que surge del centro de la vida y difracta en múltiples direcciones para impactar en otras vidas. Como texto no resumible –deleuziano (la locura indefinible de la vida), derridiano (lo no leído en los márgenes del texto), barthesiano (con núcleos dramáticos, pero desde distintos punctums) y en diálogo con los principios de incertidumbre de Heisenberg- importa tanto lo que se dice como lo que queda por decir. Sumamente injusto sería zanjar como sinopsis –un invento realmente necrológico- que cuenta solo la historia de un grupo de personas con algún deseo de portar y ofrecer vida. Es eso, pero también es otra cosa Nada más real e inapresable que el propio latido vital, con sus restos fecundos e indecibles donde supongo que ya no aporta nada añadir: ¿óvulos? Ya que estos son solo algunos los minúsculos y preciosos fragmentos palpitantes, lixiviados de toda una cadena generacional, capaces de fecundar los cuerpos y las tierras, alimentar a los bueyes o -en un milagro cierto- ver  nacer a los niñxs (es conmovedor y poético leer como está escrito lo que supone para una madre un hijo) Además: los óvulos del libro son también las palabras: otra forma de donar y propiciar la vida. Una de las preguntas es: ¿vivificar la literatura o escribir la vida? Me ha llamado mucho la atención el uso tan extenso y sumamente particular de los dos puntos -que actúa en mi consideración- no por cópula y añadido, que representaría en cierta medida la coma (otro de los decires del deseo), sino por disyunción lógica Cada persona, parece que mujeres en general sin caer en binarismos esencialistas -personas vivas más que personajes literarios- cuando habla está marcado por dos puntos. Cada sujeto y cuerpo viviente porta una palabra, que está a su vez dentro y fuera de su cuerpo. Eso que expresa, entre balbuceos o con suma convicción, es su palabra, pero a su vez representa algo más que su palabra Ningún atisbo -durante toda la travesía que nos propone la escritora llegada desde Argentina que además canta y baila danza contemporánea- de acumulación de palabrería o cháchara insustancial; apenas un vértigo de los confines literarios donde las vidas están juego, y por tanto las escrituras en tránsito: en-deriva-y-trans-formación per-manente Lo que ofrece como resultado, un libro publicado no muy extenso -porque la vida no tiene tamaños-, pero sí contundente, lleno de atisbos y abrazos de solidaridad, ternura y esperanza. Cada pequeña frase -acotada y discreta-marcada en el texto con los dos puntos es: una carta sin destinatario final un pájaro agarrando los vestigios navegando por los vórtices de la existencia abejas que polinizan como juego serio las flores entre viajes, fatigas y descanso Siento que si los diálogos son tan breves y -no se indica con las rayas separadoras que suelen hacer de epígrafe habitualmente- es porque cada frase es una “oración”: dicha con la urgencia que podría hacer de sostén a otrxs, también los que están por venir. Este es un libro que da cuenta de la lucha, nunca garantizada, en estos tiempos de violencia y vulnerabilidad, del por-venir Esto que digo no es un resumen: es solo una brújula y cartografía de lo posible Esta asamblea de personas, sin mayor litigio que luchar por lo que más aman, tienen nombre aunque no esté siempre del todo explicitado. Ya que nunca hay, como sabemos, un deseo que sea totalmente anónimo, sin algún soporte de la historia familiar y la genealogía que las alumbró, ni tampoco un deseo y una voluntad que no se encarne en cuerpos particulares Cuerpos sufrientes. Cuerpos gozosos. Cuerpos, quizás apenados, quizás desbordados, con dolor, pero siempre con sueños y anhelos, que no bajan los brazos ni dan la batalla por perdida de antemano Comunidades que juntxs se animan y soportan Grupo de amigxs, desde la trinchera del contra-poder de no tener más relato que la historia particular y grupal Tejedoras y danzantes de palabras Poco importa, si en el final del libro, tras el intento de fijación textual, porque el texto sigue, como nube o pájaro Poco importa, si el sueño particular de cada una de las protagonistas se alcanza en todos los casos o si la realidad impone sus derrotas por “inexplicables circunstancias”, porque a mí sentir subjetivo como lector, acaba prevaleciendo la vida porque del texto y de su lectura queda un latido emocionado, una fuerza y un profundo impulso flotando en el aire, que llevada por los ríos y los pájaros está preparado ya para viajar hacia otra parte       *** Texto escrito con emoción por Joaquín García Quiero dar las gracias como mucho cariño a Paula Stilstein por haber escrito este texto hermoso La hora del vermut abril, 2026

acompañar el comienzo de la vida

Había una vez un grupo de personas que se dedicaban a acompañar el comienzo de la vida. Las llaman educadoras infantiles.  Para llevar a cabo esta labor, necesitaron formarse mucho en diferentes aspectos, ya que es algo que no puede hacer cualquiera. Pasaron años estudiando ciclos formativos de educación infantil, carreras universitarias de maestras, másteres específicos, cursos de diferentes pedagogías, idiomas… Ellas tenían que ser lo suficientemente buenas en su trabajo, pues sabían que tenían entre sus manos una gran responsabilidad.  Pasaron los años y después de invertir su tiempo, esfuerzo y dinero en formarse salieron a la sociedad para poner en práctica todo lo recibido.  Caminaron con su maleta llena de conocimientos y una gran ilusión dispuestas a repartir todo lo aprendido por las escuelas de Madrid, pero en esta búsqueda se llevaron una gran sorpresa, se toparon con la realidad. Se encontraron solas, con aulas llenas de niños y niñas que no podían, ya no educar, ni siquiera acompañar. Condiciones precarias que nada tenían que ver con lo que les habían contado en su formación. De ninguna manera podían poner en práctica todo lo aprendido. Aun así, ellas seguían intentándolo cada día, pero volvían a sus casas pensando en todo lo que les habían faltado por hacer y en todos los niños que no habían podido ni mirar a los ojos ese día. Estaban tristes, frustradas e indignadas. Sabían que no podían seguir así, tapando y sosteniendo un sistema que no funciona. Sabían que su precariedad laboral influía directamente en el bienestar de sus alumnas ya que los cuidados y las relaciones a estas edades tempranas determinaban la salud mental de los niños a un futuro. Sabían que estaban sufriendo maltrato institucional y tanto ellas como la infancia y sus familias merecían un trato digno y merecedor de unas condiciones diferentes para acompañar lo más valioso de la sociedad. Poco a poco se iban desgastando, sus cuerpos iban enfermando y su salud mental estaba en peligro.  Así que un día dijeron ¡basta! Se organizaron y salieron a pedir y gritar a las instituciones el cambio que tanto merecían. Inundaron las calles y las plazas de amarillo. Las podrás ver en muchas partes, si te encuentras con ellas apóyalas y acompáñalas porque, sin ellas, los cuidados no funcionan.  Dicen que no volverán a las aulas hasta haberlo conseguido. Y colorín colorado este cuento NO ha acabado…      *** ALMUDENA DEL OLMO es madre y educadora infantil en la etapa de 0-3 años Damos las gracias con mucho cariño a la autora por habernos remitido este texto tan lleno de fuerza, valentía y vitalidad Collague en imagen destacada: Lucy Fleming, ilustradora (izquierda arriba) https://www.lucyflemingillustrations.com &  Fiona Woodcock, ilustradora (centro arriba) https://www.fionawoodcock.com La hora del vermut abril, 2026

dos cuadros de la artista Catherine Hyde

he tenido un sueño

  SOÑÉ QUE ÍBAMOS a mi refugio secreto y quemaba frente a ti la vieja máquina de las canciones ¿la radio compartida con mi hermano? ¿mi bicicleta amarilla? gritando que así la vida volvería a ser justa Sollozaba y tú me calmabas como madre abnegada o novia primeriza. Luego me dabas la mano y sin decir nada                          salíamos afuera   LLEGÁBAMOS al bosque a encontrar lo que no se sabe ¿racimos de lluvia?             ¿el origen del agua? Yo insistía durante el camino preguntando quien podría devolver a la realidad sus imágenes Tú me señalabas muy cerca de tu corazón árboles que pueden decir su historia sin necesidad de expertos ni la rigidez de la gramática Árboles capaces                      de dar frutos con nombre verdadero                     ***   dos poemas de El deseo es un pájaro sin nombre (Ed. Adarve, 2023) Joaquín García Imagen destacada: dos obras de Catherine Hyde, «Blackbird along the garden wall» (izquierda) & “Blackbird: midsummer nights eve” (derecha)  Se consiguen sus obras en: https://catherinehyde.co.uk/ La hora del vermut, abril de 2026

diálogo en la calle con la melancolía

— ¿QUÉ DICES todavía tú, melancolía?   —  ¡Vayamos a nuestro refugio donde el mundo desaparece y un Sol negro de antigua belleza nos condensa.   —  Esta vez no, le respondí.   —  Regresemos a la infancia, donde tú y yo bajo las sábanas celebrábamos nuestras fiestas tristes.   —  Melancolía, tengo prisa.   —  ¿A dónde vas?   —  A la vida.   *** poema con epígrafe inicial dialogo en la calle con la melancolía, por Joaquín García, del libro El deseo es un pájaro sin nombre (Ed. Adarve, 2023) La hora del vermut, abril de 2026  

estar a la altura de la herida

  EL HIJO al nacer porta mucho del padre y el padre espera grandes cosas del hijo. Son dos espejos mutuamente orientados, que si no se desacoplan pueden acabar cegando. Entre ajuste y ajuste: la ira y la esperanza. Cuando llegaron los peligros del crecimiento y el mundo comenzó a empujar con fuerza centrífuga, mi padre asumió que no sería a su imagen y semejanza y yo, que para esta travesía, su palabra y su amor no bastan. Vivir es estar a la altura de la herida. Quien quiera entrar en Ítaca             tendrá que dejar afuera los espejos.                  ***   TU CUERPO se volvió rezo en la noche de la ausencia. Fulgor de la angustia, de tu viaje de lo visible                                 a lo invisible y un abrazo desconsolado a un ataúd inerte comprendí: ningún hijo puede con su cuerpo devolver la vida a su padre. No era aún el tiempo del milagro; la noche es el momento de la palpitación y la inminencia donde el silencio es fecundado por una colección de lágrimas y recuerdos tiernos de la infancia.                         ***   PADRE, te fuiste sin darme una palabra que necesitaba: ¿Cómo elegir lo que no se elige? ¿Qué palabras para para la larga travesía del mar? Tu tierra natal, tu mar, tu mar eterno. Tus amigos fieles, la vida sencilla que tanto amabas, la caricia de un cabello en un verano que nunca terminaba. El milagro sería finalmente a la inversa, el signo-losa entraría en la mecánica fluida del significante y la vieja lápida del cementerio se llenaría de flores y palabras. Cuando salimos, había llegado                                             ya la primavera.   Poemas a mi padre, por Joaquín García, del libro El deseo es un pájaro sin nombre (Ed. Adarve, 2023) La hora del vermut, abril de 2026

collague con carátula de la película "Vía Láctea" del director Emir Kusturica

por los caminos de la vía láctea

  PIDO por una opresión que sea de mentira, pistolas de fogueo apuntando a pájaros atraídos por la luz, señoras subidas a campanarios, gatos humoristas brincando entre mantas y chimeneas, por espacios blandos y habitables y no en un libro de Orwell de ventanas clausuradas. ¿Quién no quiere huir hasta el paraíso si es de la mano de Mónica Bellucci? ¿Qué hay tras el túnel recorrieron las mariposas? ¿Qué precio para el amor que es contra todos y contra nadie? Suena a lo lejos música celeste para el final hace mucho tiempo imaginado. De los exiliados del lenguaje nadie persigue a los que murieron ni a los que no tienen miedo. Veo árboles, violines llorando de alegría, relojes catapultando perros y ratones, iglesias ocupadas por el pueblo y muertos que se levantan intactos de sus ataúdes. Pasteles bosnios para celebrar el comienzo de ninguna guerra y muy altas en el cielo, surcando la Vía Láctea, diminutas guirnaldas amarillas. Quiero, amor, que nuestra vida sea como una película de Kusturica.   Poema que se inspira en la película Vía láctea de Emir Kusturica. Pertenece al libro El deseo es un pájaro sin nombre (Ed. Adarve, 2023) escrito por Joaquín García. La hora del vermut, abril de 2026

la llamada del porvenir

  Hemos acudido a la llamada del porvenir pero en la caverna platónica no había nadie y los que quedaban, no deseaban ser liberados. Salgamos de las pantallas que nos alienan y conjeturemos de nuevo sobre la ilusión aunque seamos pocos, otros se sumarán más tarde tendremos que hacerlo solo con palabras con la lengua olvidada de nuestros ancestros con todo aquello que perdimos porque aún crece en la aurora la esperanza como pájaro alzado al viento y fruto indeciso del lenguaje. El punto nunca final, río que alimentamos con nuestros propios cuerpos, se convierte en coma, con todo lo ínfimo-extraordinario que podría poblar de nuevo el mundo. Hemos de fecundar con jirones de música el cielo, hacer de él un collage surrealista. Esa es nuestra misión. Es la dignidad de enumerar —quizás los que escribimos hagamos solo eso— pero sin escalas ni jerarquías porque la poeta mira con el mismo amor a las lombrices y a los cometas   ***   De la grieta placentera de la madre surgió la dimensión telúrica del cielo; un fluir tenue entre el reflejo tibio y su muerte. Veo crecer simbolitos de ternura para abrevar animalillos de agua. Los polluelos quieren caminar ya fuera del cascarón —lo comprendo— pero ¿qué hacemos con lo masculino y lo femenino, con todas nuestras ilustres categorías del discurso? Parece que nuestra última carta no llegó a destinatario. Algo del amor también ha de perderse. En el horizonte, sin embargo, se vislumbra el placer indecible de una mujer flor sin luto/tea ardiente tímida baliza para los barcos errantes. Eso era entonces la reencarnación: mirar con piedad la presa caída en las manos de las muchachas primerizas administrar con cuidado la comida y el vértigo en el alhelí de los montes azules no creer en obligaciones ni consejos mientras un crepúsculo enamorado guía de vuelta a los pastores del pueblo. Esta noche las estrellas no nos piden hermenéutica, solo estar despiertos. ¿Cuántas veces más, amor, habremos de ser salvados por el fuego?   Poemas del futuro libro Intentar la luz, de Joaquín García La hora del vermut, abril de 2026

escritor mexicano Juan Rulfo en México, 1955

hagan saber como habla alguien, EL FENÓMENO COLOQUIAL

  Muchas veces podemos preguntarnos, quienes narramos, si en la escritura debemos literaturizar la vida (es decir ficcionalizarla, mejorarla un poco) o vivificar la literatura; es decir introducir elementos vivos, de fuerza, creíbles y reales: fragmentos de realidad. Creo que ambas cuestiones son ciertas. Y el fenómeno coloquial nos permite ambas al mismo tiempo: ¿qué elemento más vivo a fin de cuentas que el propio lenguaje, que nos precede como sujetos, que nadie sabe cuándo nació ni cuándo morirá? El lenguaje nos acompaña desde la barriga de mamá y es nuestra seña de identidad más singular e intransferible. Por desgracia, estamos viendo que en estos tiempos el habla es clonable. Pero nunca será sustituible, ni reemplazable ya que ninguna máquina, aunque emita sonidos verosímiles y comprensibles, podrá hablar, ya que no hay lenguaje sin encarnatura en el cuerpo y la subjetividad. Introducir el habla en un texto lo humaniza, lo dota de vida, de ternura, o al menos de credibilidad. Me parece buena idea que un texto narrativo acabe dando cuenta de como habla alguien, un niño, una pareja, una familia, cualquier persona. El fenómeno coloquial sería uno de los indicadores, pero no el único, del proceso de humanizar un texto. Esto, cuando a quien narra le interesa eso en sus narraciones. H. P. Lovecraft, el genio de Providence, es quizás uno de los autores menos coloquiales de la historia de la literatura. A fin de cuentas, las criaturas primigenias no hablan, ¿no? En la pretensión del relato de horror lovecraftiano es no humanizar la literatura, sino deshumanizarla, y mostrar la insignificancia de los seres hablantes frente a los monstruos sin palabra. También hay otra cuestión de por medio muy interesante; parece, que, como efecto casi ineludible de la globalización, el fenómeno coloquial en literatura no está muy de moda. Algunos narradores pueden renunciar al fenómeno coloquial pensando que de lo contrario la historia tendrá demasiado color local y por tanto su historia será menos universal. Es la versión sofisticada y contemporánea del prejuicio habla popular “entrecomillada y de segundo rango” vs la literatura culta. Es además una falsa antinomia; nada más universal que lo que tiene soporte en un lugar concreto. Aquí estaríamos también en el juego de escrituras más localizadas -por lengua y contexto cultural- que escrituras deslocalizadas. Si pensamos que la literatura es el territorio de lo específico; la literatura no habla de cosas generales, siempre de cuestiones singulares 1 x 1: no habla del amor, habla de un amor. No habla de la infancia. Habla de un niño o varios niños. No habla de familias, habla de una familia. No habla de la verdad, en todo caso, de como una persona o personaje accede a cierta verdad. Tomando esto en cuenta, pero también por mi gusto personal, yo personalmente no quiero saber la historia de una niña de cualquier país como en “Un hombre cualquiera” de SAMANTA SCHWEBLIN, sino de una niña de abuela italiana, que vive en Argentina, que recibe en su casa un tío que viene de Lima, donde la abuela habla un extraño dialecto, donde HEBE UHART, realiza un bello homenaje quizás inconsciente a sus orígenes familiares italianos. Es posible que también haya una petición de las editoriales a las narradoras de historias menos localizadas, así el libro puede venderse en cualquier lengua, y el lector puede fantasear que transcurre en cualquier lugar. Aunque eso tiene una justificación para la venta de un libro, en cierta medida es un ataque a la singularidad cultural. Todo pese a que el cuento “Un hombre sin suerte” sea un cuento extraordinario y memorable, y uno de los más celebrados de la narradora argentina recientemente conmemorada con el Premio AENA. Una posible explicación de porque no se ha acentuado la coloquialidad en ese relato es la voluntad de transmitir que este tipo de violencias y desamparos las sufren niñas en infinidad de lugares del mundo. Pero como contraargumentación se podría decir que la narradora argentina Dolores Reyes, introduce con mucha más pregnancia la coloquialidad en su novela Cometierra (2025) sin disminuir ni un ápice por ello el quantum del alegato político. El cuento transcurre en un shopping, un atasco y un hospital de cualquier ciudad del mundo globalizado capitalista. Me hubiera gustado que la niña desamparada hablara la lengua de su familia y de su país: Argentina. Al menos yo fantaseo que es argentina, que es el origen de la narradora, aunque Samanta viva desde hace muchos años en Berlín. No una lengua franca española, que no existe en ningún sitio del mundo. Otras cuestiones que hay que aclarar es el fenómeno coloquial no es algo especifico de la ruralidad o de las historias de los pueblos. Hay coloquialidades urbanas tal como pensó JULIO CORTÁZAR (que le salió mejor que a otros autores como MARIO BENEDETTI) Tampoco me parece útil pensarlo en el sentido de literatura realista ⇒ tendente a lo coloquial o fantástica ⇒ no tendente a lo coloquial El fenómeno coloquial puede resultar un homenaje emotivo, aunque sea de forma indirecta o inconsciente, a personas concretas de la vida de quienes escribimos, que también es una forma interesante de que la escritura sea motor. Toda literatura es epistolar, como expresa el escritor ELOY TIZÓN. Si por ejemplo vamos a hacer un cuento a nuestra mamá, que menos que intentar dar soporte a como habla nuestra madre, o al menos hacer una digna aproximación, ¿no? Para hacer esto, como expresaba el mexicano JUAN RULFO en alguna entrevista, no se trata de ir con el micrófono a registrar como habla la gente. La coloquialidad funciona en principio por memoria afectiva⇒ recreación que siempre es algo un poco ficticia. Tras un vínculo significativo de muchos años o vivir en una zona mucho tiempo, uno termina sabiendo como hablan esas personas, en este caso los campesinos de Jalisco. Pero también uno puede inspirarse saliendo a ver como habla la gente en su pueblo o su ciudad. Por ejemplo, ANTÓN CHÉJOV muchos de sus relatos, parece que ha salido

fotografía- editor español- JUAN CASAMAYOR

la trastienda del editor, dialogando con JUAN CASAMAYOR

 JUAN CASAMAYOR, uno de los editores de Páginas de Espuma y yo, nos reunimos el lunes 26 de enero de 2026 en una cafetería del centro de Madrid (cerca de la antigua librería de los amigos de Tipos Infames) para hablar sobre libros, amores literarios, edición de clásicos y la trastienda desconocida de una editorial que es hoy en día referencia ineludible de del querido género del cuento o relato. Con la grabadora funcionando, que creo que me imponía mucho más a mí que él, y con algunos nervios, pero sobre todo ganas de saber y hablar de algunas cuestiones que no conocía, lo que me hizo mucha ilusión, estuvimos dialogando más de una hora. A continuación, sin apenas edición de por medio, podéis leer gran parte de lo que hablamos:   EN DIÁLOGO CON JUAN CASAMAYOR   ¿Qué vínculo con los libros y la cultura existía en tu familia cuando eras pequeño? No sé si tus padres leían o escribían, si tenías alguna biblioteca cerca Hay una definición primera que siempre me viene a la cabeza cuando hablo del editor, que un editor es un lector. Por lo tanto, la lectura es la base y el sustrato de todo. Y eso tiene su origen. Hay unas raíces que se enlazan sobre todo con la infancia y con la juventud, que es donde se va forjando el lector, como es mi caso. Yo tengo la suerte de tener padres y abuelos médicos, de una tradición médica humanista, que supone un trabajo científico pero que se abraza, se hermana con las humanidades, la lectura y las letras. Y he tenido una gran biblioteca cerca. Era una gran biblioteca médica, por un lado. De hecho, no es raro que yo utilice siempre términos médicos cuando hablo, los tengo muy asimilados porque desde niño los he escuchado. Pero también había una amplia biblioteca dedicada a la ficción, el ensayo, donde no cabía solo la medicina sino otras disciplinas además. Todo esto también se acentúa porque en mi familia, la hermana de mi madre creó en su día Editorial Fundamentos, una editorial que surge a finales de los 60, muy importante en la visibilidad de textos censurados, sobre todo en los años 70 con la llegada a la democracia en España. Entonces todo eso configura un panorama lector donde se mezclan novelas, libros de cuentos y ficción latinoamericana traída por Barral, por todo ese primer movimiento desde la edición catalana, pero también mucho ensayo que traían los nuevos aires de la democracia. Y eso fue formándome como lector a partir de ahí. Yo me cultivé muchísimo en el cómic, soy esa generación claramente comiquera de FRANCISCO IBÁÑEZ. Era muy lector de esa época de aventuras de las novelas adaptadas de JULIO VERNE y SALGARI. Te estoy hablando desde antes de los 14. Ese era un poco mi mundo lector. Y lo más importante de todo esto es que yo veía a mis padres leer. De nada sirve tener libros en casa si los niños no ven el ejercicio de la lectura, el libro solo no crea fomento, el libro hay que rodearlo de una dinámica familiar en los ámbitos domésticos o de una política de fomento de lectura en un país. Ese fue mi caldo de cultivo, donde el libro era muy, muy normal, o sea, yo recuerdo que de pequeño tenía una breve biblioteca de libros en mi cuarto y cuando venían mis familiares jugaba a tener una biblioteca y les hacía pasar a mi cuarto y yo les recomendaba un libro, pero cuando yo les dejaba el libro, les pedía una peseta, con lo cual ya había algo como de trabajo editorial, yo te dejo que leas un libro, te lo recomiendo, hago una prescripción, yo conozco este libro y sé recomendártelo, algo que podíamos hacer los editores y digamos, hay un intercambio económico cuando el libro circula de mano en mano. Esa curiosidad ya estaba por ahí operando. Era muy juguetón e imaginativo de niño ¿Cuáles fueron tus primeros amores literarios? ¿Qué lecturas consideras fundantes cuando eras niño y muchacho? El cómic Mortadelo y Filemón, eso yo de niño lo recuerdo un montón en otro salto, para mí fue una figura fundamental como personaje y toda la saga que fue la saga de El Tigre de Mompracem, las distintas novelas de EMILIO SALGARI. Recuerdo también Compasión sin novedad en el frente de ERICH MARÍA REMARQUE, la novela sobre la Primera Guerra Mundial, esa fue, creo yo, como una de mis primeras lecturas. Debí leer con trece, catorce años, fue la primera vez que sentí una empatía emocional plena con un personaje y no llegaba a entender cómo un personaje podía acabar así, o sea, me revelaba ante un final doloroso que me presenta la novela. Esa novela la recuerdo muchísimo, muchísimo. También recuerdo una biografía adaptada a público juvenil como era en las que publicaba Salvat y había una dedicada al Lawrence de Arabia y era dolorosísimo saber que después de todas esas aventuras moría en un accidente de moto, o sea, era muy absurdo. Es un héroe antiépico, él es capaz de aunar culturas, de liderar movimientos y participar en enfrentamientos bélicos, y luego en una campiña inglesa muere de un accidente. Dios mío, ¡qué incongruente! Entonces, ese tipo de lecturas fueron hasta la horquilla de doce, catorce años posiblemente, luego ya se salta, va saltando de contenido en contenido, buscas otras cosas, claro. ¿Cuál fue y es tu vinculación íntima con el relato? Ese género es posterior, pero inmediatamente posterior, porque posteriormente yo ya recuerdo leer unas pequeñas antologías que había de los cuentos de CHÉJOV, de K, algo de cuento norteamericano, y rápidamente eso se vinculó con el cuento latinoamericano, el llamado boom latinoamericano, en toda esa horquilla tan grande. Entonces a partir de ahí me afiancé en los cuentos, de pronto descubrí que el cuento tenía otro tipo de posibilidades junto con mi trabajo, y en mi estudio, digamos, de estudiante podía leer novelas decimonónicas, pero me acercaba a los cuentos de LEOPOLDO ALAS CLARÍN o de PÍO BAROJA, o sea, me iba moviendo

escritora estadounidense Úrsula K. Leguin y su gato Pard

narrar las violencias, soñar LA LIBERTAD

  Me pregunto en este trabajo como el trabajo de narrar puede hacer de antagonismo o solamente ofrecer una continuidad con el sistema económico actual. ¿Qué es lo subversivo hoy? Tomaré dos ejemplos contrapuestos, muy diferentes por contexto cultural aunque nos servirá de aproximación; la escritura de Yasutaka Tsutsui con la de Úrsula K. Le Guin.  Oscar Brox, señala en la revista Detour, que al escritor japonés Yasutaka Tsutsui siempre le ha atraído separar lo mental y lo moral, los sueños de la razón, para observar de qué forma unos se alimentan de los otros y cómo, en definitiva, afecta a nuestro comportamiento social Como el mismo Tsutsui expresa en la entrevista con Jesús Álvarez Crespo (2009): En la vida real, ficción y realidad no se entremezclan, pero en el mundo literario yo creo que no se diferencian. Por eso, como forma de vincular la ficción y la realidad, pensé en introducir los sueños. Y con ese tema de fondo he escrito muchísimas obras Es decir, los sueños hacen de vínculo en su escritura de la ficción con la realidad, que parecen vincularse de forma inextricable, ambigua y confusa, como los propios procesos oníricos. Los sueños permiten de esta forma iluminar sombras de la realidad que no serían posibles vislumbrar de desde otro ángulo Si sus escritos fueran un tratado de filosofía ética, para Tsutsui no hay nada malo en soñar, ya que los sueños y toda la vida mental tienen para él un carácter sagrado, ya que lo censurable serían los actos reales, no los sueños. En ese sentido parece separarse de las consideraciones de Freud, para el cual los sujetos son responsables de hasta los detalles más pormenorizados de sus fantasías oníricas En ese sentido, considero que que el inventor del psicoanálisis pecó de excesiva moralidad, ya que para que un sujeto ponga en acto sus fantasías tiene que atravesar infinidad de barreras psíquicas (el temor al oprobio social, el sentimiento de culpa, la censura ejercida por el inconsciente) y no podemos olvidar que los sueños, aun en su carácter perverso, vivifican y sacan a algunos sujetos de su letargo vital y tristezas inerciales Para quienes leemos, por suerte, existe una distancia benéfica entre la realidad y la fantasía. Podemos disfrutar pensando escenarios imposibles, imaginado sucesos disparatados y también, obtener cierta ganancia de placer leyendo situaciones profundamente contrarias a nuestro sistema de valores, merced de poder disponer de cierta división subjetiva. Es precisamente a lo que nos empuja Yasutaka Tsutsui; descubrirnos riendo de algo tan increíble y espantoso como “Maneras de morir” (Estoy desnudo, Atalanta, 2009), donde un Oni, “diablo”, “demonio” o “mal genio” según la mitología japonesa, va matando a los empleados de una oficina, uno por uno, en la forma más terrible y espectacular. El precio a pagar por carecer de división subjetiva como lectores, será solo aceptar leer, lo que corresponda con total exactitud a nuestra visión ética, censurando todo posible fantaseo, lo que dejará fuera gran parte de la riqueza de la historia de la literatura Por suerte, no amanecemos heroicos conquistadores por haber leído a Arturo Pérez Reverte, ni supremacistas blancos por leer algunos textos de Lovecraft, no emparedamos a nuestro vecino en un sótano lúgubre por haber leído a Poe ni tampoco cometemos una violación y femicidio por haber leído a Ernesto Sábato. Y si nos emocionamos hasta las lágrimas leyendo novelas como Cometierra  de Dolores Reyes (2025)  o El invencible verano de Liliana de Cristina Rivera Garza (2021), es porque más que concienciarnos a lo largo de las páginas, empatizamos con un corazón ético que ya disponíamos previo a su lectura Esto es así porque realidad social, comportamiento individual y literatura, no son la prolongación inmediata y obligatoria la una de la otra. Ambas se vinculan, sí, pero de forma íntima y sumamente intrincada, indirectamente, de forma excéntrica en un sentido topológico y de manera multideterminada (análogamente a las series psíquicas freudianas). Quien quiera hacer del mundo un lugar un poco más habitable necesita algo más que palabras, aunque la poesía, como proclamó el poeta Gabriel Celaya, sea todavía un arma cargada de futuro. Pero claro, tampoco es inocuo para la construcción de imaginarios las escrituras que se propongan. A fin de cuentas el nazismo, fue en parte derivado, no solo del discurso radicalizado en un contexto de crisis económica y política, sino también de una confluencia fatal de lecturas Determinadas escrituras acaban apoyando, aun sin pretenderlo, la cultura de la violencia y la violación. Si las series de Netflix son cada vez más violentas y las escrituras cada vez también lo son, como si la realidad política y social nos obligara a escalar en correspondencia, a actuar a la altura de los hechos (cuando sabemos que eso no es posible como vaticinó la poeta rusa Anna Ajmátova frente a la persecución estalinista), la realidad social, en algún punto, también acabará siendo más violenta o al menos, más sombría y menos habitable Las alternativas para quienes narramos son muchas; todas bellas y eficaces Una vez más, habrá que decir que lo más revolucionario para el relato y el cuento será, entre otras posibilidades luminosas, la elipsis (Angélica Gorodischer), el fuera de campo, la dislocación como forma de velo (Samantha Scheweblin), la interrupción oportuna de la narración (Laura Ortiz), el pliegue, la fractura textual, la difracción y los puntos de fuga en la trama y el final abierto (Silvina Ocampo) y el humor compasivo y la ternura (Andrés Neuman, Hebe Uhart) que apacigüe un poco la ferocidad del superyó, su crueldad insensata No es lo mismo tampoco las necesidades escriturales de sociedades que fueron fuertemente represoras de la sexualidad como la victoriana donde relatos pícaros aportaban oxígeno para la mente y el alma como en la nouvelle Relato soñado del autor originario de Viena Arthur Schnitzler, que nuestra sociedad actual, de gran crueldad expuesta y donde hay un fracaso generalizado de la represión, en un sentido freudiano, donde los niños ven pornografía desde los diez años      Aunque la risa sea

portada del libro de relatos Larvas de la escritora uruguaya Tamara Silva Bernaschina editado por Páginas de espuma

yeguas en la noche, la escritura indócil de TAMARA SILVA BERNASCHINA

  TAMARA SILVA BERNASCHINA (Minas, Uruguay) es autora de Desastres naturales (2023), su primer libro de cuentos, galardonado ese año con dos Premios Bartolomé Hidalgo; el de narrativa y el Revelación. Al año siguiente, recibió el Premio Nacional de Literatura en la categoría Ópera Prima. Su novela Temporada de ballenas (2024) recibió una mención de honor en el concurso literario Juan Carlos Onetti. Ha sido escritora residente en Vil-la Joana (Barcelona) y acompaña talleres de escritura. Vive actualmente en Montevideo y por sus redes sociales, sabemos que ama a los perros y otras criaturas, las piedrecitas de colores, pasear por su Uruguay natal y viajar por el mundo de forma incansable. Recibo con mucha alegría la lectura de su último libro de relatos, Larvas, publicado por Páginas de Espuma en 2025. Este tercer libro y segunda entrega de relatos, realiza una profunda desestabilización -como ya había emprendido en sus dos anteriores libros- de lo que entendemos por mundo y campo de la realidad. Estas son algunas de las cuestiones que he pensado y me ha hecho sentir su escritura singular:   el lenguaje canta siempre en otra parte La primera frase que nos encontramos al abrir el libro Larvas es ya una artefacto epistemológico de gran alcance: “el problema no está en mi cabeza sino en otra parte”. Y así, la vida prosigue su curso, en permanente difracción, siempre aquí y a su vez siempre apareciendo en otra parte. ¿Pero dónde? ¿nos estará hablando del deseo, tan extraño a nuestra propia comprensión? Este primer relato, más destello fugaz en la noche que pórtico majestuoso, es profundamente anti-épico, semejante a la apuesta que hizo valer durante toda su vida la escritora argentina Hebe Uhart (y que muchos no comprendieron), para la que no eran más importantes los grandes problemas filosóficos que atraviesan la humanidad, que una niña que experimenta divertida como podrá hacer un pastel en varias dimensiones. Este relato es ya una fuerte impugnación de aquello que consideramos importante. Un piojo, parece “solo” un piojo, pero esos bichitos que pueblan esa cabeza por desgracia o por placer, hacer girar en torno a ellos parte de las constelaciones afectivas y familiares de ese niño, los secretos y promesas, las verdades medio dichas, lo oculto e innombrado y los caminos que están de venir Emerge aquí una felicidad clandestina, muy lispectoriana, apuntando a un placer gozoso encontrado en mitad de la noche, que queda sustraído a la mirada de la mamá. Es un cuento realmente extraño, parece bastante tierno y amable como su título, pero genera cierta inquietud, porque aunque cartografía algunos temas del libro tampoco anticipa en forma suficiente lo que está por venir.   hacia una nueva teoría de la realidad Su viaje escritural, el viaje que nos propone Tamara Silva, prefiere el tránsito por atmósferas -que me recordó en cierta medida a su compatriota Felisberto Hernández, ya que sin planes previos ni grandes guiones se deja llevar viendo hasta donde le lleva el lenguaje- que optar por una mayor claridad del discurso narrativo, lo cual es algo más que un simple gusto estético. Son otras racionalidades, descubrimiento a través de la escritura de cómo el lenguaje se infiltra en los afectos sin llegar a legislarlos por completo; otras formas de mirar. La realidad de Tamara Silva parece no funcionar como la realidad de Samanta Schweblin, que tras una realidad ordenada atisba como un súbito parpadeo otra inquietante y fragmentaria, pero donde habría todavía posibilidad -al menos como fantasía- de reordenación y regreso a las categorías preestablecidas. Su escritura recorre sin miedo y sin mirar atrás distintas regiones de lo insólito, el unheimlich freudiano por ejemplo, donde lo que es familiar acaba derivando en algo profundamente perturbador con algún remanso de reposo en lo insólito cotidiano tal como lo pensé Magritte. Pero su insólito está más allá de cualquier categoría, como si ella, en cierta medida hubiera inventado una tradición para su propia escritura. Lindes algo maravillosos, puertas que se abren sin saber adónde, juego de umbrales, navegación insegura sobre la lengua de agua que sostiene el mundo. Aproximación liminal, que no impide en ocasiones algunas luces, porvenires posibles, entre ternura y espanto. Aquí parte del meollo, auténtico dilema para mí es de qué lado decidirá hacer caer las exploraciones tras esos vaivenes del lenguaje y me pregunté tras su lectura si no hubieran sido posibles otros finales para alguno de sus relatos, sobre todo para “Jauría”. No hablo de las posibilidades del lenguaje que en cierta medida nos excluye. Hablo del mundo: de este mundo.   la Otra infancia Tamara Silva viene a inscribirse en el linaje de aquellas escritoras que han mirado a la infancia sin paternalismos ni idealizaciones. Niños extraños, visionarios y a veces crueles (Silvina Ocampo), niños exploradores y curiosos filósofos a su manera (Hebe Uhart), niños apenados por la muerte de sus amigos (Ana María Matute), niñes que sufren la violencia de su país con mucha angustia y haciéndose pis en los pantalones (Laura Ortíz), niñes en situación de desamparo frente a unos papas que se olvidan de ellos (Samanta Schweblin), entre otras muchas escritoras y escritores ¿Y cómo son los niñxs de Tamara Silva? Son niñxs que no dan por válida la mirada de sus padres, solo por el hecho de serlo. Son niñxs que quieren mirar la vida por sí mismos, donde la sexualidad imprecisa y los secretos que no convienen desvelar muy pronto, son algunos de los descubrimientos posibles Este libro, audaz en su lengua y su voz, deja desconcertado al lector, ya que no deja extraer con claridad un tono afectivo ni ofrece como refugio demasiadas amarras lógicas. Es un mundo, donde la pulsión de muerte y la lógica de la depredación -abordada hasta sus extremos aterradores por Agustina Bazterrica- podría prevalecer por momentos frente a los cuerpos de los más vulnerables. Hablo sobre todo del relato “Jauria” el cual, aunque fuera para atenuar su impacto en mi subjetividad, quise leerlo en clave alegórica hobbesiana. El hombre podría ser y como sabemos por desgracia es lobo para otros

fotografía de la escritora argentina Silvina Ocampo

no digan que soy alguien cruel, recordando a SILVINA OCAMPO

Dentro de aquel linaje, inmemorial y abúlico, donde manteles bordados y cuellos tejidos eran más importantes que las personas, en sus galerías interminables y nocturnas, fuimos fundando nuestras comunidades paralelas. En una biblioteca por ordenar, en la cocina con los fogones ya tapados o en el jardín junto al cedro y el columpio; la costurera recibía mis confesiones a media voz, el ama de llaves me leía un cuento frente a la angustia insomne y el jardinero de pico negro, irrumpía como amante duplicado, luctuoso y sin control. Es raro, yo misma me sorprendo al decirlo… siendo como era, todavía una niña: ¿bondad innata, caminos transformadores, compromiso social, perversión generalizada? Vosotros nunca llegasteis a comprender nuestra forma de amar, escandalosa y excesiva. Ingenuos y ciegos de moral, creísteis poder juzgar el fuego solo por el humo. El deseo, solo existía en aquellos días, si permanecía oculto. Nunca hicimos la revolución pero tampoco el mal, a veces siento que incluso la violencia era una forma de armonía, de seguir perpetuando la vida. El despertar de las aves de sexo febril abrían ventanas en las paredes cerradas, indicios posibles para nuestra soledad errante; todos éramos un poco huérfanos bajo aquellos muros. Cada tarde, cuando las institutrices terminaban sus monsergas inútiles, sus historias inertes de materias, yo miraba una y otra vez mis dibujos preguntándome donde estaría la vida. Me sentía frente a esos retratos como una estatua mutilada o una muñeca desposeída de su voz. Si había dos ángeles, ¿porque había de ser yo siempre la fallecida? Empecé a anotarlos a escondidas de mi madre, convencida de hallar tarde o temprano una salida; escribía sus márgenes, añadía colores y matices, los reanimaba como títeres sin carretel, agujereaba las imágenes; fui encontrando fugas al encierro terrible de los espejos. Difuminados, borrados; hasta dejar tan solo las palabras. Ese era mi mundo sustraído de miradas y triángulos, mi cuerpo creciendo hacia ninguna parte, las grietas en la luz; comencé así a pintar de veras, a pintar con palabras. Para mí las palabras, eran desde siempre, como se dice, una cosa muy seria. Yo tenía mi procedimiento de adivina. Sobre una maleta llena de viejas fotografías, ponía una hoja blanquísima, que no podía arrugarse de ningún modo. Sobre esos cimientos inestables ubicaba algunas letras desperdigadas. Si nombres propios y raros sinónimos no habían sido del todo arbitrarios, pequeños escenarios surgían bordeando sus balizas. Cuando ese universo en miniatura, luminoso y espectral, se veía con suficiente claridad, se lo dictaba a Olga recostada desde el diván, con los ojos muy cerrados, con temblores de trance, presintiendo que narrar era una forma de engañar a la muerte. Yo era una médium de palabras, portadora de un milagro frágil. A veces corregía compulsivamente, como una niña que persigue por el campo a sus perros favoritos, otras los daba por buenos según nacían. A los cuentos, una vez paridos, me los encontraba por la calle, en el sitio menos pensado, en el parque o en la iglesia; ellos me miraban desde fuera, a veces con mirada cómplice, otras como una madre feroz, que reprende con severidad a su hija ingrata, demasiado fecunda para su mirada estrecha. Solo hablar suponía ya una infidelidad para mi familia, porque las palabras también copulan, se manifiestan en armarios de las ropas intimas de las muchachas, y se adentran en madrigueras exogámicas, y por mucho que se diga: no tienen dueño, ni marido predestinado. Sentada sobre la rama del árbol del recuerdo, veía llegar a los mendigos, escuchaba sus jergas como duraznos grotescos y dehiscentes en la boca, soñando una libertad de agua, que nunca llegaba a materializarse. Mis días eran una especie de postergación infinita, un viaje en una carreta destartalada fuera del tiempo. Imaginaba que me iba a vivir con ellos, que inventaríamos historias junto a la hoguera, que les servía un café o un tecito, como buena anfitriona o les podría ofrecer, apenas, un terrón de azúcar. Un domingo mi familia me dijo que ellos nunca me aceptarían. Les respondí, abrupta, que no me importaba: solo quería ser querida. Yo deseaba tener una amiga y cazar con ella una nube o un perro bueno que naciera del sueño y me protegiera de las amenazas constantes de Armindo o me uniera un poco a mamá, intentando no pronunciar las expresiones prohibidas: coito, concupiscencia, orgullo. Después, observando crepúsculos, por niña demasiado curiosa o esposa incauta, me caí por la borda de un trasatlántico, de color azul, muy lujoso y brillante. Mis gritos no pudieron atravesar su cascote gigante de acero, se iban ahogando poco a poco mientras caía hacia aquellas matrices sin corazón y hélices furiosas. Le pedí a Santa Rita, la defensora de lo imposible, un último deseo: si sobrevivía, evocaría todas las personas importantes desde que nací. Fui Sherezade en alta mar contra el rey Shahriar: una persona recordada más significaba un día más. Aparecieron muchas personas, cada uno con su historia y su nombre único, aun los difusos los daba por verdaderos, repetidos de forma misteriosa, fueron mis timoneles frente a la deriva. ¡Que pasión tenía por los nombres!, ¡todavía a día de hoy creo que son media vida! Cuando mi memoria no permitía franquearse y no pude recordar más, pensé que estaba muerta, que había llegado el fin. Pero la existencia continuó, de una forma que no pude comprender. Comenzó un epílogo soñante, donde todos los personajes soy yo misma pero ninguno por completo: ¿desde donde os hablo en este momento, y que expresar, ahora que ya no existen máscaras ni espejos? ¿Qué podría decirte, Alejandra, si te escribiera una carta que nunca me atreví a enviar? Querría preguntarte a ti, Victoria, ¿porque subrayaste disfraz en aquella reseña primera en vez de decir con más sencillez; armadura del desamparo o remedio contra la melancolía? ¿Bioy, podrás cuidarme, pese a todo, cuando esté ya muy enferma? Acaricio con cuidado a la gacela hermosa que aúlla vibrante tras su jaula, y pregunto a estos animales, monos y leones, de un

“Walk in moon dust” (izquierda) & “Girl and the wolf” (derecha), de la artista radicada en Bélgica Tijana Lukovich

Zoe, 12 años

BAJO TU AURA: No me arrastres nunca Pero arrástrame siempre No me sostengas nunca Pero sostenme siempre Porque ya estoy cansado Me pesa el alma de existir Me duele el espíritu de estar a tu lado Soy invisible bajo las llamas De ese algo que nunca fue nada De ese nada que nunca fue algo No me sostengas nunca Pero sostenme siempre No me arrastres nunca Pero arrástrame siempre Si tu rostro es un combate, estoy vencido Si tu mirada es un laberinto, estoy perdido Si amar es un veneno, estoy débil y mortecino Si tu voz es un conjuro, estoy hechizado Si el deseo es una llamarada, estoy quemado Si tu cuerpo es un abismo, me precipito Si tu tristeza es oscuridad, soy solo luz Si tu risa es un puñal, soy solo sangre Si tus ojos son desierto, soy solo arena Si tu olvido es silencio, soy solo ruido Si tu belleza es poema, soy solo versos Por todo lo que eres, mi vida es tu destino Y por amarte a ti, me he salido del camino                       *** Acabas de leer dos poemas de la escritora ZOE: Soy Zoe, tengo 12 años y vivo en Madrid con mis padres y mis dos hermanos pequeños. Me gusta mucho todo lo relacionado con las letras, y empecé a escribir desde muy pequeña. Escribo todo tipo de géneros literarios, tanto poemas como largas historias o microrrelatos. De hecho, he ganado varios concursos escolares en primaria. Mis dos abuelas escribían cuentos, así que supongo que es algo que viene de familia. Admiro mucho a la escritora Michelle Paver. La serie de libros que ha escrito (Crónicas de la Prehistoria) es mi saga favorita. De mayor sueño con ser una gran escritora. Agradecemos con mucho cariño a Zoe y a su familia, enviarnos estos dos textos llenos de vitalidad y animando al sostén -luz en la oscuridad- tan necesarios en estos tiempos. Le deseamos a ella la mejor de las suertes en su travesía de convertirse en una gran escritora. Ella va sembrando el camino de su escritura con poemas como estos, sugerentes y encarnados en una fuerte expresividad, que deja a los lectores y lectoras la labor de interpretarlos. La hora del Vermut,  5 de abril de 2026                                                         *** Créditos de la imagen destacada: “Walk in moon dust” (izquierda) & “Girl and the wolf” (derecha), de la artista radicada en Bélgica TIJANA LUKOVIC Más sobre la artista en: https://wheretheleavesfall.com/thenaturekind/tijana-lukovic Se consiguen sus obras en: https://www.tijanadraws.com/

obras de arte en imagen destacada de Lisa House; “Safron Sky” (izquierda) y “Wild Souls & Mandarins” (derecha)

beber la flor de agua

                                                                                                          a Natalie  Diaz                                                                                                                                       Verte/Alba de puntillas sobre barandilla/Verte Alardea De toda tristeza con chasquido azul Perturba Verte/brincando por alero medianil/verte Parir línea de aire (ge)latina Tú_trotalindas chisquera_prendedora_ de sombra_ de ala de ¡hola tarde! de cinco/de cuatromás tunomás India_ Natalie Diaz_que vadeas río de luz de tarde Crujiente dulce Será por hermano árbol Mezquite nutre de harina & miel Junto a la casa lengua Mojave que te respira que te cobija – Enrojece ver correr agua trashumante a contadas vueltas de llave Vente/a cantar con corro de lozas con carro de grullas/Vente Ciega_sorda_mudez de tribu errante Pegar el oído a rail de bisonte_ al pabellón enérgico Esforzada por derrotas_decantame Ave María_ Abruma como apetito devoto Sueño que aún hay hierro en forja Golpéame como gatillo disruptivo Golpéanos                                                                 ***                                                                                                                                                        a María Negroni Cuando quise remontar el camino del agua el cuento de los sueños impenitentes me fue robado Cuando quise contenerla me mostraron aliviaderos y repartos equivalentes Cuando vino nutrida de humores y algas deseantes me dije que me dijeron: – Déjala correr   * Dame María Negroni una octava más Para no ser arrollado por una máquina de nieve O llevado por delante por una araña de cristal Tiempo para beber la flor de agua que exhala la fuente Con remite de zapata de lana Una de las ochomil de las docemil piezas necesaria Para que esta sola nota llegue al pabellón del olvido    * Vine a cantaros Acompañada por aldabas que con ternura de nudillos Percutían sobre una lámina de agua múltiple Inesperada belleza al oído como alarido o respingo Para alivio de esta nuestra ignorancia del mundo Desbaratando la teoría de una materia prima para toda semejanza Errante amanza Una suerte de Cantiga En que se da por recibida la muerte                                   En recuerdo de mi padre, marzo de 2026                                                                     *** Dos poemas inéditos de RAMÓN FARRÉ BRULL escritos para el club de lectura “Una cabeza llena de pájaros” que coordina la poeta María Beleña, que nacen de la lectura de los libros Escena de lenguaje de María Negroni (Kriller71 Ediciones, 2025) y Poema de amor poscolonial de Natalie Diaz (Vaso Roto, 2022) Acompañan obras de arte en imagen destacada de Lisa House; “Safron Sky” (izquierda) y “Wild Souls & Mandarins” (derecha) web de la artista: https://www.lisahouseartist.co.uk/ Agradecemos con mucho cariño a Ramón Farré habernos enviado estos dos poemas tan interesantes y sugerentes marzo, 2026

fotografía del escritor japonés Sato Haruo

entre el sueño de un arte transformador y los Ideales del Imperio, SATO HARUO

Satō Haruo  佐藤 春夫 nacería el 9 de abril de 1892, en la ciudad de Shingū, en la prefectura de Wakajama, ubicada en el extremo más meridional de península de Kii, al sur de la isla de Honshū en Japón Su padre, llamado Toyotaro, procedía de una antiquísima tradición de nueve generaciones de médicos, próximo y amante de la cultura, ya que el mismo estudiaba de forma apasionada poesía de la mano del poeta Masaoka Shiki  正岡子規 , renovador del poema haiku, considerado luego uno de sus cuatro maestros junto con Matsuo Bashō 松尾芭蕉, Yosa Buson 与謝蕪村 y Kobayashi Issa 小林一茶 Satō comenzó su actividad literaria en el último periodo de la era Meiji 明治時代, cobró un gran impulso artístico durante la floreciente y vanguardista era Taishō  大正時代  y llevaría ese recorrido hasta la era Shōwa 昭和 En ese ambiente cultural y familiar propicio el joven Satō comenzaría a escribir poesía con mucha influencia del romanticismo y simbolismo, en estrofas libres, sin perder ancla completamente en la tradición, pero fue más recordado por sus relatos vanguardistas y novelas de corte fantástico que están pensadas como el mismo expresó para aquellos que a los que les gusta soñar Su primer texto de ficción, “Un perro español” Supein-ken no ie  西班牙犬の家,  vería la luz en 1917 -que no es exactamente una fábula al no haber enseñanza moral aunque lo protagonicen dos animales- donde un personaje-narrador, sale del tedio para seguir a su perro hasta una casa abandonada donde sucederá un hecho misterioso. Si cambiamos la palabra “perro” por “lenguaje” o “arte”, podemos comenzar a comprender la forma a la que se acercó Sato a la escritura. Este texto, en su aproximación inédita al género del relato, era muy diferente a las propuestas de otros escritores como Natsume Soseki 夏目漱石 o Uchida Hyakken 内田 百間 y obtuvo criticas muy alentadoras en su época Satō se desplazaría a la universidad de Keiō Gijuku (actual universidad de Keiō), para inscribirse en el departamento de arte y literatura -parece que le interesaba especialmente la literatura francesa-, en dialogo con el escritor Nagai Kafū 永井 荷風 -que sí se negaría más tarde a poner sus textos al servicio del imperialismo japonés- y el crítico Ikuta Chōko  生田長江 que fue el primer traductor al japonés de Friedrich Nietzsche y que traduciría también La Odisea de Homero, con interés también en las obras de Karl Marx Estos estudios no los pudo terminar a causa de un insomnio crónico, pero partir de estos dos autores Satō Haruo entraría en contacto con la obra de Oscar Wilde y Edgar Allan Poe, que tuvieron para él una fuerte influencia; Wilde más como impulso creativo y Poe, no solo como inspiración, sino como cierta guía para en aspectos formales concretos de como plantear un texto narrativo A Edgar Allan Poe lo estaba traduciendo en esa época Tanizaki Seiji, hermano menor del famoso escritor Junichiro Tanizaki. Seiji, en 1913 publicó la traducción de trece historias cortas del escritor de Boston hasta que en 1941 consiguió la loable empresa de conseguir traducir sus cuentos completos. A esta tarea, dedicó gran parte de su vida académica Satō Haruo, se dejó permear por el British Aesthetic Movement, con autores audaces como Walter Pater y William Morris aparte del propio Oscar Wilde. Con ellos compartía el anhelo y la apuesta decidida de que el arte tenía que estar por encima de la moralidad y el utilitarismo. Además él estaba muy preocupado por la posible mercantilización del arte con el auge de la sociedad de mercado, que también comenzaba a llegar a la sociedad japonesa Es importante recordar que en 1936, el filósofo alemán Walter Benjamin publicaría también el famoso ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. El arte para Satō, ha de ser placentero para quien toma su vía, no debe reducirse a un sistema circunscrito de valores, y sería como la música, arte sin pensamiento, que tendría para él -al menos a priori- un alcance y potencial utópico, propuesta vital y estética que es trasladada a su sugerente relato: “Una hermosa ciudad”, aparecido también en 1917 Satō estuvo en contacto activo con poetas dadaístas y futuristas, pensadores anarquistas y también fue pintor, próximo esa época de juventud a una postura política socialista. Fue amigo íntimo de dos escritores, que todavía no sabían que acabarían renovando la literatura japonesa: Ryūnosuke Akutagawa 芥川 龍之介 y Tanizaki Junichiro 谷崎 潤一郎. Fue maestro de maestros y en su época se le llamaba: “el hombre de los tres mil discípulos”. Uno de estos últimos discípulos fue el escritor Osamu Dazai 太宰 治, que le escribirá cartas a Haruo llenas de angustia y desesperación (que me hicieron recordar las cartas también desesperadas de Joseph Roth dirigidas a Stefan Zweig, aunque por otros motivos) *** Su visión de lo fantástico, la aproximación de Satō Haruo intentaba ofrecer una respuesta a la literatura naturalista y proletaria de ese momento en Japón, como estaba intentado hacer también Natsume Sōseki por otros medios y propuestas narrativas Satō Haruo, otorgó mucha importancia en su escritura a la posible influencia de la modernidad en los estados de ánimo de sus protagonistas: personajes obsesivos, melancólicos, desesperados, incluso paranoicos. Quizás para él era precisamente la melancolía la misma esencia de la modernidad, en continuidad con poetas franceses decadentistas como Charles Baudelaire, que seguro que Haruo había leído durante su estadía en la facultad Hay también una importancia del onirismo y otras formas de subjetividad en sus personajes. En aquella época, comenzaban a llegar textos del psicoanalista de Viena Sigmúnd Freud, de los que al menos se traducirían dos al japonés: La interpretación de los sueños (1900) y Estudios sobre la histeria (1895). A Haruo le interesaba mucho la percepción y la frontera siempre difusa entre lo real e irreal, cuestión que sigue inspirando a los narradores hoy en día A partir de 1920, haría algunos viajes a las colonias japoneses en la isla de Taiwán donde entraría en contacto con el antropólogo Mori Ushinosuke a través de

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