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una pasión que perdura, escribir según RAY BRADBURY

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Hay autores que escriben con un ojo en el mercado y con una oreja pegada a cuanto está de moda, que escriben libros sin alma, para cumplir tan solo los designios de enriquecimiento que propugna el mercado. Frente a estos, los hay que disciernen con clarividencia los problemas para alcanzar el por-venir, que vaticinan cuáles son los caminos posibles, que conocen los temas que les preocupan y obsesionan, aquellos incendios o fuegos diminutos de los que luego hablarán con pasión, en mareas de palabras que arrastran con ellos a los lectores.

Resultad difícil escapar a la resaca cuando el oleaje emerge del fondo de uno mismo, con la fuerza de la sinceridad y las aguas transportan el amor, la furia y el miedo que asolan las entrañas de quien escribe. Ese ímpetu arrastra, voltea, hunde e inunda a los hombres y mujeres que se asoman, en busca de emociones o preguntas, a las playas de los escribientes verdaderos. Allí siempre encontramos una bandera naranja señalando el peligro de inmersión en las altas mareas de la vida.

La vida, ya se sabe, es hermosa y llena de peligros, o dicho con palabras de nuestro querido escritor: Me arrojo al vacío y, a lo largo del descenso, me construyo mis alas. Nadie escapa de un libro si te empuja, con tal vigor a la arena submarina, donde lidia con el dolor, los miedos y el sufrimiento de la existencia. Pocos son los escritores que se llenan las manos de barro y sudor hasta ese punto, que levantan polvo a cientos de kilómetros bajo el nivel del mar. Los hubo, sí. Conocemos sus nombres, los sabrán las próximas generaciones; en Estados unidos hubo un tal Walt Whitman, tan vasto y munífico como el propio continente americano, Lucia Berlin que nos siguen conmoviendo décadas después con sus historias de vidas desarraigadas, o Emily Dickinson, aquella otra, que vivió por los amores florales y las palabras nacientes reflejados en poemas que escribía como cartas desde su reclusión en Amherst, Massachusetts.

Se les reconoce porque sabían divertirse trabajando /el paso nunca asegurado del jugar (infancia) al trabajar (adultez). Y porque eran entusiastas, una palabra también poco de moda, en este tiempo de anomia e indiferencia. Gracias a sus escritos, los de Bradbury -organismos vivos nunca acabados que él mismo reeditó durante toda su vida- quienes leemos salimos algo más seguros en el mundo, más fuertes, más preparados para sobrevivir bajo la luz del sol y las estrellas, y con alguna brújula para navegar los impasses de esta época incierta.

El escritor estadounidense tuvo una contagiosa vitalidad intelectual, como la nombran Ariadna García y Ruth Guajardo; nació en Waukegan, una ciudad hoy en día de tamaño medio del condado de Illinois, cerca del lago Michigan, que cuando nació el joven Bradbury en 1920 no alcanzaba en el censo los 20.000 habitantes. La cercanía a este lago tan particular no sería irrelevante ya que aparece en varios de sus relatos, en textos impregnados de un fondo de romanticismo y nostalgia

Bradbury conoció pronto lo que era la muerte, y eso marcó su escritura como ha sido señalado por distintos estudiosos de su obra: su hermano Sam, uno de los dos gemelos murió a la edad de dos años, y su hermana Isabel, y su abuelo también murieron siendo él muy pequeño. Un dato genealógico, quizás no menor, es que era descendiente lejano de Mary Bradbury, célebre en Estados unidos por haber sido acusada y condenada a muerte por brujería en los ominosos Juicios de Salem (1692-1693), pero ella, no se sabe muy bien cómo y con ayuda de quién, logró escapar a tiempo

Me pregunto si fue algo así también la vida de Bradbury; siempre huyendo de la muerte y la tristeza en búsqueda de las palabras de la vida, final que no le alcanzaría hasta muy anciano, ya consagrado como uno de los escritores más inolvidables y populares del país que le vio nacer.

De joven, con diez años, tras observar las actuaciones del mago Blackstone (que también tenía un comic llamado “Blackstone, el Mago Detective”), momentos donde su tía le regaló un conejo vivo y ella despertaba en él sus primeras ilusiones, pero al poco tiempo decidió que quería ser escritor, como si hubiera descubierto que también se puede ser un mago con las palabras. Su tía Neva, la que siempre citaba, fue también quien le leyó los primeros cuentos de hadas y los relatos de Edgard Allan Poe cuando tenía apenas 7 años. Otras influencias de esa época o algo posteriores fueron H.G. Wells y Julio Verne.

Bradbury, cumplió en gran medida el sueño americano, formándose y escribiendo de forma autodidacta con máquinas de escribir que alquilaba en las bibliotecas en las ciudades a las que su padre y su madre se mudaban, poniéndose retos rigurosos de escritura. Todo hecho con una gran pasión y humildad. Es muy difícil saber a ciencia cierta cuantos relatos escribió durante su vida -muchas personas andan a la búsqueda de alguno de sus relatos sin saber si se llegó a publicar o en qué libro se encuentra exactamente- según algunas fuentes trescientos, según otras hasta seiscientos o incluso más, de los que habría varias versiones, al menos dos, lo que arrojaría la descomunal cifra más de mil relatos, lo que nos hace acordarnos de otro titán del género breve: Anton Chejov. También escribió decenas de novelas y adaptaciones a la televisión.

Su posición ética y política es difícil de resumir; ya que no era un muy optimista en relación a lo tecnológico, era humanista, pero desde cierto escepticismo lúcido, y estuvo en algún momento próximo al conservadurismo de Bush. Lo que es claro es que no era un ingenuo y que sabía pensar en profundidad.

No era desde luego un marxista que consideraba que la historia en su sentido inmanente iría necesariamente hacia un horizonte más luminoso como pensaban los revolucionarios bolcheviques, tampoco, un humanista que considera que el hombre es bueno inherentemente o que la historia sigue un curso evolutivo como las fases del desarrollo infantil, y aunque creía que el universo era “incomprensible” y “aterrador” (¿leería Bradbury en algún momento a H.P. Lovecraft?) nunca cedió a una melancolía desvitalizada; donde el propio hecho de vivir dejaría de tener valor.

El mejor término de aproximación es el que encontró el cineasta José Luis García, su primer biógrafo en español: un humanista del futuro, es decir; él creía que pese a todos los horrores de las guerras, las amenazas nucleares y los avances tecnológicos sin control suficiente de la razón y que pese a lo difíciles que se pusieran las cosas, siempre había una posibilidad de esperanza y resistencia, usando como mediums los libros, la lectura y la imaginación, las auténticas fuerzas vivas que pueden ser utilizadas como actos transformadores, como se ve con mucha claridad en la novela Farenheit 451 /comunidades que siguen prosperando como pueden en el margen de los ríos/ pero también en otros relatos. Si hubiera sido gobernante, quizás, su primera decisión hubiera sido fundar más bibliotecas o donar libros para formación de las familias con menos recursos

La mujer con la que se uniría, Marguerite McClure, Maggie como él la llamaba con cariño y que aparece en varios poemas -con la que deseaba “regresar del mar a nuestras vidas”- tuvo que trabajar muy duro para que él pudiera dedicarse en exclusiva a la escritura, ya que la familia de Bradbury provenía de un origen muy humilde. La pareja y posterior matrimonio se sostuvieron mutuamente durante toda la vida. Tuvieron cuatro hijas en común. Y cuando Bradbury ganó alcanzó cierta fama y pudo ganar más dinero lo compartió con ella en una mutua y fraterna generosidad

La pasión de Bradbury por escribir, pese a las apabullantes cifras, no corresponde según mi punto de vista al empuje alienante a la productividad capitalista. Podemos llamarlo industriosidad, fecunda en el más digno sentido; una especie de ingeniero de las palabras; una melancolía longeva y vital, o si se quiere, la versión super mejorada de la neurosis obsesiva, que suele conducir en literatura a los caminos cortados de un exceso de recursividad, perfeccionismo destructivo o una parálisis frecuente del impulso creador. 

La escritura de sus relatos, que a él no le gustaba considerar de ciencia ficción salvo Farenheit 451 publicada en 1953, -ya que incluso en Crónicas marcianas (1950) no deja en ningún momento de hablar de los habitantes de los Estados unidos durante la gran recesión, sublime metáfora y las guerras mundiales – se podría dirimir en tres vertientes al menos:

Por un lado, los claramente distópicos, por ejemplo, una casa que sigue funcionando automáticamente tras una hecatombe nuclear aunque ya no haya supervivientes para habitarla, donde Hiroshima y Nagasaki son como personajes invisibles. Los menos interesantes y más tristes, según mi consideración

Luego estarían otros que podríamos llamar nostálgico-románticos como “El lago” (Weird tales, 1944) o “La bruja de abril” (The Saturday Evening Post, 1952), conmovedores y profundamente humanos pero, donde, por momentos Bradbury no es capaz de evitar ser arrastrado por una fuerte tristeza. De estos segundos, parece que no han sido seleccionados por el editor Paul viejo para la nueva edición de los cuentos de la editorial Páginas de Espuma, lo cual me ha llamado mucho la atención.

Y luego hay unos terceros, que a falta de un nombre mejor, podemos nombrar experimentos mentales, claramente mis preferidos, donde hay cierto didactismo y carga moral, pero también un margen importante para que los lectores se hagan preguntas, como uno de sus más célebres y de los últimos que escribió, que comentaremos hoy: “El sonido de un trueno ” (revista Collier’s, 1952). Uno de los pocos continuadores en Estados unidos de esta interesante forma de escritura es George Saunders.

Bradbury llevó su pasión de escribir y vivir – que para él eran lo mismo – hasta sus últimos confines, muriendo a los 92 años en Los ángeles, California, el último destino que eligió su familia y del que ya no se marcharía, no vacilando nunca en su deseo de apuntar -como piedra dirigida a la luna- a un territorio hecho con palabras nuevas.

Él se atrevió a tocar la eternidad con las manos, pese al riesgo de quemarse, en sus viajes a Marte, y de allí nos trajo piedras de colores vibrantes, cientos de relatos y polvo cósmico-enamorado, fuerzas vivas que perduran como tierras volcánicas, ya que como expresa Neil Gaiman, el famoso escritor británico: el paisaje del mundo en el que vivimos se habría disminuido si no lo hubiéramos tenido en nuestro mundo   

 

    ***

 

La primera parte de este texto, primera página, es una reescritura del prólogo de Ariadna G. García y Ruth Guajardo González para los poemas de Bradbury Vivo en lo invisible. Nuevos poemas escogidos en la editorial Salto de Página. Texto híbrido e inédito escrito por Joaquín García para el club de lectura “La hora del vermut”

Mayo, 2026

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