Me pregunto en este trabajo como el trabajo de narrar puede hacer de antagonismo o solamente ofrecer una continuidad con el sistema económico actual. ¿Qué es lo subversivo hoy?
Tomaré dos ejemplos contrapuestos, muy diferentes por contexto cultural aunque nos servirá de aproximación; la escritura de Yasutaka Tsutsui con la de Úrsula K. Le Guin.
Oscar Brox, señala en la revista Detour, que al escritor japonés Yasutaka Tsutsui
siempre le ha atraído separar lo mental y lo moral, los sueños de la razón, para observar de qué forma unos se alimentan de los otros y cómo, en definitiva, afecta a nuestro comportamiento social
Como el mismo Tsutsui expresa en la entrevista con Jesús Álvarez Crespo (2009):
En la vida real, ficción y realidad no se entremezclan, pero en el mundo literario yo creo que no se diferencian. Por eso, como forma de vincular la ficción y la realidad, pensé en introducir los sueños. Y con ese tema de fondo he escrito muchísimas obras
Es decir, los sueños hacen de vínculo en su escritura de la ficción con la realidad, que parecen vincularse de forma inextricable, ambigua y confusa, como los propios procesos oníricos. Los sueños permiten de esta forma iluminar sombras de la realidad que no serían posibles vislumbrar de desde otro ángulo
Si sus escritos fueran un tratado de filosofía ética, para Tsutsui no hay nada malo en soñar, ya que los sueños y toda la vida mental tienen para él un carácter sagrado, ya que lo censurable serían los actos reales, no los sueños. En ese sentido parece separarse de las consideraciones de Freud, para el cual los sujetos son responsables de hasta los detalles más pormenorizados de sus fantasías oníricas
En ese sentido, considero que que el inventor del psicoanálisis pecó de excesiva moralidad, ya que para que un sujeto ponga en acto sus fantasías tiene que atravesar infinidad de barreras psíquicas (el temor al oprobio social, el sentimiento de culpa, la censura ejercida por el inconsciente) y no podemos olvidar que los sueños, aun en su carácter perverso, vivifican y sacan a algunos sujetos de su letargo vital y tristezas inerciales
Para quienes leemos, por suerte, existe una distancia benéfica entre la realidad y la fantasía. Podemos disfrutar pensando escenarios imposibles, imaginado sucesos disparatados y también, obtener cierta ganancia de placer leyendo situaciones profundamente contrarias a nuestro sistema de valores, merced de poder disponer de cierta división subjetiva. Es precisamente a lo que nos empuja Yasutaka Tsutsui; descubrirnos riendo de algo tan increíble y espantoso como “Maneras de morir” (Estoy desnudo, Atalanta, 2009), donde un Oni, “diablo”, “demonio” o “mal genio” según la mitología japonesa, va matando a los empleados de una oficina, uno por uno, en la forma más terrible y espectacular. El precio a pagar por carecer de división subjetiva como lectores, será solo aceptar leer, lo que corresponda con total exactitud a nuestra visión ética, censurando todo posible fantaseo, lo que dejará fuera gran parte de la riqueza de la historia de la literatura
Por suerte, no amanecemos heroicos conquistadores por haber leído a Arturo Pérez Reverte, ni supremacistas blancos por leer algunos textos de Lovecraft, no emparedamos a nuestro vecino en un sótano lúgubre por haber leído a Poe ni tampoco cometemos una violación y femicidio por haber leído a Ernesto Sábato. Y si nos emocionamos hasta las lágrimas leyendo novelas como Cometierra de Dolores Reyes (2025) o El invencible verano de Liliana de Cristina Rivera Garza (2021), es porque más que concienciarnos a lo largo de las páginas, empatizamos con un corazón ético que ya disponíamos previo a su lectura
Esto es así porque realidad social, comportamiento individual y literatura, no son la prolongación inmediata y obligatoria la una de la otra. Ambas se vinculan, sí, pero de forma íntima y sumamente intrincada, indirectamente, de forma excéntrica en un sentido topológico y de manera multideterminada (análogamente a las series psíquicas freudianas).
Quien quiera hacer del mundo un lugar un poco más habitable necesita algo más que palabras, aunque la poesía, como proclamó el poeta Gabriel Celaya, sea todavía un arma cargada de futuro.
Pero claro, tampoco es inocuo para la construcción de imaginarios las escrituras que se propongan. A fin de cuentas el nazismo, fue en parte derivado, no solo del discurso radicalizado en un contexto de crisis económica y política, sino también de una confluencia fatal de lecturas
Determinadas escrituras acaban apoyando, aun sin pretenderlo, la cultura de la violencia y la violación. Si las series de Netflix son cada vez más violentas y las escrituras cada vez también lo son, como si la realidad política y social nos obligara a escalar en correspondencia, a actuar a la altura de los hechos (cuando sabemos que eso no es posible como vaticinó la poeta rusa Anna Ajmátova frente a la persecución estalinista), la realidad social, en algún punto, también acabará siendo más violenta o al menos, más sombría y menos habitable
Las alternativas para quienes narramos son muchas; todas bellas y eficaces
Una vez más, habrá que decir que lo más revolucionario para el relato y el cuento será, entre otras posibilidades luminosas, la elipsis (Angélica Gorodischer), el fuera de campo, la dislocación como forma de velo (Samantha Scheweblin), la interrupción oportuna de la narración (Laura Ortiz), el pliegue, la fractura textual, la difracción y los puntos de fuga en la trama y el final abierto (Silvina Ocampo) y el humor compasivo y la ternura (Andrés Neuman, Hebe Uhart) que apacigüe un poco la ferocidad del superyó, su crueldad insensata
No es lo mismo tampoco las necesidades escriturales de sociedades que fueron fuertemente represoras de la sexualidad como la victoriana donde relatos pícaros aportaban oxígeno para la mente y el alma como en la nouvelle Relato soñado del autor originario de Viena Arthur Schnitzler, que nuestra sociedad actual, de gran crueldad expuesta y donde hay un fracaso generalizado de la represión, en un sentido freudiano, donde los niños ven pornografía desde los diez años
Aunque la risa sea buena para la salud, y sea recomendable prescribirla en amplias dosis, todo intento de reír queda abortado en su misma posibilidad, al comenzar relatos como “La ley del talión” (Estoy desnudo, Atalanta, 2009), donde se nos hiela la sangre al observar como el cazador cazado, se dispone a torturar con total impunidad a su perseguidor hasta sus últimas consecuencias. Algún lector ha señalado que este es mejor relato de la compilación Estoy desnudo de Tsutsui, por la profunda crítica social que encierra. No puedo estar más en desacuerdo; la crítica social queda invalidada cuando el texto es arrojado a ese punto de horror. La lógica de los hechos consumados interfiere cuando no anula los interrogantes y posibles alternativas
Aunque esos crímenes sucedan y hechos aún peores, la literatura ha de hacer otras cosas. La literatura no ha de ser estrictamente mimética con la crueldad, ni acompañar con fidelidad la lógica de la depredación neoliberal (en ese punto se están equivocando a mi modo de ver narradoras actuales como Agustina Bazterrica y en algún relato Tamara Silva Bernaschina). Aunque resuene éticamente con lo que sucede, sin el texto sucede lo mismo que en la realidad, acaba haciendo una suerte de legitimización, una extensión argumentada, no oponible, de lo que podría suceder o de lo que ya está sucediendo
Las distopías clásicas (Yevgueni Zamiatin, George Orwell, Aldous Huxley) aunque tuvieron una justificación contextual intentando actuar de aviso de lo que podría estar por venir, han perdido por desgracia su potencial subversivo y carácter antagónico, ya que el horror generalizado en el que vivimos en su extensión planetaria, como puro ejercicio del poder sin amparo del Nombre del Padre, ha difuminado su legibilidad histórica y no tiene conexión ya con las tradiciones escritas y filosóficas
Tampoco habremos de pensar que la literatura fantástica, por contar historias menos pie a tierra, es necesariamente más subversiva que la llamada literatura realista. Por poner un ejemplo, la tradición fantástica anglosajona es en gran parte profundamente reaccionaria, desde Poe, su célebre precursor, Lovecraft, que quiso ser su legítimo heredero, hasta sus últimos epígonos como Stephen King
Si la causalidad del horror queda exclusivamente del lado de criaturas ominosas o seres individuales y aislados, psicópatas a fin de cuentas marginales, desviados legalmente punibles, se da por hecho implícitamente que la sociedad en su conjunto es buena y el sistema económico-social justo. Ni hay que pensar, que la ciencia ficción, como libre cauce de una antropología especulativa, es tampoco necesariamente transformadora
Cuando la Ciencia ficción (SF) toma un rasgo de lo que ya sucede en nuestros días y lo lleva a su extremo plausible, acaba realizando narrativas al servicio del orden neoliberal. Por ejemplo, no estrictamente en la Ciencia ficción la escritora rusa exiliada en Georgia narra en un cuento suyo de La glándula de Ícaro (Nevsky, 2014) como una tablet cría a un niño y Alberto Chimal narra en Las máquinas enfermas (Páginas de espuma, 2025) la invasión en las vidas y los cuerpos de las inteligencia artificiales. Aunque estos textos intentan ser artefactos de denuncia, son demasiado contiguos a la realidad que ya tenemos en el sistema económico actual; niños criados por las tecnologías y la invasión de las Inteligencias artificiales. Podría llegar un momento que lo más subversivo sea un relato donde una familia cría a su hijo con sencillez y humanidad o una persona compone un poema artesanalmente sin recurrir a la tecnología.
Una opción frente a esta difícil disyuntiva, de las distopías clásicas o la ficción especulativa que acaba sirviendo al orden neoliberal es la “utopía ambigua”, tal como la planteó audazmente la escritora estadounidense Úrsula Leguin en su novela Los desposeídos (1974) –anticipado en textos anteriores como La mano izquierda de la oscuridad (1969) o El nombre del mundo es bosque (1972)- donde se nos presentan sociedades imperfectas, proyectos vivos en construcción, con avances, pero también con notables defectos y equivocaciones, y profundos dilemas éticos, donde todo está todavía por hacer

Otra gran opción es la antropología no especulativa tal como lo plantea la escritora de Bogotá Laura Ortiz Gómez, en su libro de relatos Sofoco donde no se niega lo sucedido, como la guerra y las guerrilla paramilitares que sufrido su país, pero se añade dosis de ternura, humor, despertares sexuales y mirada inteligente. Es la realidad verídica pero metamorfoseada por la sublimación que va actuando de velo al horror, que deja como conclusión que pese a todo, acaba prevaleciendo la vida
Denunciar la violencia en el arte y la literatura, mediante su versión más explícita o aterradora (escalofríos de algunos relatos de Lorrie Moore), es demasiado arriesgado. Esto lo descubrió el cineasta austriaco Michael Haneke, observando horrorizado que se habían recortado las escenas más violentas de sus películas, desvinculadas de su trama argumental, y se habían difundido en YouTube para placer macabro de los espectadores, sirviendo a los propósitos contrarios que el quería denunciar, ya que por desgracia la violencia tiene también un carácter generalizable y performático
Es demasiado tentador narrar la violencia desde una fascinación fetichizada o mediante una escritura igualmente violenta, como suceden en algunos textos de Tsutsui. Ahí, es donde tiene toda su fuerza revolucionaria insertar en la narración la pregunta y el intervalo interrogante decisivo, antes de cruzar la fina línea del “no hay vuelta atrás”, proseguir la compulsión repetitiva del “así fue y será” o alcanzar el estremecimiento pasivizante de los hechos ya irrevocables
Estaremos por tanto una vez más de acuerdo con Jacques Lacan, si en un texto no existe al menos un atisbo de pregunta, y funciona como pasarela sin fisuras negociables, también es justo considerarlo un discurso de dominio, ya que podría provocar la expulsión de lo que más necesitamos para vivir; la insobornable subjetividad, y el vacío y la falta, imprescindibles para que se produzca el deseo
por Joaquín García
La hora del vermut, abril de 2026

