el deseo oculto y la parte ignorada del mito
Marcelino, vecino de las Flores y trabajador de los campos, que estuvo en contacto estrecho con el matrimonio Bioy Casares y Silvina Ocampo (Los Bioy), evoca muchos detalles de él, pero de ella, apenas se acuerda. Dice: “a ella le gustaba caminar. Yo me la encontraba caminando por la ruta, me asomaba y la veía. A veces desde el monte. Siempre por el costado de la ruta.”
Aquí tenemos un primer problema para acercarnos a su vida y escritura: la autora está en fuga, entre neblinas, sin quererse dejar ser apresada. Prófuga de las fotografías, evasora de las entrevistas salvo que estuvieran previamente pactadas y no se usara grabadora. Tampoco daba conferencias ni escribía ensayos teóricos.
Ella nunca está donde parece estar o donde se la esperaba que estaba. Siempre un poco nube, en búsqueda de algún cielo que la amparase. No tenía intención de ser una buena hija, ni la hermana perfecta, ni la esposa ideal, ni una amiga excelente ni una aristócrata convencional, ni una mujer feminista más allá de su deseo de independencia, ni portadora de una feminidad esencial estereotípica, ni mucho menos ajustarse a algún tipo de norma literaria.
Ni torres de marfil ni techos de cristal: su deseo parece que solo radicaba en ser libre a través de la escritura y la sexualidad, y quizás, que la dejasen en paz, que podría ser considerado también una ignorada pero bella forma de amor.
Cuenta el mito, el más común de los lugares comunes, según relata Mariana Enríquez en su libro en forma de retrato La hermana menor (Anagrama, 2018) que Silvina Ocampo estuvo opacada y empequeñecida por varias personas muy cercanas, que llegaron a ser muy importantes en su época, pero esto es solo una verdad a medias, que podría ser la peor de las mentiras.
Estas personas fueron fundamentalmente:
por un lado, su hermana Victoria, la hermana mayor, que obtendría un gran reconocimiento por su escritura y que acabaría fundando y dirigiendo la revista Sur a partir de enero de 1931 hasta aproximadamente 1970 (se editó hasta 1992) y que fue la publicación periódica literaria más importante de Hispanoamérica, testigo de muchos de los grandes acontecimientos del siglo pasado.
Victoria fue una mujer de sumo relieve en la primera mitad del siglo XX en Argentina, solo por detrás de Eva Perón, que para Mariana Enríquez era su espejo invertido. Ella contribuyó a la fama de Borges, fue la primera mujer en utilizar el automóvil en Argentina (el coche y la velocidad fueron símbolos fundamentales para la escritora bonaerense, que hacía de contrapunto al posible estancamiento) y fue la única persona argentina, debido a su compromiso antifascista, que asistió a los juicios de Núremberg. Rompió además con la fundación de Sur la hegemonía masculina en las empresas culturales.
Y los peores contendientes literarios que uno puede tener en el camino, elefantiásicos y con riesgo de fagocitarla: Borges, el que sería su amigo, aunque con diversas tensiones difíciles de asimilar a lo largo de los años, que le presentaría a Bioy, del que se enamoró como un flechazo y acabaría siendo su marido.
Pero ese mito esconde otra realidad como expresa Mariana Enríquez: ella buscaba ese segundo plano, alejarse del posible escrutinio de sus conocidos, disfrutar de la excepcionalidad de ser el etcétera de la familia como ella decía divertida, y de esa forma, oculta del mundo, dar cauce a sus pasiones secretas: escribir, soñar y amar, que parecen ser vertientes de un mismo río para esta excepcional narradora.
No era exactamente desaparecer o volverse invisible, sino la idea de que el deseo solo es posible si es algo oculto. Como si la luz afectara de forma irremediable a lo que más amamos. Era sabido que para verla tenías que ir a su casa, donde podías vivir una experiencia increíble pero también algunas frustraciones inesperadas como recibir comida deliberadamente mal cocinada o café churrascado. Eso daría pie al género de la anécdota Silvina, un género muy practicado en la época.
Porque no es que tuviera un cuarto propio – que según Virginia Wolf era necesario para todas las mujeres que escriben –, si un mundo casi entero a su disposición: casonas despobladas suntuosas pero en ruinas, iglesia de Las flores donde se casó, desproporcionadamente grande para los invitados que aquel día asistieron, villas de campo el matrimonio pasaron largas temporadas antes de regresar a Buenos Aires, tierras por las que se perdían en sus paseos, amplias estancias para viajes reales o fantaseados… y me pregunto: ¿dónde estaba ella en cada uno de esos momentos? ¿disfrutaba esos pequeños placeres cotidianos, o soñaba con una vida mejor, un porvenir siempre demorado, que nunca acabaría por llegar?
pintura, poesía, narrativa y libertad
Silvina rememora y expresa: Comencé dibujando. Dibujaba lo que no podía escribir, escribía lo que no podía dibujar. […] Yo casi toda mi vida la dediqué a la pintura y al dibujo, mi primera infancia, mi adolescencia. Escribí mucho tiempo sin que se enteraran de que yo escribía, algo totalmente informal, libre, ni verso ni prosa, me parecía que no era apto para ser leído o mostrado, hasta que un día empecé a leérselo a alguien. Cuando me di cuenta que conmovía me lancé a una especie de dedicación; en lugar de ponerme a dibujar, me ponía a escribir, por no había un lenguaje para eso, escribía en inglés, en francés o en español. En este idioma las frases me salían incorrectas y tenía que darles vueltas porque mis lectoras fueron primero inglesas y francesas. Me costó mucho escribir en español, siempre la formación de las frases era en mi incorrecta”
Escritura clandestina sin un lenguaje convencional al que recurrir. Escritura audaz: patria extranjera. No había un lenguaje para eso; si su deseo de niña era pintar retratos a conocidos y familiares, a partir de una determinada edad su ímpetu sería llevar la fuerza de la pintura a la escritura. Relatos corporalizados y de gran vértigo narrativo -más que los de Borges que, aunque con su experimentación formal y estilística, eran propuestas más intelectuales y racionalizadas-, donde las palabras saltan del papel, siempre en movimiento, por momentos atropellados, urgentes, siempre desbordados de vitalidad, donde juegan un papel predominante la mirada pictórica y la voluntad incansable y transgresora o una “estética del límite” tal como lo nombra Tomassini.
Es muy difícil comprender su escritura excluyendo su pintura, ya que como expresa Marangello: “algunos recursos pictóricos son reelaboradas en la escritura. […] Su poética se encuentra travesada por la impronta de lo visual y el papel que la mirada adquiere en sus relatos es fundamental”. Muchos de sus textos tienen como protagonistas además a personas que sueñan o se dedican a la pintura.
No solo es que nunca abandonara la pintura por completo, sino que esa mirada, que adquirió en Paris estudiando de la mano de los pintores Giorgio de Chirico y Fernand Léger, le acompañaría toda su producción.
Emparentadas en cierta forma con la pintura y la poética podemos observar en su narrativa la enumeración caótica, las sinestesias, y las perspectivas distorsionadas, influencias tanto del surrealismo (primera obra Viaje olvidado fundamentalmente) como del impresionismo (algo después, por más que Silvina dijera que estaba rechazando a Renoir e intentara escribir en contra de eso) y la escritura vertiginosa, próxima a la escritura automática, donde los elementos van sucediendo por aglutinación, como si fueran trazos de color arrojados “al azar” componiendo un inmenso cuadro como en el relato “La nave” incluido en su último libro, fruto de una madurez narrativa arrolladora: Cornelia frente al espejo (1988).
Su escritura se ha vinculado con muchas formas de pintura, como la pintura metafísica de su maestro Chirico – lo que vive detrás de la escena o del otro lado del espejo – (Valenti) y también con el arte visionario de William Blake (Maranguello).
Según Belén Izaguirre poesía y pintura conformaría un triángulo con la narrativa. Poesía sería los dos ángulos del triángulo – fuerza y sostén –, y la narrativa sería su ápice, una especie de cenit o culminación, como la planta que se va nutriendo de la tierra. Esta aproximación, aunque acertada, adolece a mi modo de ver de una visión algo elitista de la escritura narrativa; que sería concebida como una forma de arte más cultivado que la poesía o la pintura. Sin embargo, hay dos cuestiones profundamente verdaderas que podemos reflexionar a partir de su interesante esquema;
- su verdadera libertad se plasmó en la narrativa, ya que según considerada su biógrafa Mariana Enríquez fue mucho más arriesgada que en poesía
- disputó con arrojo el lugar de narradora, cuando por su clase social, solo le estaba reservado el lugar de poeta (señalado por Adriana Mancini y Betina Keizman)
Su escritura narrativa es poética, demostrando el parentesco del cuento con la poesía. Según Cortázar: “no existe diferencia genética entre este tipo de cuento y la poesía como la entendemos a partir de Baudelaire […] La génesis del cuento y el poema es el mismo, nace de un tiempo en que las etiquetas y los géneros ceden a una estrepitosa bancarrota”
En ella es innegable la fluidez entre los géneros donde según Tomassini “el suceso está subordinado a la visión poética y desconvencionalizada de las cosas”. Su vida fue eso; apalabrar imágenes o pintar el mundo, su mundo, con palabras dentro de lo que Izaguirre nombra como “ambigüedad genérica y discursiva resultado de la creación con elementos constitutivos de diferentes movimientos, artes y géneros”
contexto familiar y social, y la revista Sur
Distancia quizás sea la palabra más adecuada para aproximarnos a como se sentía respecto a la Revista Sur. No era indiferencia absoluta, ya que ella misma publicaba sus textos en la revista y estaba concernida, aunque fuera con el rabillo del ojo, en lo que se publicaba ni era tampoco una adhesión ciega e incondicional.
Según Judith Podlubone, en Escritores del sur: “Silvina Ocampo abrió una alternativa suplementaria al antagonismo entre las morales literarias de Sur; su singularidad dejó en suspenso los criterios dominantes de la revista. La de Ocampo es una de las narrativas más excepcionales que se desencadenó en la revista. Impensada e inadvertidamente, la escritura de Viaje olvidado se resolvió no solo al margen del ideal de escribir bien que caracterizó al humanismo literario del Sur, sino también al imperativo de construir tramas perfectas, que definió el formalismo borgeano”.
Su hermana Victoria defendía intentar hacer compatibles la idea de intelectual comprometido con su época frente al avance de los totalitarismos, sin renunciar a principios estéticos. Pero acabo prevaleciendo la visión más conservadora en la revista considerando que los escritores deben realizar prioritariamente una “defensa de la cultura”, convergiendo la mayoría de ellos en la idea de que el escritor debe ser alguien independiente: comprometido con los valores universales que serían irreductibles a condicionamientos partidarios.
Pero a la hermana menor no le interesaba una escritura comprometida, sino una búsqueda de la libertad, ajena a la buena escritura, quizás demasiado circular, ni tampoco querer buscar esa perfección, quizás demasiado sofocante, de los cuentos borgeanos, desde donde la crítica de la época leía sus cuentos (si eran suficientemente borgeanos o no, como si Borges fuera el patrón-oro, la única forma de medida para la época). Pero ¿quién era y que deseaba en verdad Silvina Ocampo?
el telón del cuento y los personajes como patria afectiva
Cuando nos acercamos a la casa de su escritura, y cuando se levanta el telón del cuento ya que a ella le gustaban mucho los guiñoles, y emprendemos la lectura de alguno de sus relatos tenemos la sensación de un espectáculo solo preparado para nosotros, y de acabar viendo, como voyeurs literarios privilegiados algo que tendría que haber permanecido oculto.
Los personajes para ella parecen funcionar de forma análoga a los objetos con los que juegan apasionadamente los niños y las niñas. Donde a veces se les ofrece destinos esperanzados, pero también hay cierto placer, en arrojarles sin mayor miramiento por el precipicio. Pero por mucho que estos se rompan, Silvina Ocampo no tira sus personajes-juguetes a la basura. En su mundo, tal como los objetos de una gran casona aristocrática – que eran tan grandes que se perdían hasta los manuscritos –, nada se pierde o se gana, todo está allí desde siempre, todos los juguetes mutilados (sin cabeza o sin ojos o a falta de una pierna) acaban volviendo a la caja. La narradora rioplatense no fue nunca muy diestra en el arte de perder, que era una habilidad que según la poeta americana Elizabeth Bishop debían tener los artistas.
Por sus páginas vemos desfilar una serie de personas y personajes, excéntricos y extraños, todos igualmente terribles y amados: sirvientas, niñeras, costureras, planchadoras, mendigos, niños brujos y videntes, adultos luctuosos, pequeños ángeles, personas con el cuerpo deforme, en una galería tan grotesca como luminosa. Todos parecen convivir en una feliz comunidad de extranjeros – tomando prestadas palabras de Pascal Quignard –, pese a la amenaza de violencia que siempre les acecha en los vínculos que establecen, como si la maldad y destructividad fuera también una forma paradójica de armonía.
En sus cuentos tampoco hay que pensar los adultos como las personas malas que corrompen la inocencia de los niños, porque en el mundo de Silvina Ocampo los adultos son algo perversos, pero es que los niños también lo son, niños terribles que asumen el Mal, no la revolución como sostiene Blas Matamoro en el ensayo que le dedica llamado La nena terrible. Es un universo indiferenciando y deseante – sin límites claros ni por edad, sexos o clases sociales – que no tiene el amparo de la legislación y jerarquización que ofrecería el nombre-del-Padre. Es la versión aún más nocturna, del universo imaginado por la poeta uruguaya Marosa di Giorgio.
En su vida fueron muy importantes los mendigos que también aparecen en varios de sus cuentos. No era exactamente empatía o caridad lo que sentía por ellos, sino una curiosidad íntima, una fascinación algo morbosa donde vivir con esas personas le podrían sustraer a la lógica imperativa de las convenciones familiares aristocráticas y lo que se esperaba para una niña de su clase social. Con los mendigos, podía ser algo más libre ofreciéndoles un café o té con leche o, aunque fuera un terroncito de azúcar, les esperaba cada mañana llegar con expectación subida a un cedro.
Curiosidad y amor que como sostiene Mariana Enríquez nunca se transformaría en algún tipo de conciencia política o acción social directa (ni siquiera una decidida política cultural). Cuando alguien de su familia le reprochó duramente que se hiciera amigos de los pobres y linyeras de los barrios bajos: “no puedes tener trato con esa gente. Así nunca vas a lograr que te respeten” ella respondió con decisión: “Yo no quiero que me respeten. Yo quiero que me quieran”.
¿En qué medida el deseo de ser amada condicionó su libertad creativa? ¿fueron algunos de sus textos demasiado transferenciales con las expectativas de la revista, el desvío formalista tal como lo nombra Judith Podlubone, respecto de su segundo libro de cuentos Autobiografía de Irene, publicado por Sur en 1948?
escribir como forma de promesa
Escribir era para Silvina Ocampo una forma de promesa, sostenida consigo misma a través del tiempo; una forma de prolongar la vida. El acontecimiento según ella más importante de su vida. Un conjuro y remedio anti-melancólico, una pequeña armadura contra el desamparo de los linajes aristocráticos, que su hermana redujo al término “disfraz”, ya que su problema mayor no era la crueldad imaginada, como tantas veces se subraya – que en cierta medida la vivificaba – , sino el acecho de la soledad y la tristeza.
Durante toda la vida sostuvo la falta, vacío a través del cual se sueñan personajes y universos caleidoscópicos, pero en algún momento ella llegó dejo patente que quería escribir sobre nada, o lo que podría ser lo mismo: dejar de escribir; sentir que la vida había perdido cierta dignidad, ya que vida y escritura eran para ella una misma cosa
La novela de su vida sería La promesa, que tuvo como títulos posibles Los epicenos y Memoria de la ciudad perdida, y fue un proyecto de ficción según –se nos aclara en la nota preliminar escrita por Ernesto Montequín en el que Silvina Ocampo trabajó durante casi 25 años, desde la mediados de 1960, que nunca fue del todo secreto ya que ella iba haciendo pequeños anuncios de su futura aparición, en un porvenir que nunca terminaba de materializarse, y que se acabaría publicando póstumamente en 2011. Hizo una extracción de diecisiete de sus episodios, por motivos que nunca aclaró, para publicarlos juntos en el volumen de cuentos Los días de la noche (1970). No quería ser esos cuentos al terribles, o al menos, no solo eso.
La lectura de esos textos imbricados de forma delicada, resultan íntimos y conmovedores – lo que era el “éxito” en escritura para nuestra autora, conmover a alguien –, y son junto con su autobiografía poética también hallada tras su muerte titulada Invenciones del recuerdo escrita intermitentemente entre 1960 y 1987 los que mejor dan cuenta de su vida, ya que seguramente no quedó muy satisfecha tampoco ni pudo hacer vibrar su voz de manera suficiente en la novela de corte policial y algo british realizada en colaboración con su marido Bioy, titulada Los que aman, odian publicada originalmente en 1946.
El manuscrito que se tomó para la publicación de La promesa son las hojas mecanografiadas donde había también a unas notas manuscritas por la que fue su secretaria durante cuarenta años, Elena Ivulich, que se encontraron en su casa en una carpeta tras su muerte, que no ofrece indicios concluyentes de que la autora diera el libro por acabado, porque si este libro acababa podría quedar demasiado anunciado también el final de su vida.
El planteamiento argumental del libro no está realizado a media rienda, con distancia y sin mucha visceralidad, como recomendaba escribir en general su compatriota Hebe Uhart, sino a vida o muerte.
Una mujer narradora innominada, donde vemos sin muchos velos a la propia Silvina, tras caer de un barco trasatlántico, promete a Santa Rita – la defensora de lo imposible – que si sobrevive evocará todas las personas que fueron significativos a lo largo de su vida. Estas ¿personas o personajes? están descritos en un estilo colorido y vitalista, sumamente cercanos, como quizás no terminaron de ser muchas relaciones para la autora, y resulta en su conjunto una visión mucho más intimista que fantasmagórica, como ella consideró de forma demasiado severa consigo misma
No queda claro quiénes son esas personas para la autora y mujer, y que lógica desconocida sostiene estas repeticiones. La premisa de fuerte dramatismo es parecida a la que sostiene Sherezade con el sultán persa Shahriar (que significa rey) en Las mil y una noches, cada pequeño relato permite soñar con un día más con vida. Esto actuaba sin quererlo de metáfora terrible de lo que sufriría Silvina después, una historia demasiado triste como para ser relatada.
Cuando el último personaje es evocado en la novela y la vida podría terminar, la vida continua, en forma misteriosa, a través de un epilogo lírico y exuberante, totalmente desgarrador, de unas breves páginas / ya sin personajes, o con estos transmutados
Allí Silvina parece querer ser recordada antes de que llegue el fin por la persona que ama ¿estaría hablando de su amiga y confidente íntima Alejandra Pizarnik?
allí, donde acariciar y besar con amor a una gacela fuera de su jaula, ser comprendida y reírse con los monos, obtener quizás alguna compañía de los distintos animales de la creación
allí, donde su marido Bioy no marche cada mañana a la ciudad a buscar nuevas amantes
allí donde el amor, sea automóvil que la lleva o nave que la porta a mundos más allá del orden aplastante impuesto por la vida
allí, donde su amigo Borges no critique sin piedad a las autoras, solo por el hecho de ser mujeres
allí, donde las casas no transmitan los dolores a través de las paredes o los insectos no devoren los libros que han de volar por siempre
allí, donde Elena Garro o su hermana Victoria Ocampo no le digan palabras sarcásticas, crueles
allí, donde su libertad creativa, su subversión lingüística, no sea al precio para dejar de ser querida
allí, donde su sexualidad y escritura sea entendida, o al menos aceptada
Y desde ese lugar extrañado, ajeno a cualquier posible fotografía, sustraído a los triángulos terribles de su familia y época, junto al árbol que recuerda – un paraíso con flores violetas y margaritas perfumadas – hacernos llegar su voz inconfundible, como una mujer terrenal y de misterio indescifrable, donde nadie le recuerde ya lo cruel que puede llegar a ser la vida.
Un lugar, con un mar de por medio, fértil e inmenso, que consiga amortiguar las palabras más duras o lleno de perfumes silvestres y evocadores como su propio nombre, jardín o bosque, más acá o más allá de este mundo.
¿y la crueldad?
La cuestión de la crueldad en Silvina Ocampo viene derivada según mi consideración de una suerte de canonización forzosa. Parece que también los lectores les fue fascinando esa violencia y crueldad, y se suelen elegir en las listas de sus cuentos más célebres precisamente los más crueles, distorsionando la visión de conjunto.
Es decir; las personas que subrayan que escribía textos muy crueles es porque al mismo tiempo como lectores han priorizado e incluso han quedado fascinados ese tipo de relatos. De esa forma se visibiliza de forma unánime su violencia proliferante y su perversión generalizada, donde supongo que ya no añade nada decir: polimorfa.
Pero en el cuento “Los libros voladores” lo que observamos en es el anhelo de ser tan libre como unos libros que vuela
Y en el cuento “Soñadora compulsiva” lo que vemos es una niña algo indefensa, extraña a su propia familia, buscando hacerse un lugar a través de los sueños (y el perro guardián que surge de ellos) y sus dotes de adivinación para no ceder a la violencia de Armindo o caer del lado de la mentalidad superyoica de su madre donde las cosas son como son y punto, donde ya no habría ningún espacio para el sueño entendido como deseo
Y en el cuento “El automóvil” solo parece querer seguir la velocidad y el rumbo de a quien se ama
Por otro lado, la cantidad de violencia y crueldad es demasiado innegable para no merecer unas palabras. Sin querer recurrir a la carta forzada de la clínica, a mí me parece que esta crueldad son los límites oscuros y para ella inevitables que se cruzan intentando alcanzar la libertad creativa. No exactamente como la apertura de zoom, de la mirada etnocéntrica realista de la sociedad según Balzac, donde a medida que se añaden capítulos a su Comedia humana acabarán apareciendo inevitablemente personas avaras, maliciosas y de moral más que dudosa.
Para ella esto no es fruto de la instalación de la modernidad, en su mito de orígenes extemporáneo y por fuera de la historia, estas personas existen desde siempre, como un edén primero que quiso ocultarse, en una versión suavizada y de cuentos de hadas que tanto le gustaban como en un cuadro del pintor El Bosco, jardines de las delicias según el pintor y la propia autora o infiernos musicales, por decirlo según la poética de Alejandra Pizarnik.
Sin querer exculpar su gusto subjetivo por la crueldad, siempre me parecerá más cerca a la violencia transformante y rebelde de Los cantos de Maldoror del conde de Lautremont donde la tierra acepta también ser fecundada por frutos amargos que la perversión fantasmática y dirigida, con deseo (sexual) pero sin vida, de un Marqués de Sade.
…a modo de conclusión
Silvina Ocampo practicó durante toda su vida una escritura indócil, inconvertible a cualquier norma literaria, por más que se quiera comparar con Borges u otros autores rioplatenses, con alguna pequeña traición a su insubordinación en su segundo libro de cuentos, su giro formalista, que no se puede considerar algo general y que además es un hermoso e inquietante libro de cuentos, solo que de preceptiva más clásica y borgeana.
Son muchos los mecanismos puestos en marcha para reducir la compacidad fálica de sus textos y que hacen que lectura no sea una suerte de consumación; las fracturas textuales, la ambigüedad, los puntos de fuga, los pliegues (barrocos) -libro plegado, biombo más que cajas chinas- y el efecto de sugerencia que produce un efecto de lectura de éxtasis placentero y suspensión del sentido común.
Estoy de acuerdo con Mariana Enríquez en que en su escritura tomo más riesgos en su cuentística, que en su poesía. Parece incluso que la poesía, en fidelidad a una visión más tradicional, resultara cierta coartada inconsciente para desarrollar mayor libertad creativa que en sus relatos. Pero también hay textos poéticos más libres que otros, como Invenciones del recuerdo, donde vibra en cada frase y en cada página
El filo por el que caminó en su trayectoria vital es el riesgo es que la soledad imprescindible para los procesos creativos, el cuarto propio propuesto por Virginia Woolf, acaban deviniendo encierro y aislamiento, como por desgracia acabaría sucediendo al final de su vida.
Pero tampoco sería justo dar solo una idea de mujer ensimismada y abstraída en su mundo, quiso a muchas personas y a fondo, pero ella elijía a quien, cómo y dónde. Quiso a Alejandra Pizarnik, con la que se intercambiaba cartas íntimas y apasionadas, aunque no la supo ayudar en los últimos momentos antes del desastre (a ella no se le podía pedir ese tipo de ayuda) y también a su marido Bioy (por increíble que esto nos parezca, ellos se querían) pero había cierto temor por la muerte que oculta algo más difícil aún; un temor a la vida
Su escritura fue remedio anti-melancólico y contra una soledad que siempre le acechaba de gran eficacia a lo largo de su vida, escribió casi hasta al final, lo que le acerca de forma insospechada a otra escritora muy singular: Clarice Lispector, que era alguien que había leído y admiraba, junto con Djuna Barnes.
Silvina Ocampo nunca llegó a entender el feminismo. Si ella ya era una mujer independiente, no entendía que aportaba añadir el título de feminista. Pero claro, ella podía ser independiente, por la riqueza acumulada por la familia y por su privilegio de clase y no entendió el anhelo legítimo de otras muchas mujeres argentinas. Tampoco recibió con gran entusiasmo el voto femenino propuesto por Eva Perón, le parecía demasiado obvio como para ser celebrado, sin entender que los derechos de las mujeres responden también a luchas históricas y sociales. Su hermana, aunque hizo algunos avances en los derechos de las mujeres como ser la primera mujer en conducir un automóvil, tampoco podía convertirse en herramienta de subversión social, ya que sus logros individuales no se incardinaban a movimientos populares más amplios
El grupo Sur fueron, Silvina Ocampo también, unánimemente antiperonistas. Criticaban el peronismo, lo veían como una grave amenaza de las masas, porque lo asimilaban de forma gruesa a una especie de fascismo europeo, y en su mirada a Europa y a la gran América, no entendían las especificidades de los movimientos sociales en Latinoamérica y no comprendieron el sueño que representaba para las clases populares. También realizó algún poema satírico político al respecto que es mejor olvidar.
Si la escritura en su vertiente política, en sus múltiples manifestaciones, es un anhelo de muchos que leemos más que una obligación, lo único que se le puede pedir quizás a alguien que escribe es que en sus experimentaciones formales y estilísticas no acaben siendo del todo opacas a su propio deseo. Y en su caso nunca lo fueron.
Allí está ella, elusiva pero siempre presente, como escritora y mujer, hablándonos de formas misteriosas, desde múltiples lugares, a través diferentes personajes y escenas, en una música coral y polifónica. Un recorrido solícito y generoso, plástico y rotundo, libérrimo en el fondo y la forma, abierta a las generaciones y sus distintas interpretaciones
Para ella escribir fue el hecho más importante de su vida y el éxito, ni más ni menos que poder conmover a alguien, a algún lector o lectora. Creo que muchos y muchas, felices y extasiadas tras su lectura, habremos de decir convencidas que lo ha conseguido.
***
texto inédito de Joaquín García Ruiz-Zorrilla
La hora del vermut
mayo, 2026



