EL HIJO al nacer porta mucho del padre
y el padre espera grandes cosas del hijo.
Son dos espejos mutuamente orientados,
que si no se desacoplan pueden acabar cegando.
Entre ajuste y ajuste: la ira y la esperanza.
Cuando llegaron los peligros del crecimiento
y el mundo comenzó a empujar con fuerza centrífuga,
mi padre asumió que no sería a su imagen y semejanza
y yo, que para esta travesía, su palabra y su amor
no bastan.
Vivir es estar a la altura de la herida.
Quien quiera entrar en Ítaca
tendrá que dejar afuera los espejos.
***
TU CUERPO se volvió rezo en la noche de la ausencia.
Fulgor de la angustia, de tu viaje de lo visible
a lo invisible y un abrazo
desconsolado a un ataúd inerte
comprendí: ningún hijo puede con su cuerpo
devolver la vida a su padre.
No era aún el tiempo del milagro; la noche es el momento
de la palpitación y la inminencia donde el silencio es fecundado
por una colección de lágrimas y recuerdos tiernos
de la infancia.
***
PADRE, te fuiste sin darme una palabra que necesitaba:
¿Cómo elegir lo que no se elige?
¿Qué palabras para para la larga travesía del mar?
Tu tierra natal, tu mar, tu mar eterno.
Tus amigos fieles, la vida sencilla
que tanto amabas, la caricia de un cabello
en un verano que nunca terminaba.
El milagro sería finalmente a la inversa,
el signo-losa entraría
en la mecánica fluida del significante
y la vieja lápida del cementerio
se llenaría de flores y palabras.
Cuando salimos, había llegado
ya la primavera.
Poemas a mi padre, por Joaquín García,
del libro El deseo es un pájaro sin nombre (Ed. Adarve, 2023)
La hora del vermut, abril de 2026



