Este melón es una rosa,este perfuma como una rosa,adentro debe tener un ángelcon el corazón y la cintura siempre en llamas.Este es un santo,vuelve de oro y de perfumetodo lo que toca;posee todas las virtudes, ningún defecto,Yo le rezo,después lo voy a festejar en un poema.ahora, sólo digo lo que él es:un relámpago,un perfume,el hijo varón de las rosas. *** Me acuerdo de los repollos acresponados, blancos -rosasnieves de la tierra, de los huertos-, de marmolina, de laporcelana más leve, los repollos con los niños dentro.Y las altas acelgas azules.Y el tomate, riñón de rubíes.Y las cebollas envueltas en papel de seda, papel de fumar,como bombas de azúcar, de sal, de alcohol.Los espárragos gnomos, torrecillas del país de los gnomos.Me acuerdo de las papas, a las que siempre plantábamos enel medio un tulipán.Y las víboras de largas alas anaranjadas.Y el humo del tabaco de las luciérnagas, que fuman sin reposo.Me acuerdo de la eternidad. *** Ellos tenían siempre la cosecha más roja, la uva centelleante.A veces, al mediodía, cuando el sol embriaga -si no, nuncanos atreviéramos-, mi madre y yo, tomadas de la mano,íbamos por los senderos de la huerta, hasta pasar la líneacasi invisible, hasta la vid de los monjes. La uva erguíabien alto su farol de granos; cada grano era como un rubísin facetas con una centella dentro. Ellos estaban aquí y allácon las sayas negras o rojas, y parecían escudriñar diminutasestampillas, grandes láminas, o meditar profundamente sobreel Santo de esos lugares. A nuestro rumor alguno dirigíahasta nosotras la mirada como una flecha de oro o de plata.Y nosotras huíamos sin volvernos, temblando bajoel inmenso sol. *** A veces, en el trecho de huerta que va desde el hogara la alcoba, se me aparecían los ángeles.Alguno, quedaba allí de pie, en el aire, como un galloblanco -oh, su alarido-, como una llamarada de azucenasblancas como la nieve o color rosa.A veces, por los senderos de la huerta, algún ángel meseguía casi rozándome; su sonrisa y su traje, cotidianos;se parecía a algún pariente, a algún vecino (pero, aquelplumaje gris, siniestro, cayéndole por la espaldahasta los suelos…). Otros eran como mariposas negraspintadas a la lámpara, a los techos, hasta que un díase daban vuelta y les ardía el envés del ala, el pelo,un número increíble.Otros eran diminutos como moscas y violetas e ibantodo el día de aquí para allá y ésos no nos infundían miedo,hasta les dejábamos un vasito de miel en el altar. *** Anoche, volvió, otra vez, La Sombra; aunque ya habían pasadocien años, bien la reconocimos. Pasó el jardín violetas,el dormitorio, la cocina; rodeó las dulceras, los platos blancoscomo huesos, las dulceras con olor a rosa.Tomó al dormitorio, interrumpió el amor, los abrazos; los queque estaban despiertos, quedaron con los ojos fijos; soñaban,igual la vieron.El espejo donde se miró o no se miró, cayó trizado. Parecíaque quería matar a alguno. Pero, salió al jardín. Giraba, cavaba,en el mismo sitio, como si debajo estuviese enterrado un muerto.La pobre vaca, que pastaba cerca de la violetas, se enloqueció,gemía como una mujer o como un lobo. Pero, La Sombra se fue volando,se fue hacia el sur. Volverá dentro de un siglo. *** Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto,que fueron la desesperación de todos los que vivimos juntosen aquel tiempo.Y en la cara tenía varias dentaduras, y lentes celestes comoel fuego.Al pasar, por la tarde, parecía el ángel de la devoración conpie punzó.Mas, en realidad, amó la luz solar. Comía guindas, llevándoseuna a cada boca.Y sentía temor y amor hacia el Maestro Tigre que llegabaen la noche a buscar doncellas.Y nunca la eligió. *** De súbito, estalló la guerra. Se abrió como una bomba de azúcararriba de las calas. Primero, creíamos que era juego;después, vimos que la cosa era siniestra. El aire quedóligeramente envenenado. Se desprendían los murciélagosdesde sus escondites, sus cuevas ocultas caían a los platos,como rosas, como ratones que volvieran del infinito,todavía, con las alas.Por protegerlos de algún modo, enumerábamos los seres y las cosas:«Las lechugas, los reptiles comestibles, las tacitas…».Pero, ya los arados se habían vuelto aviones; cada uno, teníacalavera y tenía alas, y ronroneaba cerca de las nubes, al alcancede la manos pasaron los batallones al galope, al paso. Se prolongóla aurora quieta, y al mediodía, el sol se partió; uno fue hacia el este,el otro hacia el oeste. Como si el abuelo y la abuela se divorciaran.De esto ya hace mucho, aquella vez, cuando estalló la guerra,arriba de las calas. *** -Usted nunca tuvo hijos.-No. Aunque, un día, cuando era chica, surgieron de mí, de mi pelvis, treslagartos. En cartílago grueso y anillado. Tres.-Eh.-Sí. Iban por la hierba. Al parecer tenían ojos, pero no pude saberlo. Sehundieron en el piso.-Oh.-Pero antes oí un alarido, como si dijesen: ¡Mamá! ¡Ay, madre! ¡Ay!-Oh.-No volvieron nunca. En el momento de la parición, salían de mis pechos (delizquierdo y del derecho), una gotita de sangre y una gotita de leche.-…!Y ella quedó impasible. Y aunque era completamente blanca, pareció lo quesiempre había parecido:Una princesa india, abajo de su anacahuita. *** Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado. Sealimenta de muchas especies y de sólo una. Las busca en lanoche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí.Mi alma tiene miedo y tiene audacia. Es una muñeca grande,con rizos, vestido celeste.Un picaflor le trabaja el sexo.Ella brama y llora.Y el pájaro no se detiene. Nota: Acabas de leer algunos poemas originales de Marosa di Giorgio, que hemos ordenado según fueron apareciendo en sus libros:Poema X, de Magnolia / 1965Me acuerdo de los repollos…, de Historial de las violetas / 1965Ellos tenías la cosecha más roja…, de Historial de las violetas / 1965A veces, en el trecho de huerta que va desde el hogar…, de Historial de las violetas / 1965Anoche, volvió, otra vez, La Sombra…, de Los papeles salvajes / 1971Había nacido con zapatos…, de La liebre de marzo / 1981De súbito comenzó la guerra…, de Los papeles salvajes / 1991Misal de la virgen, de Obra completa / 20025Mi alma es