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Sara Gallardo, relatos

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En los jardines que van de Palermo a la Recoleta hay un cuadro de césped. Cierto año, los jardineros se olvidaron de cortarlo. El pasto creció a sus anchas.

Cada media hora corría un tren, con hálito ferruginoso. Las raíces lo sentían pasar. Las lombrices interrumpían sus caminos.

A su antojo crecieron los pastos.

En otoño, los jugos atravesaron la tierra como la aguja del colchonero el espesor de la lana. Pastos y lombrices se sorprendieron con la novedad.

Al caer el sol, los porteros de los departamentos quemaban la basura. Aparecían trombas sobre los edificios. Revoloteando en las telas metálicas de las chimeneas, negros papeles se desmenuzaban en su afán por salir. Las chispas se entregaban al aire, desaparecían; los hollines ascendían. Otros hollines, salidos de otras casas, se encontraban con ellos. Juntos formaban nubes. Desbaratadas por un vuelo de pájaros, por el paso de un tren o un golpe de viento iban a aterrizar sobre el césped.

El césped. Junto a los semáforos de la avenida, colores amarillo, rojo o verde lo tenían según el orden de paso; y los autos le echaban una estela de humo.

No era un césped. Era casi un pastizal.

Mullido, atraía a los enamorados. A los chicos, que juegan al futbol, o se tambalean, padres detrás. A los vendedores de helados, cuando ganaba el calor y se sentaban. Y a los que cargando termos de café trataban de hacerse oír por encima del paso de los trenes. Atraía a los pájaros, porque encontraban buena comida. Y a los insectos porque era una selva de refugios.

Atraía a los dueños de los perros.

Los perros eran lustrosos, ávidos de correr, de oler, de hacer necesidades.

Tenían dueños de todas clases. Confiados, soltaban las correas. Temerosos, corrían atados a ellos. Y si mujeres, iban torciéndose los tacos de los zapatos. Los perros sueltos y los perros atados se encontraban, gimiendo. Los libres disparaban, persiguiéndose, volvían al oír gritar sus nombres.

Hay una hora de la noche, cuando los enamorados se han ido a sus casas y los trenes paran, en que el rocío cae sobre el césped. El hollín resbala. Cada pasto guarda una gota.

Y los días de lluvia. Sólo agua, lavando, susurrando, mojando. Ni persona, ni perro. Callado, el pasto abre la boca.

Un día, el intendente municipal recorrió todos los jardines que van desde Palermo hasta la Recoleta. Un rey había anunciado su visita.

Llegaron los jardineros.

Cortaron todo el pasto. De norte a sur, y de este a oeste.

Y el pasto que moría cantó.

Cantó el aliento y el trepidar del tren, el hollín que baja, los jugos del otoño. Las lombrices. Los enamorados. Las luces del semáforo. Los vendedores de helados. Los insectos. Los perros atados y los perros desatados. Y los dueños de los perros. Los pájaros. Los vendedores de café. Los niños crecidos y los que aprenden a caminar. El rocío, el humo de los autos, la lluvia.

Cantó, esa voz de césped, ese olor de césped cortado.

 

***

 

El rápido a Bahía Blanca arrastró al hijo del capataz de la cuadrilla que reparaba las vías. Era un hombre triste desde la muerte de su mujer; con esto se dio a beber.

El hijo estuvo un mes como dormido. Cuando volvió a su casa no era el mismo.

Rengo. Pero sobre todo ausente.

Se entregó a encender pequeñas fogatas.

Las alimentaba de día, de noche.

A veces levantaba los brazos dando un grito.

Una tarde, su padre llegó del almacén y se puso a llorar. ¿Qué hacía con esos fuegos, por Dios Santo? Causaban la compasión de los vecinos.

A la hora del accidente, dijo el niño, vi los trenes de los muertos.

Cruzándose como rayos sobre el mundo. Unos venían y otros iban y otros subían o bajaban sin dirección y sin destino. Vio en las ventanillas las caras de los muertos de este mundo. Lívidas caras con sonrisa, caras dobladas. Caras sujetas por telas que asfixian, manos que cuelgan, pelos de colores, electricistas, amas de hogar, sacerdotes, presidentes de compañías. Muertos en vida. Pómulos cubiertos de polvillo de hueso. Zarandeándose.

Vio conocidos. Vecinos.

En trenes que refulgían como fantasmas que se levantan de pantanos. A cabezadas, rizos contra los vidrios, sin pedir ayuda, sin desearla. En una noche permanente, los trenes sin voz ni silbato, cruzándose. Sin señales, sin orden.

Se superponían, se sucedían, se cambiaban.

Nadie los oye ni los ve, volando en todas partes sobre el mundo.

El dolor que había visto era alegre junto al dolor en esos trenes. Vio, como si los tocara, que el frío congelaba a esos viajeros, igual que a los que duermen para siempre en los Andes. Y dentro de esos témpanos los ojos llamaban sin llamado.

Ponía señales para eso. Para los trenes de los muertos.

 

***

 

Por su familia, tuvo y no tuvo suerte. Venía de perros cazadores. Oyó hablar de hazañas. Aquel ardor, aquellas almas.

Todos desmesurados

Primer engaño fue ese, la familia. Segundo su belleza. Nadie dejó de considerarla espléndida.

Y era fútil.

Se encontraba a sus anchas entre los perros y las perras del jardín interior. Lo más banal. Instalada entre tan pobres personalidades, algo como el sonar de un batallón remoto empezaba a sonarle. Era lo oído entre los cazadores, en su familia. Y parecía, se sentía, superior a los simios.

Volvía a los suyos, al jardín exterior. La demanda que batía en sus sangres le resultaba entonces de mal gusto. Ajena. Lloraba a solas. Se creía una reina destronada.

Tal vez sólo era débil. Como tantos.


***

 

¿Conocen la palabra Chapadmalal? Significa corral pantanoso. Dice: concentración de belleza. Una casa, un parque. Sobre todo caballos.

Los mejores van después al cementerio, allí duermen, allí se vuelven Chapadmalal.

Un poeta los cantó, y no hay mejor manera de contar la verdad.

Sólo quiero recordarles que cada medianoche sin luna se arma una carrera en aquel aire. Dicen que solamente los de alma pura llegan a verla.

Experimentan en la noche un temblor, ir y venir de patas. Una vez más, la fragancia del sudor de caballo.

Dejando su envoltura de raíces, los grandes corredores fosforecen. En torbellino van, un tropel sin tropel, en disparada. Llevan las aclamaciones de las tardes. No está lejos el mar. Eso se sabe.

Quién tuviera corazón puro. Ver la carrera de los caballos idos de Chapadmalal.

 

 

Nota:

Relatos originales de la escritora argentina Sara Gallardo

Por orden de lectura:  «Un césped»,  «Los trenes de los muertos», «Perplejidades» y «La carrera de Chapadmalal» todos ellos recogidos en el único volumen de relatos que publicó Sara Gallardo, El país del humo publicado originalmente en 1977 recuperado por la editorial Malas tierras en 2022

Se recomiendan otros textos suyos publicados con mucho cariño y atención por la editorial Malas tierras, que ha hecho una importante contribución a la recuperación de esta autora como:

Enero (Malas tierras, 2021), su primera novela, donde podrán conocer los deseos y desventuras de la inolvidable Nefer, mujer del campo argentino

Eisejuaz (Malas tierras, 2022), su novela más emblemática

Y La rosa en el viento (Fiordo, 2025) su última novela y quizás más alucinada

También recomendamos su libro Vivir de viaje (Fondo de cultura, 2022) con selección de textos y prólogo de Lucia Leone, aunque llega con dificultad a España

También nos ha parecido muy interesante el artículo aparecido en Letras libres titulado Sara Gallardo y la feliz anomalía de Eisejuaz, por la escritora y poeta María Negroni

 

La hora del vermut, enero, 2026

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