
Dolores Reyes, dice en alguna entrevista que hace algunos años, se encontraba participando en un taller de escritura donde alguien leyó un texto que terminaba con las palabras «tierra de cementerio» y se le apareció de pronto la que iba a ser Cometierra como ella la imaginó al principio de su narración: «siete años, flaquita, el pelo lacio y llovido, piel color de la tierra, que lo que hacía era meter la mano y tomar un puñado de tierra y tragarla».
Dolores Reyes demuestra con su valiente apuesta que un texto puede ser al mismo tiempo testimonio y luz. ¿Qué pasaría si las heridas hablaran? ¿Qué tendrían para decirnos los muertos si no hubieran sido silenciados? parece ser algunas de las preguntas que atraviesan sus páginas.
La escritura de Dolores Reyes es más la evocación de pérdidas y ausencias más que la celebración de una consumación. La relación cuerpo-escritura es aquí fuerte e implicativa y no se resuelve en lo meramente emotivo ni en una escritura que sería puro acto creador individual. El texto permite la hipótesis de que contiene en sus páginas algo de las vidas que se perdieron, algo de sus cuerpos y su presencia. Quizás aquí radica parte de la potencia del texto.
Este libro habla sin decirlo de los desaparecidos durante la dictadura argentina, y los femicidios que ella considera que muchas veces son en Argentina una forma también de violencia de estado. Tampoco sabremos el nombre de la niña que nos cuenta la historia. ¿Será un narrador que contiene a parte de un pueblo?
Elegir a una niña como protagonista y narradora también cumple una importante función política. Poco importa si una niña argentina de su edad habla exactamente así ya que la literatura nunca es exactamente mimética con la realidad -edad que además no se nos revela en ningún momento-, lo importante es el registro expresivo que se alcanza, ya que esta historia pedía a gritos narrarse de esta forma: con frases sueltas y descarnadas, con un lenguaje despojado y sin apenas ornamentación, mostrando en su ausencia aquellas flores que faltaron en aquellas desapariciones sin posibilidad de entierro o apenas despedida. Y dejando patente como raíces de árboles desnudas también una historia de abandono y desamparo.
Si Cometierra no tiene nombre es porque ella es más de una niña. Es el alegato de muchos y muchas, expresado a través de un lenguaje-tierra, lenguaje-cuerpo, pero también lenguaje-porvenir, ya que su final nos advierte -en su indeterminación y relativa ambigüedad, que es más promesa que profecía- que la mirada, la ternura y la memoria colectiva podrían ser los últimos actos humanos frente algunas amenazas del mundo contemporáneo.
Si alguna autora importante ya ha desertado de la batalla y el reto de seguir narrando el porvenir como la antropóloga feminista Rita Segato que se ha declarado recientemente post-humana, Dolores Reyes no abdica en una escritura que además de ser testimonial es reparatoria, iluminadora, y convocante y que no por ello renuncia del todo a la belleza. Su libro es también apuesta estética. Testimonial no sería justo reducirlo en este contexto a lo biográfico.
La tierra parece a ser el precio a pagar cuando la dignidad y la verdad no queda más remedio que buscarlas en solitario. Tierra, elemento y metáfora, que parece articularse en dos polos: son el cuerpo de los que murieron pero también la historia de un nacimiento y un despertar. Dentro de ese viaje de descubrimiento que es el crecimiento de esta niña podría incluirse la sexualidad, puntual pero no del todo lateral en esta historia, pero sobre eso prefiero guardar silencio, ya que no me queda del todo claro los propósitos de la autora.
Este libro es difícil buscarle filiación aunque otras autoras hayan abordado temas emparentados. Aunque dialoga con libros como Ceniza en la boca y Casas vacías de la mejicana Brenda Navarro, este libro es un poco huérfano como su protagonista. Es un libro que busca alianzas simbólicas y compañías y sería una pena que su destino fuera solamente encontrar un espacio en bibliotecas y librerías. Este es un libro que renace de la tierra y que podría acabar dando sombra al pueblo como los árboles generosos o las valientes abuelas de la plaza de Mayo.
Pueblo que nunca hay que confundir con lo meramente colectivo, ni tampoco con los individuos que componen una sociedad. Pueblo es lo que nace o está por nacer, lo que consigue vencer a las inercias y derivas autoritarias, lo que habría de decirse para encarnar una causa. Si acaso esa causa emerja o siga emergiendo, ojalá sea así, este libro podría ser su mejor altavoz.
Gracias a un calibrada dosificación de cuestiones sutiles y explícitas, y a la presencia de distintos acentos y pesos narrativos, es un libro que relatando hechos inevitablemente tristes no resulta desolador, siendo trágico no es clausural, y se produce la bella paradoja, que uno llega al final de las páginas con dolor y lágrimas en la cara pero a su vez con unas fuertes ganas de vivir.
Un libro que, en el alcance de su decir, sentimos que atraviesa cualquier intento de exégesis o hermenéutica.
Algo de luz al fin entre tantas sombras.
Joaquín García
enero de 2026



