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Silvina Ocampo

la búsqueda de la libertad y la escritura: SILVINA OCAMPO

  el deseo oculto y la parte ignorada del mito Marcelino, vecino de las Flores y trabajador de los campos, que estuvo en contacto estrecho con el matrimonio Bioy Casares y Silvina Ocampo (Los Bioy), evoca muchos detalles de él, pero de ella, apenas se acuerda. Dice: “a ella le gustaba caminar. Yo me la encontraba caminando por la ruta, me asomaba y la veía. A veces desde el monte. Siempre por el costado de la ruta.” Aquí tenemos un primer problema para acercarnos a su vida y escritura: la autora está en fuga, entre neblinas, sin quererse dejar ser apresada. Prófuga de las fotografías, evasora de las entrevistas salvo que estuvieran previamente pactadas y no se usara grabadora. Tampoco daba conferencias ni escribía ensayos teóricos. Ella nunca está donde parece estar o donde se la esperaba que estaba. Siempre un poco nube, en búsqueda de algún cielo que la amparase. No tenía intención de ser una buena hija, ni la hermana perfecta, ni la esposa ideal, ni una amiga excelente ni una aristócrata convencional, ni una mujer feminista más allá de su deseo de independencia, ni portadora de una feminidad esencial estereotípica, ni mucho menos ajustarse a algún tipo de norma literaria. Ni torres de marfil ni techos de cristal: su deseo parece que solo radicaba en ser libre a través de la escritura y la sexualidad, y quizás, que la dejasen en paz, que podría ser considerado también una ignorada pero bella forma de amor. Cuenta el mito, el más común de los lugares comunes, según relata Mariana Enríquez en su libro en forma de retrato La hermana menor (Anagrama, 2018) que Silvina Ocampo estuvo opacada y empequeñecida por varias personas muy cercanas, que llegaron a ser muy importantes en su época, pero esto es solo una verdad a medias, que podría ser la peor de las mentiras. Estas personas fueron fundamentalmente: por un lado, su hermana Victoria, la hermana mayor, que obtendría un gran reconocimiento por su escritura y que acabaría fundando y dirigiendo la revista Sur a partir de enero de 1931 hasta aproximadamente 1970 (se editó hasta 1992) y que fue la publicación periódica literaria más importante de Hispanoamérica, testigo de muchos de los grandes acontecimientos del siglo pasado. Victoria fue una mujer de sumo relieve en la primera mitad del siglo XX en Argentina, solo por detrás de Eva Perón, que para Mariana Enríquez era su espejo invertido. Ella contribuyó a la fama de Borges, fue la primera mujer en utilizar el automóvil en Argentina (el coche y la velocidad fueron símbolos fundamentales para la escritora bonaerense, que hacía de contrapunto al posible estancamiento) y fue la única persona argentina, debido a su compromiso antifascista, que asistió a los juicios de Núremberg. Rompió además con la fundación de Sur la hegemonía masculina en las empresas culturales. Y los peores contendientes literarios que uno puede tener en el camino, elefantiásicos y con riesgo de fagocitarla: Borges, el que sería su amigo, aunque con diversas tensiones difíciles de asimilar a lo largo de los años, que le presentaría a Bioy, del que se enamoró como un flechazo y acabaría siendo su marido. Pero ese mito esconde otra realidad como expresa Mariana Enríquez: ella buscaba ese segundo plano, alejarse del posible escrutinio de sus conocidos, disfrutar de la excepcionalidad de ser el etcétera de la familia como ella decía divertida, y de esa forma, oculta del mundo, dar cauce a sus pasiones secretas: escribir, soñar y amar, que parecen ser vertientes de un mismo río para esta excepcional narradora. No era exactamente desaparecer o volverse invisible, sino la idea de que el deseo solo es posible si es algo oculto. Como si la luz afectara de forma irremediable a lo que más amamos. Era sabido que para verla tenías que ir a su casa, donde podías vivir una experiencia increíble pero también algunas frustraciones inesperadas como recibir comida deliberadamente mal cocinada o café churrascado. Eso daría pie al género de la anécdota Silvina, un género muy practicado en la época. Porque no es que tuviera un cuarto propio – que según Virginia Wolf era necesario para todas las mujeres que escriben –, si un mundo casi entero a su disposición: casonas despobladas suntuosas pero en ruinas, iglesia de Las flores donde se casó, desproporcionadamente grande para los invitados que aquel día asistieron, villas de campo el matrimonio pasaron largas temporadas antes de regresar a Buenos Aires, tierras por las que se perdían en sus paseos, amplias estancias para viajes reales o fantaseados… y me pregunto: ¿dónde estaba ella en cada uno de esos momentos? ¿disfrutaba esos pequeños placeres cotidianos, o soñaba con una vida mejor, un porvenir siempre demorado, que nunca acabaría por llegar?   pintura, poesía, narrativa y libertad Silvina rememora y expresa: Comencé dibujando. Dibujaba lo que no podía escribir, escribía lo que no podía dibujar. […] Yo casi toda mi vida la dediqué a la pintura y al dibujo, mi primera infancia, mi adolescencia. Escribí mucho tiempo sin que se enteraran de que yo escribía, algo totalmente informal, libre, ni verso ni prosa, me parecía que no era apto para ser leído o mostrado, hasta que un día empecé a leérselo a alguien. Cuando me di cuenta que conmovía me lancé a una especie de dedicación; en lugar de ponerme a dibujar, me ponía a escribir, por no había un lenguaje para eso, escribía en inglés, en francés o en español. En este idioma las frases me salían incorrectas y tenía que darles vueltas porque mis lectoras fueron primero inglesas y francesas. Me costó mucho escribir en español, siempre la formación de las frases era en mi incorrecta” Escritura clandestina sin un lenguaje convencional al que recurrir. Escritura audaz: patria extranjera. No había un lenguaje para eso; si su deseo de niña era pintar retratos a conocidos y familiares, a partir de una determinada edad su ímpetu sería llevar la fuerza de la pintura a la escritura. Relatos corporalizados y de gran vértigo

fotografía de la escritora argentina Silvina Ocampo

no digan que soy alguien cruel, recordando a SILVINA OCAMPO

Dentro de aquel linaje, inmemorial y abúlico, donde manteles bordados y cuellos tejidos eran más importantes que las personas, en sus galerías interminables y nocturnas, fuimos fundando nuestras comunidades paralelas. En una biblioteca por ordenar, en la cocina con los fogones ya tapados o en el jardín junto al cedro y el columpio; la costurera recibía mis confesiones a media voz, el ama de llaves me leía un cuento frente a la angustia insomne y el jardinero de pico negro, irrumpía como amante duplicado, luctuoso y sin control. Es raro, yo misma me sorprendo al decirlo… siendo como era, todavía una niña: ¿bondad innata, caminos transformadores, compromiso social, perversión generalizada? Vosotros nunca llegasteis a comprender nuestra forma de amar, escandalosa y excesiva. Ingenuos y ciegos de moral, creísteis poder juzgar el fuego solo por el humo. El deseo, solo existía en aquellos días, si permanecía oculto. Nunca hicimos la revolución pero tampoco el mal, a veces siento que incluso la violencia era una forma de armonía, de seguir perpetuando la vida. El despertar de las aves de sexo febril abrían ventanas en las paredes cerradas, indicios posibles para nuestra soledad errante; todos éramos un poco huérfanos bajo aquellos muros. Cada tarde, cuando las institutrices terminaban sus monsergas inútiles, sus historias inertes de materias, yo miraba una y otra vez mis dibujos preguntándome donde estaría la vida. Me sentía frente a esos retratos como una estatua mutilada o una muñeca desposeída de su voz. Si había dos ángeles, ¿porque había de ser yo siempre la fallecida? Empecé a anotarlos a escondidas de mi madre, convencida de hallar tarde o temprano una salida; escribía sus márgenes, añadía colores y matices, los reanimaba como títeres sin carretel, agujereaba las imágenes; fui encontrando fugas al encierro terrible de los espejos. Difuminados, borrados; hasta dejar tan solo las palabras. Ese era mi mundo sustraído de miradas y triángulos, mi cuerpo creciendo hacia ninguna parte, las grietas en la luz; comencé así a pintar de veras, a pintar con palabras. Para mí las palabras, eran desde siempre, como se dice, una cosa muy seria. Yo tenía mi procedimiento de adivina. Sobre una maleta llena de viejas fotografías, ponía una hoja blanquísima, que no podía arrugarse de ningún modo. Sobre esos cimientos inestables ubicaba algunas letras desperdigadas. Si nombres propios y raros sinónimos no habían sido del todo arbitrarios, pequeños escenarios surgían bordeando sus balizas. Cuando ese universo en miniatura, luminoso y espectral, se veía con suficiente claridad, se lo dictaba a Olga recostada desde el diván, con los ojos muy cerrados, con temblores de trance, presintiendo que narrar era una forma de engañar a la muerte. Yo era una médium de palabras, portadora de un milagro frágil. A veces corregía compulsivamente, como una niña que persigue por el campo a sus perros favoritos, otras los daba por buenos según nacían. A los cuentos, una vez paridos, me los encontraba por la calle, en el sitio menos pensado, en el parque o en la iglesia; ellos me miraban desde fuera, a veces con mirada cómplice, otras como una madre feroz, que reprende con severidad a su hija ingrata, demasiado fecunda para su mirada estrecha. Solo hablar suponía ya una infidelidad para mi familia, porque las palabras también copulan, se manifiestan en armarios de las ropas intimas de las muchachas, y se adentran en madrigueras exogámicas, y por mucho que se diga: no tienen dueño, ni marido predestinado. Sentada sobre la rama del árbol del recuerdo, veía llegar a los mendigos, escuchaba sus jergas como duraznos grotescos y dehiscentes en la boca, soñando una libertad de agua, que nunca llegaba a materializarse. Mis días eran una especie de postergación infinita, un viaje en una carreta destartalada fuera del tiempo. Imaginaba que me iba a vivir con ellos, que inventaríamos historias junto a la hoguera, que les servía un café o un tecito, como buena anfitriona o les podría ofrecer, apenas, un terrón de azúcar. Un domingo mi familia me dijo que ellos nunca me aceptarían. Les respondí, abrupta, que no me importaba: solo quería ser querida. Yo deseaba tener una amiga y cazar con ella una nube o un perro bueno que naciera del sueño y me protegiera de las amenazas constantes de Armindo o me uniera un poco a mamá, intentando no pronunciar las expresiones prohibidas: coito, concupiscencia, orgullo. Después, observando crepúsculos, por niña demasiado curiosa o esposa incauta, me caí por la borda de un trasatlántico, de color azul, muy lujoso y brillante. Mis gritos no pudieron atravesar su cascote gigante de acero, se iban ahogando poco a poco mientras caía hacia aquellas matrices sin corazón y hélices furiosas. Le pedí a Santa Rita, la defensora de lo imposible, un último deseo: si sobrevivía, evocaría todas las personas importantes desde que nací. Fui Sherezade en alta mar contra el rey Shahriar: una persona recordada más significaba un día más. Aparecieron muchas personas, cada uno con su historia y su nombre único, aun los difusos los daba por verdaderos, repetidos de forma misteriosa, fueron mis timoneles frente a la deriva. ¡Que pasión tenía por los nombres!, ¡todavía a día de hoy creo que son media vida! Cuando mi memoria no permitía franquearse y no pude recordar más, pensé que estaba muerta, que había llegado el fin. Pero la existencia continuó, de una forma que no pude comprender. Comenzó un epílogo soñante, donde todos los personajes soy yo misma pero ninguno por completo: ¿desde donde os hablo en este momento, y que expresar, ahora que ya no existen máscaras ni espejos? ¿Qué podría decirte, Alejandra, si te escribiera una carta que nunca me atreví a enviar? Querría preguntarte a ti, Victoria, ¿porque subrayaste disfraz en aquella reseña primera en vez de decir con más sencillez; armadura del desamparo o remedio contra la melancolía? ¿Bioy, podrás cuidarme, pese a todo, cuando esté ya muy enferma? Acaricio con cuidado a la gacela hermosa que aúlla vibrante tras su jaula, y pregunto a estos animales, monos y leones, de un

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