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la trastienda del editor, dialogando con JUAN CASAMAYOR

 JUAN CASAMAYOR, uno de los editores de Páginas de Espuma y yo, nos reunimos el lunes 26 de enero de 2026 en una cafetería del centro de Madrid (cerca de la antigua librería de los amigos de Tipos Infames) para hablar sobre libros, amores literarios, edición de clásicos y la trastienda desconocida de una editorial que es hoy en día referencia ineludible de del querido género del cuento o relato. Con la grabadora funcionando, que creo que me imponía mucho más a mí que él, y con algunos nervios, pero sobre todo ganas de saber y hablar de algunas cuestiones que no conocía, lo que me hizo mucha ilusión, estuvimos dialogando más de una hora. A continuación, sin apenas edición de por medio, podéis leer gran parte de lo que hablamos:   EN DIÁLOGO CON JUAN CASAMAYOR   ¿Qué vínculo con los libros y la cultura existía en tu familia cuando eras pequeño? No sé si tus padres leían o escribían, si tenías alguna biblioteca cerca Hay una definición primera que siempre me viene a la cabeza cuando hablo del editor, que un editor es un lector. Por lo tanto, la lectura es la base y el sustrato de todo. Y eso tiene su origen. Hay unas raíces que se enlazan sobre todo con la infancia y con la juventud, que es donde se va forjando el lector, como es mi caso. Yo tengo la suerte de tener padres y abuelos médicos, de una tradición médica humanista, que supone un trabajo científico pero que se abraza, se hermana con las humanidades, la lectura y las letras. Y he tenido una gran biblioteca cerca. Era una gran biblioteca médica, por un lado. De hecho, no es raro que yo utilice siempre términos médicos cuando hablo, los tengo muy asimilados porque desde niño los he escuchado. Pero también había una amplia biblioteca dedicada a la ficción, el ensayo, donde no cabía solo la medicina sino otras disciplinas además. Todo esto también se acentúa porque en mi familia, la hermana de mi madre creó en su día Editorial Fundamentos, una editorial que surge a finales de los 60, muy importante en la visibilidad de textos censurados, sobre todo en los años 70 con la llegada a la democracia en España. Entonces todo eso configura un panorama lector donde se mezclan novelas, libros de cuentos y ficción latinoamericana traída por Barral, por todo ese primer movimiento desde la edición catalana, pero también mucho ensayo que traían los nuevos aires de la democracia. Y eso fue formándome como lector a partir de ahí. Yo me cultivé muchísimo en el cómic, soy esa generación claramente comiquera de FRANCISCO IBÁÑEZ. Era muy lector de esa época de aventuras de las novelas adaptadas de JULIO VERNE y SALGARI. Te estoy hablando desde antes de los 14. Ese era un poco mi mundo lector. Y lo más importante de todo esto es que yo veía a mis padres leer. De nada sirve tener libros en casa si los niños no ven el ejercicio de la lectura, el libro solo no crea fomento, el libro hay que rodearlo de una dinámica familiar en los ámbitos domésticos o de una política de fomento de lectura en un país. Ese fue mi caldo de cultivo, donde el libro era muy, muy normal, o sea, yo recuerdo que de pequeño tenía una breve biblioteca de libros en mi cuarto y cuando venían mis familiares jugaba a tener una biblioteca y les hacía pasar a mi cuarto y yo les recomendaba un libro, pero cuando yo les dejaba el libro, les pedía una peseta, con lo cual ya había algo como de trabajo editorial, yo te dejo que leas un libro, te lo recomiendo, hago una prescripción, yo conozco este libro y sé recomendártelo, algo que podíamos hacer los editores y digamos, hay un intercambio económico cuando el libro circula de mano en mano. Esa curiosidad ya estaba por ahí operando. Era muy juguetón e imaginativo de niño ¿Cuáles fueron tus primeros amores literarios? ¿Qué lecturas consideras fundantes cuando eras niño y muchacho? El cómic Mortadelo y Filemón, eso yo de niño lo recuerdo un montón en otro salto, para mí fue una figura fundamental como personaje y toda la saga que fue la saga de El Tigre de Mompracem, las distintas novelas de EMILIO SALGARI. Recuerdo también Compasión sin novedad en el frente de ERICH MARÍA REMARQUE, la novela sobre la Primera Guerra Mundial, esa fue, creo yo, como una de mis primeras lecturas. Debí leer con trece, catorce años, fue la primera vez que sentí una empatía emocional plena con un personaje y no llegaba a entender cómo un personaje podía acabar así, o sea, me revelaba ante un final doloroso que me presenta la novela. Esa novela la recuerdo muchísimo, muchísimo. También recuerdo una biografía adaptada a público juvenil como era en las que publicaba Salvat y había una dedicada al Lawrence de Arabia y era dolorosísimo saber que después de todas esas aventuras moría en un accidente de moto, o sea, era muy absurdo. Es un héroe antiépico, él es capaz de aunar culturas, de liderar movimientos y participar en enfrentamientos bélicos, y luego en una campiña inglesa muere de un accidente. Dios mío, ¡qué incongruente! Entonces, ese tipo de lecturas fueron hasta la horquilla de doce, catorce años posiblemente, luego ya se salta, va saltando de contenido en contenido, buscas otras cosas, claro. ¿Cuál fue y es tu vinculación íntima con el relato? Ese género es posterior, pero inmediatamente posterior, porque posteriormente yo ya recuerdo leer unas pequeñas antologías que había de los cuentos de CHÉJOV, de K, algo de cuento norteamericano, y rápidamente eso se vinculó con el cuento latinoamericano, el llamado boom latinoamericano, en toda esa horquilla tan grande. Entonces a partir de ahí me afiancé en los cuentos, de pronto descubrí que el cuento tenía otro tipo de posibilidades junto con mi trabajo, y en mi estudio, digamos, de estudiante podía leer novelas decimonónicas, pero me acercaba a los cuentos de LEOPOLDO ALAS CLARÍN o de PÍO BAROJA, o sea, me iba moviendo