Desde el primer párrafo del relato Quizás Mejor (Suzumushi) de Pombero (Páginas de espuma, 2023) vemos aparecer dos tipos de narradores, uno externo, gracias a este formidable invento que son los anuncios en la radio (que es omnisciente pero que se limita a ir resumiendo como una especie de coro lo que va sucediendo) y el interno, la primera persona, que dota de gran intimidad y profundidad al relato. Poco importa que los anuncios sean reales o solamente una voz interna para la protagonista, ya que tendrán el papel de relanzar la trama cada vez como un relámpago. Tormenta que se hará visible en algún momento y que hace de metáfora de esta narración.
Este doble narrador va a realizar una envoltura al lector propiciando que nos sumerjamos con todos los sentidos en el relato.
Este juego entre lo interno y lo externo, lo que está dentro del consultorio que es poéticamente descrito y el exterior, el pueblo donde vive la protagonista, de los que no tendremos muchas coordenadas espaciales y descriptivas es bello y muy efectivo. El mundo de Suzumushi es su consultorio, su salón, su jardín…donde hay una madrevíbora que camina sobre las almohadas y vive entre las macetas con orquídeas y donde a veces quema amapolas en un horno de barro.
Cada ventana de su casa mira hacia una flor y hacia una planta. Resulta curioso que las ventanas sirvan para ver lo de dentro y no lo de fuera. La casa de Suzumushi es su mundo, cuando salga sale tendrá que transitar un espacio agreste y algo violento donde ella pierde la seguridad de sus pasos.
Marina Closs respeta en su narración no describirnos a los personajes físicamente. Respeta el cuerpo como asunto sagrado. Lo cual permite que cada lector los pueda evocar en su mente. Yo me imaginé a Suzumushi como una mujer no muy alta, ataviada con vestidos tradicionales de japón, delgada y llena de un magnetismo y profunda sensualidad, con su aparente inexperiencia en los asuntos del amor, pero a su vez llena de una profunda determinación en el uso de la técnica y las decisiones que va tomando a lo largo de su vida.
Las agujas aquí no son un mero complemento. Enraízan con la tradición y popular, permite que vayamos sabiendo algo más de la infancia de la protagonista y la relación privilegiada con su abuela. Hacen de puente entre dos mundos tan distintos y alejados: Japón y Argentina. Y son las supervivientes del legado simbólico que ha recibido Suzumushi, lo que permite que pueda ganarse la vida pero es mucho más que eso. Las agujas, que no solo curan sino que también pueden realizar amarres amorosos, parece que fueran los encargados de ir inyectando vitalidad y misterio a toda la narración.
A Suzumushi más pronto que tarde le va a aparecer una oponente o antagonista, la kinesióloga Lindsay Sorotko que también trabaja en la ciudad. Vemos un contraste muy bonito entre los anuncios de ambas mujeres. El lenguaje de los anuncios de Suzumushi tiende a lo poético y evocador y el de Lindsay tiende a lo prosaico, descriptivo y meramente funcional. El lenguaje de ambos anuncios se irá entremezclando y confundiendo un poco a lo largo del relato.
En primera instancia parece que está antagonista va relanzando constantemente la trama. En apariencia es así, pero cuando la importancia de Lindsay se vaya desvaneciendo no se frena un ápice la potencia narrativa del relato. La potencia del relato radicaba en otra cosa; en el propio embrujo que Marina Closs crea con el lenguaje. Esto es muy difícil de explicar y quizás no pueda enseñarse.
Actúan conjuntamente entre otras cuestiones el uso medido de las palabras, el no dilatar los encuentros en su consultorio para acrecentar el misterio, lo sugestivo de las descripciones, los magistrales diálogos, el potencial metafórico de los símbolos que van apareciendo y las constantes repeticiones verbales. Todo ello funciona como una sinergia, como un embrujo que hacen que este cuento largo se lea en un suspiro.
El cuento, es como un río que primero es juguetón y saltarín y después se va volviendo más profundo. Los tratamientos al principio parecen convencionales y dedicados a tratar dolores corporales varios pero luego iremos viendo que lo que está en juego es la vida y la muerte. Cuestión que supongo afecta a cualquier buen relato.
El relato no tiene un tema que pueda abstraerse y deducirse claramente. El relato no es sintetizable. Es un misterio abierto. Un milagro sin coordenadas claras. Por si esto no fuera poco, Marina Closs se guarda como una aguja todavía sin usar un as en la manga. Va a resucitar por decirlo de alguna manera a uno de sus personajes, el muchacho que estuvo a punto de morir, y lo va a colocar en otro lugar muy distinto del que esperamos. Ahora este muchacho toca la puerta de Suzumushi decidido a aprender la técnica.
La técnica que fue transmitida de mujer a mujer ahora va a tener un hombre joven como destinatario. La técnica de esta forma no morirá con Suzumushi, sino que tendrá herederos a través de una transmisión que no se nos desvela como va a ser donde no queda cerrada la puerta a que vuelva a aparecer el amor. Así pues, la vida y la muerte, Japón y Argentina, hombre y mujer, exterior e interior, al final del cuento quedan enlazados de forma misteriosa.
El relato queda por tanto abierto al porvenir. Ningún didactismo, ninguna enseñanza; apenas un verdadero acontecimiento del lenguaje, placentero relámpago del que no pudimos o no quisimos escapar.
por Joaquín García



