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Quiero seguir tus palabras-color para explorar el fondo acuático de la memoria, encontrar erizos y caracolas. Tener tu capacidad de percibir los detalles, como cuando mi madre me hablaba de pequeño y todo era verdad bajo sus manos.
Observo el contraste entre tu discurso rojo, exuberante—fastuoso e inaugural como vuelo de palomas— y el descenso al abismo de la locura. Ah el acecho de campanas, madrugadas confusas e insomnes, flores con heridas.
Quiero responder a tus hachazos de lenguaje como se estremece la lluvia en invierno y encontrar a través de tus ojos el musgo de los bosques primeros y la serenidad de las estrellas de mar.
Aunar las múltiples voces de mi historia y no estar dividido por la pasión de la mirada. Devenir a tu lado vencejo-flecha, gorrión de aire, muchacha que busca las manzanas perdidas del jardín de las Hespérides mientras corolas de polen son incendiadas por tus labios.
Huiría sin embargo del sacrificio de las vírgenes y de los vestidos de las señoras burguesas.
¿Existen los cuerpos vegetales? ¿Los entomólogos disfrutan al contemplar el vuelo de las mariposas?
Rompe con las vigilias de los hospitales y habla bien alto, con tu palabra recién nacida, por fin sin vergüenza ni máscaras. Coge mi mano y huyamos como niños tocados por el witz del amor. Niños, que aunque jueguen a la ouija, no son espectros.
2
Apuro la copa de tus versos con premura mientras nos amenaza la ceniza de los calendarios. Tu memoria arde en las orillas de los acantilados. Llevo tus poemas en mi pecho, como una identidad que devino talismán.
Yo te aprecio porque no eres una intelectual y porque tus manos son harina y tierra. Huelen a flores, turba de los pantanos que hace crecer fuertes chopos y álamos en las riberas.
Aun cuando hablas de faunos y brujas, cuentas tu propia historia, de esa tensión entre la paz azul de las ovejas pastando en las colinas y el correr desbocado de caballos hacia la locura.
Mientras te reduzco a unas cuantas imágenes para intentar comprenderte, una mujer negra permanece dentro de un círculo de tiza, violenta realidad, aunque el dibujo esté hecho solo con grafito.
¿Quién eras en verdad tú, Sylvia?
La enfermedad te puso un enrevesado mosaico en el rostro de huesos, huellas y besos. ¡Ah ángel transparente, cuerpo de penumbra, animal libre y cautivo, cielo con padre y estrellas!
Nota:
en la carta a nombre de Silvya Plath, hemos incluido dos poemas para ella, que fueron escritos tras la lectura atenta de sus libros de poesía, libros que están llenos de vida y simbolismos, y está mucho más allá de La campana de cristal. El poema, dividido en dos partes, -dos partes que no hacen uno- se titula “Sylvia Plath y las palabras-color”.
Confiamos que te haya gustado este poema y te animes a leer lo que escribió está autora tan especial.
La hora del vermut, enero, 2026



