
H.P Lovecraft, al que quiero rendir homenaje a través de estas líneas, se separó del miedo racional y explicable -cuya fractura comenzó Poe y continuaron otros autores norteamericanos como Arthur Machen o W. H. Hodgson-, apuntando a un nuevo tipo de horror cósmico y no racionalizable, que concuerda con su posición atea y materialista. Es una escritura que apunta a lo que es más extranjero de nosotros mismos y que pese a su impacto en el cuerpo, mediante el milagro de la metaforización que instala la lectura, no tiene por qué producir necesariamente miedo.
Si el procedimiento literario en los cuentos de detectives infalibles como Sherlock Holmes era dar explicación racional y científica a lo contingente e improbable, aquí se trataría hacer verosímiles sucesos imposibles. No es fácil discernir cuánta fe tenía en los seres sobrenaturales que describe y cuánto hay de artefacto literario. ¿La única certeza era el miedo, la angustia?
La escritura en este sentido podemos considerarla al mismo tiempo una pantalla para poder tomar distancia de la angustia y el horror y a su vez evocarlos con placer. La inspiración para algunos de sus relatos parte de la imaginación y de sus propias pesadillas.
Su estilo inconfundible forma parte de un realismo que Graham Harman ha calificado de raro, extraño, de prosa clara y precisa dotando a lo narrado de gran verosimilitud. Prosa organizada desde una visión poética y estética -Lovecraft fue primeramente poeta-, predominando en algunas frases la sonoridad a la significación y un sentido a veces muy trastabillado, como si el lenguaje no fuera un material suficientemente maleable.
Su escritura, tan característica, testimonia que no hay singularidad universal y que esta nunca se puede explicar completamente, ni siquiera de forma multicausal. Lo cual no se resuelve por añadir datos biográficos o contextuales.
Es importante decir que algunos de sus relatos como bien ha advertido Houellebecq tienen un carácter profundamente reaccionario, herederos de una ideología puritana y conservadora, como un racismo y clasismo evidentes, lo cual en mi opinión no anula la singularidad del conjunto de su producción. A este respecto sería más partidario de una lectura crítica o advertida, que una cultura de la cancelación.
Una literatura que fue también -pese a la tan recalcada misantropía recalcada por parte de algunos de sus biógrafos-, una forma de amor hacia quienes más influyeron en su literatura (fundamentalmente hacia Edgar Allan Poe y Lord Dunsany y también Arthur Machen) los cuales consideraba una especie de padres espirituales. Y también hacia su abuelo, del que aprendió el gusto por la lectura oral y la sonoridad de la palabra.
La escritura le permitió a Lovecraft hacer lazo social con otros y otras que escribían en su época, dirigiéndoles en sus relatos muchas notas de reconocimiento y gratitud, muy lejos del hombre hecho a sí mismo, siendo arquitecto de un nuevo lenguaje literario. No sin los otros. Pero yendo más allá de sus coordenadas.
¿cómo entendía H.P. Lovecraft el horror?
El cuento «Dagón» (1919) refleja muy bien como entendía Lovecraft el horror y el campo de la realidad. Es una visión del mundo que se podría sumar a la serie de fracturas narcisistas de la historia de la humanidad (Copérnico, Darwin, Freud) salvo que para él el ser humano es insignificante desde el principio frente a fuerzas desconocidas y elementales.
Si pensamos en los cuentos de hadas, los relatos del ghost story victorianos o las películas modernas de género slasher, el peligro suele estar acotado a una casa, marcada por alguna oscura leyenda o donde se han cometido terribles crímenes, casa o mansión que funcionaría como una especie de inconsciente reprimido encuadrado en una topología de la esfera.
Algo parecido sucedía en Drácula (1897) donde la malignidad se circunscribe a un castillo donde habita un vampiro, quedando reforzado su aislamiento por distintos límites geográficos que habría que atravesar para llegar hasta él como montañas y ríos. El pavor comienza cuando esa malignidad, podría escapar y comenzar a extenderse, como la peste, amenazando el orden “natural” burgués y protestaste.
La presencia del horror en la literatura de Lovecraft aunque es cierta, es mucho más difusa y deslocalizada. Un relato parecido a Drácula, por su horror localizable es el «El morador de las tinieblas» (1935), que recuerda también en algunos aspectos a «El Viyi» (1835) de Nikolái Gogol. El horror localizado solo se encuentra con excepciones en la producción de Lovecraft.
El horror en Lovecraft funciona en cierta forma también por acumulación, al ir comprobando distintas informaciones y sucesos, invadiendo progresivamente todo el campo de la realidad como en Las montañas de la locura (1936) o La sombra sobre Innsmouth (1931). Respecto a sus narraciones Lovecraft reconocía con frecuencia la insuficiencia del lenguaje para dar cuenta de ciertos sucesos aludiendo con frecuencia a lo innominable o indescriptible.
Sus seres sobrenaturales, si llegar a ser vistos, no suelen poder integrarse en una visión totalizante. Se hallan en una especie de fuera de campo cinematográfico, que al iluminar un ángulo se ocultaran otros. Muchas veces son apenas intuidos y escuchados -llegan a través del objeto voz con más frecuencia que el objeto mirada-, siendo solo discernible o extraíble algún rasgo particular como su viscosidad, un susurro o un zumbido. Estos, habitualmente no hablan y solo emiten sonidos aterradores y no están sujetos a cierta humanización, que puede producirnos cierta ternura o compasión, como el Asterión de Borges o el cíclope Polifemo de la Odisea.
Su amigo y albacea August Derleth los sintetizó en Dioses primordiales y arquetípicos, introduciendo una distinción moral que creo que está ausente en la concepción de Lovecraft. Una versión parecida, maniquea y dualista, de trasfondo cristiano, hallará su apogeo en J. R. R. Tolkien, autor que también estuvo muy inspirado por Lord Dunsany.
Acerca de estas criaturas, que tanto han fascinado a sus fans, se han realizado diversos bestiarios. Pero estas en mi consideración no se agrupan en auténticas cosmogonías o familias como las deidades grecolatinas, y por tanto, no se pueden sistematizar tal como se ha pretendido porque aunque sean múltiples y de carácter espectacular, podemos considerarlos reflejos caleidoscópicos de un mismo Otro ominoso, con una malignidad esencial, prehumana e inmanente, más que una verdadera crueldad, como culmen de perversión.
Su horror funcionaría como un condensador de extrañezas y angustia del cual la escritura sería una especie de nepente, droga que según La Odisea calmaba el dolor y la cólera. El horror entonces para nuestro querido autor produciría tanto placer como aflicción. Y sus protagonistas huyen de él y lo buscan al mismo tiempo como en La sombra sobre Innsmouth (1931).
Por otro lado, no parece razonable pensar que Lovecraft creyera literalmente en ellos. Más bien que escribir le ayudaba a ficcionalizar la angustia y los miedos que le acosaban desde niño. Algunos de sus cuentos son la reescritura de sus propias pesadillas.
Sus atmósferas -que para él eran lo más importante en un relato de miedo logrado- aumentan cual orquesta macabra en un crescendo que tras una especie de fractura con el lenguaje humano, alcanza un momento extático y sublime -frente al que ya no se puede saber o no conviene saber por precaución- que suele venir precedido de sonidos de tambores, crótalos o flautas.
Momento, en el cual la voz es mostrada en su mayor presencia, desnuda, en su carácter horrible y antihumano. Por ejemplo en «La música de Erich Zann» (1921), la música se convierte en un pandemónium incomprensible con carácter premonitorio, demonstrando que la literatura fantástica no requiere obligatoriamente de monstruos.
Extracto corregido del artículo de Joaquín García El mundo según Lovecraft (revista electrónica Punto de fuga, nº 11)



