Hay autores canónicos del cuento argentino como Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo o Julio Cortázar y autoras que hay que buscarlas en los márgenes agrestes de la literatura, lejos del discurso del éxito y los grandes aplausos.
Allí es donde encontramos a Marina Closs, de cuerpo aparentemente frágil, pero deseo decidido, que nos convoca con su prosa sensorial y magnética, donde resuenan canciones y leyendas orales de su tierra junto al río Paraná, y quizás por eso, es por derecho propio una escritora universal. Es notable, afirma Mariana Enríquez, la ausencia de las leyendas populares en las literaturas canónicas latinoamericanas, Pombero y las voladoras de Mónica Ojeda se han aproximado a ese espacio liminal, humanizando a seres mitológicos como el Pombero.
Marina Closs nació en Posadas y creció Aristóbulo del Valle en la provincia argentina de Misiones, márgenes de los márgenes.
Cuando era chica se le aparecía muchas veces la virgen, esbelta y blanca, anunciada siempre como un estremecimiento y también la virgen negra en la orilla de los arroyos, donde las mariposas se amontonaban. También, una vez, le visitó el diablo, con mucha sorpresa y tras muchos días de expectación, en los ojos encendidos de su gato, que era arisco y malo, y solo le quería a ella. Los ángeles no aparecieron. Ellos se le negaron siempre. Y Dios también.
Tiempo después se encontró al mismísimo Iván Karamazov y le confesó que estaba leyendo Memorias del subsuelo. Así comenzó el amor entre ellos. Estas escenas de infancia, donde es difícil deslindar realidad y fantasía, están relatadas con alegría y desmesura poética en su libro La encendida silenciosa, una especie de ensayo en acto que recomiendo mucho, que según Closs no hay que leer como una autobiografía directa.
También recomiendo mucho su libro Casa de agua, su primera novela, un reverso de la perfecta estampa turística de la localidad de Misiones, también rodeada de agua donde fluye por debajo el acuífero guaraní, donde el agua es metáfora del placer y peligro, que puede quedar declinado del lado de la pulsión de muerte. Aunque el libro tiene abierta una ventanita de esperanza, ya que huir también puede ser una forma de avanzar hacia un lugar mejor.
La literatura la descubrió de la mano de Italo Calvino, en sus Ciudades invisibles. Lo recuerda como un auténtico acontecimiento. Y siempre quiso ser escritora. Estando en un campamento una monitora la reprendió diciéndola que no debía estar leyendo sola sino jugar con el resto de niños. Siempre fue una niña-escritora un poco monstruo según relata en una entrevista con Romina Tumini. En la adolescencia nuestra autora pensó en ser profesora de gimnasia, una especie de intento quizás de normalizarse, cuatro años que los pasó sin leer ni escribir.
También estudió cine pensando que escribir guiones sería su pasión, pero no fue así, así que finalmente optó por estudiar letras en la Universidad de Buenos Aires y actualmente está terminando de preparar su doctorado en literatura alemana (parte de su familia es alemana) sobre Novalis y el romanticismo alemán. Su producción en movimiento que no termina de fijarse al texto, como según algún crítico ha señalado, mezcla lo cruel y lo bello al mismo tiempo, como en su texto Tasca Scrómeda, lo que ella corrobora. Esta curiosa mezcla no actúa a mi parecer de lente monolítica, es solo un puntal desde donde se puede leer sus hermosos textos.
Para Marina Closs la escritura, como un corazón vivo, es un ritmo que se prolonga a si mismo, hace en su cuerpo todo lo posible por alargarse. Escritura como demostración de la posibilidad de un ritmo fuera del cuerpo, buscando la oralidad, la extrañeza del lenguaje alzando como ella expresa una pequeña voz de miedo frente al español monótono tiránico. Su vía escritural -curiosidad más que proyecto o agenda, deseo de planta o algo deforme más que objeto acabado-, parece un intento de descolonizar el lenguaje, hacer algo a la gran Lengua, convertirlo en voz, aunque siempre persista una fracción de discurso, que permite que el texto no sea ininteligible, aunque sus textos hay que leerlos atravesando el no saber.
Su primer libro siendo muy chica fue resultado de un juego: una amiga vino a su casa y Marina le pasó unas hojas de impresora y le dijo “hoy vamos a escribir libros”. Cada una el suyo y el de Marina fue sobre una lagartija. Una lagartija siempre en fuga de las explicaciones innecesarias y las grandes exégesis.
Marina Closs tiene mucho debate interno entre el uso de la primera y la tercera persona. Aunque le parece la tercera persona más íntima paradójicamente que la primera, por la que siente un gran amor. La primera persona, que no hay que entender como el yo de la tópica freudiana sino el conjunto de la subjetividad que está a su vez dentro y fuera del cuerpo. Porque quizás el cuerpo no sea solo uno, ¿no?
Ella ha escrito, entre otros muchos títulos, Tres Truenos (publicado por Tránsito en 2019) articulado a través de tres monólogos de mujeres, extraños y poblados de vericuetos, de vertiginoso ritmo narrativo con un estilo abrupto y sorprendente. Su reconstrucción de la oralidad es tan plástico y verosímil que se le acuso en cierta forma en uno de ellos de partir de una grabación lo que a ella le pareció perturbador
En 2023 vio la luz su hipnótico libro de relatos Pombero, que quedó finalista en el certamen Ribera del Duero, que tardó 5 años en gestarse, que edita Páginas de Espuma, que ese año ganó Liliana Colanzi por Ustedes brillan en lo oscuro, donde intentó alejarse lo más posible de la pretensión de realidad. Marina parece que quiere en su deseo literario más vivificar la literatura que literaturizar la vida. La auto ficción no le sale, ha dicho muchas veces.
Marina Closs se le contagió el tono del libro de escritores de pueblos originarios, en concreto dos; historias de los Qom de Orlando Sánchez y relato Wichi de Ernesto Avendaño (nuevamente los márgenes) además de historias de su tierra.
Es difícil decir de lo que trata Pombero, ya que la vida, sin esquematismos ni moralismos, es siempre compleja reducirla a argumentos. Se puede observar que en los relatos que conforman el libro actúa de núcleo aglutinante la identidad. Identidad que como sabemos desde el psicoanálisis no existe, por la presencia de las identificaciones infantiles o al menos es siempre escurridiza y fragmentaria. Es esa fractura la que se aprecia entre sus relatos, uno de ellos que vamos a comentar hoy.
Identidad que toma la forma de una caleidoscópica sombra del ser legendario Pombero, pero también nominación terrible y violenta que marca destinos como ser la más bella del pueblo en “la bella Marioka”, tan hermosa que todo el mundo la teme y nadie quiere emparejarse con ella, o alumna y casada en “Dunka”, dislocada entre la niña y la mujer en un despertar sexual forzoso. Identidad que es una de las formas de los mandatos familiares donde María das luzes tiene que inventar un nombre y algunas estrategias para escapar a ese destino programado por su familia. Suzumushi existe cuando no existe, es una existencia en el límite de la inexistencia y parece ser que no es la identidad lo más pregnante, sino el movimiento que produce el amor, el placer, la curiosidad y el deseo.
El destino está muy presente también con pequeñas grandes tragedias como «la bella Marioka», o en «Dunka», la violencia colonial que se puede escuchar con gran nitidez en «Jabalí» y también el deseo en primer plano (tan extraño y escandaloso siempre como consideraba Lacan, aunque sea sigiloso como una madre víbora) de nuestra inolvidable Suzumushi.
Su estilo es original e inconfundible, singular y lleno de marcas subjetivas (que no hay que confundir con errores orto-tipográficos) como las estrategias de dislocación del sentido, la incorporación de sonidos de pájaros y viento, palabras en otros idiomas y otras cuestiones aparentemente no literarias, las frases supuestamente mal escritas que se ve en “Jabalí” y “Pombero” y la ruptura del tiempo lineal.
Marina al principio escribía cuentos divertidos y oscuros copiando mucho de la uruguaya Marosa de Giorgio. Como libros de cabecera, especie de obsesiones que siempre vuelven, y que considera que no habría que leer mucho por su poderosa influencia, menciona los cuentos completos de Clarice Lispector, el alucinado Eisejuaz de su compatriota Sara Gallardo o Dzhan de Andréi Platónov.
También se declara seguidora de Kafka y Maupassant, de Andrea Abreu de la novela Panza de burro y también el poeta correntino Francisco Madariaga, que siempre le provocan ganas de escribir. Le gustan mucho la poesía en alemán y ruso, y aprender frases de memoria. Su escritura recorre los afectos, es profundamente humana, pero nunca toma una deriva melancólica. Y acaso sean como su infancia; lleno de descubrimientos tristes y alegres a la vez. En cine, arte que le sigue interesando habría que nombrar autoras como Lucía Seles o Lucrecia Martel.
En su escritura, hay una fuerte inserción de lo inconsciente y una búsqueda de la noche, lo telúrico, lo desconocido: pasión de no saber. Es llamativo que ella nunca sabe lo que está escribiendo o lo que va a escribir. Así quizás sea siempre la verdadera escritura; el impasse entre las repeticiones del inconsciente, el automatón, y la puesta en acto contingente de la escritura, no asegurada ni necesariamente repetible, hacia una poética que no es mero ornamento para agregar belleza sino quizás, a riesgo de ser algo esencialista, su condición misma de posibilidad.
Su escritura, la escritura de Marina Closs, no es fácilmente categorizable y dialoga siempre con los principios de incertidumbre, es lírica y llevada por un poderoso ritmo como un trueno que marca —pareciera que un poco más rápido cada vez— el avanzar de los párrafos, siempre hacia un intento de desaparición del discurso racional y entendible a favor de la voz, la jaculatoria y el texto como organismo en movimiento; como un caballo desatado, donde esta autora parece haber resucitado a la tumba de la yegua muerta que su padre tantas veces la llevaba a visitar.
Marina dice no saber que está escribiendo, quizás porque concibe la escritura como un juego, y verse llevada por este ritmo antes de organizar una estructura y una plasticidad muy pregnante. Ella confiesa no tener estructura suficiente para escribir una novela, pero ¿será realmente así? Su fabulosa y primera novela Casa de agua, una maldición familiar donde las muchachas pierden los dientes, o el texto la despoblación, la historia de una misión jesuítica en el Guayrá, en medio de la selva. lo desmiente. Este ritmo sincopado y alucinado es muy visible en el inolvidable cuento “Pombero”.
Marina Closs nos propone un mundo extraño y poético, oral, lleno de música hechizante, donde las mujeres y las muchachas, aunque sean tan diferentes, son mayoritariamente las protagonistas. Un mundo a veces triste, pero trasmutado y sublimado por la vitalidad de su escritura. Un mundo oscuro y luminoso a un mismo tiempo, que como en el de Marosa de Giorgio, merece la pena perderse.
Joaquín García
La hora del vermut
Julio, 2026



