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realidades inquietantes, SAMANTA SCHWEBLIN

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Samanta Schweblin -argentina de nacimiento- no sabía qué hacer con los relatos que iba escribiendo hasta que su abuela Susana le propuso presentarlos a un concurso del Fondo Nacional de las Artes el cual ganó en 2002 con el sugerente título El núcleo del disturbio. Cuando supo que el premio incluía la publicación, sintió tanto vértigo que pasó varios años sin publicar. El libro según la autora estaba todavía verde, siente que se lo arrojaron de las manos. Desde entonces escribe de a poquitos, en entregas espaciadas, seña de identidad suya -ella misma dice que le da vergüenza acudir a las ferias sin un libro nuevo- encarnando con su cuerpo la máxima de su compatriota Silvina Ocampo: «Lo raro siempre es más cierto», cita que encabeza como un caballo de troya su nuevo libro de cuentos, El buen mal (2025), el cuarto si no me salen mal las cuentas, «escritos con una precisión que roza el prodigio», según el gran poeta chileno Raúl Zurita.

Samanta Schweblin escribe sobre lo extraño, sin apenas adornos, metáforas o retórica (aunque todo lenguaje sea en último término esencialmente metafórico), sabiendo lo que sabe hacer, reinventando cada vez la fórmula del relato breve que conoce a la perfección, con su prosa certera y clarividente, aunque por su puesto en escritura como en alquimia nunca esté nada asegurado. «Cada libro es un estreno penoso y feliz», escribió una vez la brasileña Clarice Lispector.

La poeta rusa Anna Ajmátova, que sufrió en sus carnes la represión estalinista, afirmaba que siempre había una distancia insalvable entre lo narrado y las circunstancias vividas. La escritura -aunque lo intente- nunca consigue estar a la altura de los hechos. Alguna lectora perspicaz ya ha advertido que Kentukis (2018), su segunda novela después de Distancia de rescate (2014), se ha quedado algo corta respecto a un mundo quizás cada vez más deshumanizado aunque con algunos brotes de esperanza.

Aunque los hechos nos lleven la delantera, Samanta intenta dar cuenta de lo que contemplamos y lo que vivimos, mira las sociedades occidentales -mitad ojos de niña sagaz, mitad mujer sabia- donde lo perturbador de lo observado -que nos ha de llevar a la reflexión y a tomar decisiones- nunca cede a una negrura desolada. Solo nos muestra con sencillez y determinación la realidad que habremos de habitar. En eso se parezca quizás a una reportera o a una cineasta social. ¿Cuánta diferencia hay entre el amor y el horror? ¿Cómo reparar el dolor que hemos infringido al mundo? ¿Cómo habitar dignamente la casa del cuerpo y la subjetividad? podrían ser algunas de las preguntas que atraviesan sus páginas.

Su nueva entrega de relatos, El buen mal (2025) está, como el libro anterior, poblado de casas y de espacios liminales y fronterizos, que pueden ser causa del sufrimiento y desamparo para los más vulnerables, pero también lugares de celebración y acogida. Embajadas culturales como su propia casa en Berlín.

Su mirada, incisiva pero tierna, soporta la imperfección, las aristas, lo faltante. No pretende darnos soluciones fáciles ni mucho menos convertir sus narraciones en algo didáctico. Deja a los personajes hablar, no cierra todas las grietas, en eso se parece a la escucha atenta de un psicoanalista. En sus relatos el registro de lo Real -en un sentido lacaniano- predomina frente al universo simbólico y el cuadro resultante se nos presenta dislocado. Las piezas efectivamente no encajan. Habremos de saber qué hacer con eso.

Cineasta de formación y escritora de profesión, Samanta Schweblin se ha tomado el oficio de narrar muy en serio ganando numerosos premios internacionales y siendo traducida a más de 40 idiomas. Entre Siete casas vacías (2015), por el que ganó el premio internacional de narrativa breve Rivera del Duero, y El Buen mal (2025), su último libro, median diez años, porque como escribió el poeta Ángel Valente, la escritura es «como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural». Ambos libros son de una plasticidad desmesurada, memorables.

Ella se formó como escritora -además de los diarios que le sugería hacer primorosamente su abuelo, primer germen de la creación- en los talleres literarios de Liliana Heker y Diego Paszkowski. Los maestros en escritura, pienso, quizás no se elijan, al igual que los padres. Es difícil decir de dónde saca sus historias, más allá de la propia vida que desborda por todas partes, ya que como se escribió con acierto sobre el estilo de Felisberto Hernández, ella no se parece a nadie y nadie se le parece a ella.

Nuestra autora afirma sacar la inspiración del bullir de las imágenes: «Algo que escuché, algo que leí, pequeñas iluminaciones que no están completadas. Y justamente porque están cojas es que no puedo evitar pensar en eso. Y pensar, y pensar». Quizás no sea del todo forzado establecer lazos con otros escritores de lo que ha venido a llamarse la tradición del fantástico rioplatense, como Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Antonio Di Benedetto y Felisberto Hernández lo que no opaca en absoluto su trazo singular, su estilo único. Inserción viva en la Lengua, en ese gran palimpsesto -escritura sobre escritura, trazos sobre trazos- que es la historia de la literatura. Río creciente que no cesa. Aún.

No se puede dejar de citar también a dos autoras contemporáneas de las que reconoce sentirse deudora: Anne Carson y Amy Hempel. Su escritura, además de poética -pero de una poética desnuda y reacia al sentido convencional de las palabras- es realista y a su vez no lo es. Ahí radica la fértil paradoja que no conviene intentar resolver. Quizás sea útil acudir al término realismo raro que acuño Graham Harman para aludir a algunos fantásticos anglosajones.

En cualquier caso, la vida que late en sus cuentos no cabe en ninguna categoría. La existencia de sus héroes y heroínas es puro goce y exceso catastrófico, pero también impulso y deseo para seguir. Caminos que se hacen muchas veces con la mirada, a golpe de martillo. Pulsiones que aspiran a ser sublimadas en el cauce de la civilización y la cultura.

Un libro logrado -si acaso eso existe- , sugiero, no es aquel que nos hacer dormir complacientes o nos empuja a evadirnos pusilánimes de la realidad, sino aquel que nos despierta y nos obliga a mirar nuestro hábitat con ojos de asombro, pupilas que en su ferocidad podrían alumbrar incluso a los muertos. Algo que nos saque el sueño atemporal del inconsciente. No es lo mismo dormir que pasar la vida dormidos.     

No es que Samanta Schweblin sea una descreída o una cínica respecto a la realidad que nos circunda, ni que mire todas las cosas a través de una lente fantasmática de pesimismo esencial, ni que tampoco se regodee en hurgar en lo macabro, sino que ha sabido leer entrelíneas -como un súbito parpadeo- lo inquietante y a veces absurdo que yace bajo la aparente normalidad en la que caminan sus protagonistas. La venda ha caído y ya no es posible volver a ponérsela.

En sus libros -como una suerte de aparición fantasmal- hay hallazgos sorprendentes, hechos-piedra difíciles de asimilar: mujeres que intentan quitarse la vida de encima arrojándose al agua, muchachas que disfrutan comiendo pájaros crudos frente al estremecimiento de sus progenitores, madres e hijas que tienen como extraño hobby visitar las casas de otras familias por citas solo algunos ejemplos. Su propia familia transitaba entre lo tierno y lo inquietante. Habría que empezar por algunas historias bizarras de sus abuelos y la narración sería un poco larga. Nadie nos prepara de pequeños para crecer en familia. Existen también por suerte las familias elegidas, los legados que no remiten necesariamente a la genealogía o la sangre.

¿Cómo habitar, en suma, los vínculos que solo se construyen con gestos y palabras?

Ese es el reto gigantesco que nos presenta nuestra autora. Sus personajes se las terminan apañando de alguna forma -a veces en última instancia- para sortear el abismo y evitar lo peor. La pulsión de muerte en su vertiente más mortífera por suerte no gana siempre la batalla. Las flores siguen empeñadas en crecer en las grietas de la realidad.

Sus casas, las casas de Samanta Schweblin, ahora que hemos recorrido atentamente sus relatos, no resultaron estar tan vacías.

por Joaquín García

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