
Natalia García Freire nació en Cuenca, Ecuador, en 1991, es escritora y periodista. En 2016 cursó el master de Narrativa de la Escuela de Escritores de Madrid. Son reseñables sus dos novelas publicadas en la editorial La Navaja Suiza: Nuestra piel muerta (2019) que fue seleccionado entre los mejores libros del año según el New York Times y Trajiste contigo el viento (2022).
Natalia vive actualmente en Madrid desde hace unos meses, trabaja como profesora de Escritura Creativa en la Escuela de Escritores y también en la Universidad del Azuay en Ecuador, también da clases de inglés en primaria. También sabemos que tiene un jardín, un gato y que escribe, con mucho talento, por cierto. Su educación sentimental fueron las telenovelas colombianas que sonaban a todas horas en su casa y las formas extrañas de vincularse que reinaban en su familia.
Sus libros están hechos de música y cada cuento tiene una canción aparejada. Su libro La máquina de hacer pájaros (2024) es su primer libro de relatos con el que ha asombrado tanto a críticos como aficionados al cuento. Una escritora muy particular, quizás solo apta para minorías.
De este conjunto de relatos nos sorprende primero por su lenguaje despreocupado y salvaje y por su poderoso ritmo narrativo. También por la omnipresencia de los pájaros; los enjaulados como los que había en casa de su abuela y los otros, los que viven libres y que quizás son los más capaces de metaforizar el lenguaje, que tampoco es nunca libre del todo. Aún que intentemos escribir, siempre hay algo que se escapa -aclara Natalia-. Como dice María Negroni, «el lenguaje nunca cierra».
Podemos hallar ya en sus primeras páginas bellas reflexiones sobre la escritura. Se dice en «Las lumbres» -el cuento inaugural y más disímil del conjunto y que nos recuerda por su atmósfera a su novela Trajiste contigo el viento: «la escritora no habla quichua, no tiene la varita. No aprendió la lengua que convierte las palabras en materia. Lengua que es también un último acto de magia». No se puede narrar la violencia desde un lugar racional, afirma Natalia. Nunca nuestros niños y niñas vivieron en un mundo tan extraño y alucinado. Pero creerme, con magia o sin ella, hay luz al final del túnel. Y este libro sorprendente viene a recordárnoslo.
Uno de los temas candentes del libro son las relaciones familiares, siempre extrañas y opresivas y la posición de la mujer frente a distintos tipos de amenazas y violencias. Pero Natalia García Freire, no se recrea en lo sórdido, le interesa más, eso parece al menos, el momento previo al desastre, la ventanita abierta a la esperanza y la ternura, el resquicio de libertad. Del fuego, es mejor solo contemplar de lejos la belleza de las llamas. También la muerte está muy presente en el libro, que según aclara la autora, no es vista como un fin, sino como una liberación.
La máquina de hacer pájaros nos recuerda también la importancia del cuerpo, porque no hay escritura sin cuerpo. Natalia al igual que Clarice Lispector escribe desde la entraña y tampoco es un intelectual. Y el cuerpo, al igual que las palabras, tienen un peso. Cuerpo que también puede ser amada por otra mujer y sufrir un gran beso o finales orgiásticos como en el cuento “Tecnocumbia para el fin del mundo”.
El propio cuerpo de Natalia no funciona bien, nuestra autora declara sufrir insomnio y otros problemas de salud. En su libro está la presencia del cuerpo roto (uno no de los cuentos fue escrito después de una separación de pareja), cuerpos que hay reconstruir constantemente, cuerpos que se transforman misteriosamente, cuerpos que mutan hasta convertirse en astros, cuerpos extraños con un corazón de zarapito… Un cuerpo simbólico que pareciera tener sus propias reglas de transformación pero que no queda a la deriva por ser humanizado por el humor y la palabra.
En el cuento «La piel del oso», por citar uno de mis cuentos preferidos, observamos una metamorfosis del asesinato del padre freudiano de la horda primitiva. Un padre que se convierte inexorablemente o al menos actúa como un niño. No goza de todas las mujeres de la familia, pero llora y es insoportable y por eso sus hijas han de buscar algún tipo de decisión drástica. Aquí los finales, (su libro es toda una teoría en acto de como concluir felizmente un cuento) no son nunca lo que parecen.
Cuando le pregunté que enseñaba este libro sobre escritura me dijo que la ficción es un espacio de juego y también un lugar de destrucción. Curiosa paradoja que no convendría intentar resolver.
En este libro hay luz en la oscuridad, digo, vida dentro de la muerte.
por Joaquín García



