
La lectura fueron los únicos veranos, en Villa Magnesita. La poesía fue el primer invento que encontró su palabra antes del cuento y la novela. La mili fue tan solo un escollo temporal. La escritura ha sido el camino de su vida. Eloy Tizón se ha tomado muy en serio el oficio de escribir. De ese trabajo labrado con esfuerzo y paciencia han nacido varios libros de cuentos, unas cuantas novelas y ahora también un ensayo sobre su historia de amor con la lectura Herido leve: 30 años de memoria lectora (2019). Un libro verdaderamente emotivo e inspirador, que recomendamos encarecidamente a nuestros lectores y lectoras.
En sus relatos son detectables –al menos así me lo ha parecido– algunas afinidades afectivas, balizas al infinito, más que influencias. Por un lado observo el drástico descentramiento del argumento del planteamiento aristotélico –gancho, nudo, desenlace– del cuento clásico. Me ha recordado a una de mis escritoras más queridas y creo que también de Eloy: Clarice Lispector. La atmósfera, algo surrealista y onírica, me ha transportado a los cuentos de Julio Cortázar. A lo que habría añadir, no sé si él estará de acuerdo, la plasticidad de las imágenes y capacidad inventiva de Vladimir Nabokov.
Quizás no haya seguido escribiendo poesía, como hacía de joven, porque su poesía hay que encontrarla en sus relatos (no he podido leer aún sus novelas). Poesía que muchas veces es el cuento mismo. Intentar retirarla sería como quitar el misterio a Edgar Allan Poe o el erotismo a Cristina Peri Rossi. Es su sello, su marca, su método. El estilo en la escritura –siempre singular e intransferible, es algo que no se puede imitar–, pienso que se parece a la energía, que no se crea ni se destruye, solo se transforma.
En su siguiente libro de relatos Técnicas de iluminación (2013) y su última entrega, Plegaria para pirómanos (2023) la escritura se ha vuelto un poco más austera, menos exuberante y la inserción de lo poético en lo narrativo se ha tamizado un poco aunque sigue siendo importante ya que la escritura cambia muy lentamente. Como afirmaba el poeta gallego José Ángel Valente: «Escribir es como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural». Ahora lo poético, según mi humilde consideración resulta más orgánico con el conjunto del texto estando en mayor consonancia con la lectura global del relato.
A Eloy le debemos algunos inventos en el mundo del cuento como el cuento- prefacio o cuento-biografía «Zootropo» que introduce Velocidad de los jardines (1992). Leyéndolo me he acordado de dos autores muy queridos por mí: Ítalo Calvino, que solía incluir pequeños prólogos a sus libros. Y también Clarice Lispector, que insertaba en sus relatos pequeñas frases sobre lo que representaba para ella la escritura. Esta biografía del libro es evidentemente también su biografía. Pero me parece interesante que alude también a otros, compañeros, familia, amigos. Es como si ese prólogo captara algo también de la subjetividad de la época. En psicoanálisis constatamos una paradoja en los encuentros con el paciente: cuanto más intenta el sujeto hablar de sí mismo más necesita aludir a los demás. Como él mismo indica: la literatura es siempre epistolar.
Otro invento muy sugerente me ha parecido el cuento-biblioteca, por nombrarlo de alguna forma, «Villa Borguese», mi cuento favorito de Velocidad de los jardines. Sucede en este texto algo muy curioso: el cuento puede empezar en cualquier párrafo, como si tuviera muchos inicios, y el final también se podría poner en cualquier punto. Aquí si hay algo borgiano quizás. Es como esos libros que tanto me gustaban y hacían volar mi imaginación de pequeño: Escoge tu propia aventura.
El libro Velocidad de los jardines –los libros de Eloy en general– requieren que el lector ponga bastante de su subjetividad. Son libros hechos para releerse. Difíciles, en el sentido de que hay cierta ambigüedad, no sé si deliberada o no. En eso a mí al menos me recuerda a Cortázar, que en algunos de sus cuentos tampoco terminas de enterarte del argumento hasta después de varias lecturas. Decía el psicoanalista Jacques Lacan a sus jóvenes alumnos que se cuidaran de no comprender a sus pacientes demasiado rápido. Así pues, los lectores y lectoras tendrán que tolerar cierto grado de incomprensión para no desistir antes de tiempo.
Considero que en sus libros de relatos son posibles dos tipos de lectura: una lectura más poética, frase a frase, o párrafo a párrafo y una lectura del sentido global. Me parecen que ambas están en constante tensión sin que llegue ninguna a prevalecer. Ambas luchas por ganar el terreno del lector. Yo a veces me dejaba mecer por esas frases musicales sin importarme demasiado el argumento. Y otras intentaba que esas frases no me impidieran comprender de qué trataba el cuento.
Eloy ha huido al afrontar la escritura de las distintas formas de perfección: tanto la erudición fastuosa de Borges (a mí en particular sus cuentos me ahogan un poco) como el realismo aséptico y quirúrgico de Raymond Carver porque como dice Andrés Neuman en su tercer dodecálogo del cuentista: «un relato absolutamente redondo atrapa al lector, no lo deja salir. En realidad tampoco le permite entrar». Así pues, creo que la perfección es uno de los nombres de la frialdad. Sus relatos son cálidos –no fáciles, cuidado, ni siempre optimistas– como el consejo a tiempo de un amigo. Estarían por tanto más cerca de John Cheever que de Raymond Carver.
En Herido Leve: treinta años de memoria lectora –un gran acierto editorial a mi modo de ver– da cuenta de sus amores literarios configurando una suerte de geografía emocional. Lejos de querer erigir de manera forzada un nuevo canon como hiciera Harold Bloom o hacer una revisión exhaustiva de los autores mencionados que podría sofocar el deseo de lectura, se ha dedicado a sugerir más que mostrar no destripando ningún cuento, a indicar solamente, con humildad, algunos de los posibles caminos de lectura que él ha ido emprendiendo durante todos estos años. Porque la literatura constituye a fin de cuentas una gran historia de amor. Escribimos porque leemos, y también a la inversa: ambas estarían en un continuum lógico como en una banda de moebius. Escribir sería entonces una forma de saldar la deuda simbólica con nuestros maestros y maestras.
Ni falsamente moderno ni militante nostálgico de los fantasmas del pasado, Eloy Tizón simplemente escribe como ha hecho en los últimos treinta años: con rigor y pasión. Levantándose temprano todas las mañanas, porque encender la palabra, requiere de mucho esfuerzo y una pizca de magia. Frente a textos sin alma escritos por la inteligencia artificial, momentos de incertidumbre política o desgracias que asolan y hacen llorar al mundo siempre tendremos como mano amiga y hospitalaria los libros de Eloy Tizón. Siempre prestos a una nueva relectura que ilumine alguno de sus múltiples aristas y detalles.
Porque él, al igual que su querido Felisberto Hernández, tampoco se ha olvidado de encender las lámparas.
Joaquín García
enero, 2026
La hora del vermut agradece a Eloy Tizón su generosidad por remitirnos estas fotos tan bonitas y revisar este texto personalmente
Fotografías de Victor Benitez (Madrid, 2008)



