
Nunca he ocultado mi predilección por las personas raras, desadaptadas, que crecen al margen del discurso del éxito, que escriben sin la necesidad de mucho ruido ni focos mediáticos, que no requieren en su ruta vital libros de autoayuda, pero que son capaces sin embargo de amar con profundidad y mirar sin miedo a los ojos de la vida. Felisberto Hernández fue una de esas raras avis (como Macedonio Fernández en Argentina), una flor extraña en los márgenes de la literatura uruguaya de comienzos de siglo. «Felisberto no se parece a nadie», dijo el escritor italiano Ítalo Calvino, -uno de los que contribuyó a la postre a popularizarlo- y quizás tenga razón.
Escritor importante de su Uruguay natal pero leído hoy en día por muy pocos. Ni en su época ni actualmente ha tenido el reconocimiento que merecía. Ni siquiera se lee apenas en la carrera de Filología hispánica. No tuvo precedentes y quizás derivado en parte de esto, tampoco ha podido tener epígonos. Tiene el riesgo de quedar por tanto como una ínsula extraña sin vasos comunicantes, como un rareza testimonial solo para el estudio de forofos del cuento y eruditos, como una nota al margen -quizás llena de música- de la historia de la literatura.
Felisberto Hernández, músico y escritor -no se sabe que experiencia es primera-nació en Montevideo en los albores del siglo, en 1902 y murió en esa misma ciudad en 1964. Músico de profesión -pianista y compositor- se dedicó gran parte de su vida a ser músico ambulante por distintos bares y clubs de Montevideo y Buenos Aires hasta que se consagró de manera exclusiva a la literatura. Ambas experiencias cohabitaban conflictivamente en su subjetividad. No pudo convertir a una en su esposa y otra en su amante, como hiciera Anton Chejov, con la medicina y la literatura. Felisberto amó las profesiones como amó a las mujeres: una por una.
Su vida amorosa fue intensa y larga, se casó hasta cuatro veces, incluida la relación que mantuvo en su estancia en París con María Luisa de las Heras (alias África de las Heras), veterana española de la Guerra Civil y a la sazón agente de la KGB, que tenía como misión seducir a Felisberto dentro de un plan más amplio de urdir una trama de espionaje en el Uruguay de principios de siglo. No le debía al parecer tranquilizar a Felisberto la vida hogareña, a un hombre que siempre vivió entre la precariedad económica y la errancia. En palabras de una de las mujeres con las que mantuvo un vínculo, Paulina Medeiros, era «solitario decididamente arbitrario en el terreno del sentimiento».
En uno de sus escritos de juventud, Por los tiempos de Clemente Colling, una de sus pocas novelas, hay una influencia leve de Proust, uno de los autores que releyó hasta la saciedad junto con Bergson y Kafka. Es una influencia delicada como pétalos de agua. Se detecta allí una pasión por la memoria y un gusto refinado por los detalles, sin llegar hasta el minucioso y obsesivo puntillismo del francés. Felisberto supo elegir -al contrario que este, que no rechazaba nada- lo esencial de lo que quería transmitir de su experiencia con el pianista ciego y tuerto Clemente Colling. Personaje extraño donde los haya, que no debía además tener mucho gusto por la higiene, pero que resultaría fundamental en su formación musical.
Siempre me pareció un poco esquemática y hasta reduccionista -casi maniquea- la diferenciación que hizo Borges en su día de la literatura fantástica que se opondría a la literatura realista, en su famosa conferencia «La literatura fantástica». Los cuentos de Felisberto Hernández son fantásticos en el sentido más primigenio de la palabra: fabulosos. Cuentos, con parentesco con el surrealismo y el mundo onírico, donde los personajes se animalizan -se convierten en caballos por arte de magia, símbolo fundamental para el uruguayo junto con la infancia y el agua- y los objetos cobran vida de la forma más natural posible. Por sus páginas veremos desfilar corazones verdes que se entregan de mano en mano, ojos que ven sin mayor problema en la oscuridad y balcones que se arrojan al vacío por causa del amor.
Una aproximación de lo fantástico íntima y apasionada que no pretende causarnos terror como los de Edgar Allan Poe ni tampoco ser denuncia de la burocracia maquinal como en Kafka. Hay otra diferencia fundamental con estos dos escritores: Felisberto amaba profundamente la vida.
En sus relatos se produce una osmosis tranquila y verosímil entre la realidad objetiva y la realidad fantaseada, quizás sea porque cada uno de nosotros vemos la realidad con las gafas de nuestra subjetividad. Lo que en psicoanálisis se ha venido a llamar el fantasma fundamental. No solo porque la realidad es ya es bastante fantástica en general sino porque no hay en verdad algo así como realidad objetiva, a riesgo de convertirnos en objetos. No olvidemos que objetivo procede de la palabra objeto.
En tiempos de producción acéfala y desmemoria, ahora que los algoritmos y la inteligencia artificial pretenden tomar el gobierno de las almas, acordarnos de quienes nos precedieron, hacer homenajes a los escribieron con pasión y sin ruido mediático, es defender la historia, rescatarla de sus márgenes y proteger de esta forma los legados simbólicos.
Por ti, Felisberto, está mañana hemos encendido las lámparas.
por Joaquín García



