
Guadalupe Nettel, nacida en la Ciudad de México, pasó parte de su infancia en Francia y actualmente reside en Barcelona. Forma parte de la pléyade de autoras que conforman eso que se ha venido a llamarse nuevo boom latinoamericano -categoría forzada y con la que las autoras no suelen estar de acuerdo, más allá del buen momento en que se encuentra el panorama editorial para las mujeres escritoras- entre otras narradoras magistrales como Fernanda Melchor, Mariana Enríquez, Fernanda Trías o Samantha Schweblin.
Su novela Después del invierno, publicada en 2014 fue la ganadora del prestigioso Premio Herralde. El matrimonio de los peces rojos ganó el Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero en 2013. Entre sus últimas producciones, podemos señalar la novela La hija única de 2020 y el conjunto de relatos Los divagantes de 2023 que estamos comentando hoy. Ha recibido varios reconocimientos como el prestigioso premio alemán Anna Seghers (2009), el premio franco-mexicano Antonín Artaud (2008), el Premio Nacional de Cuentos Gilberto Owen (2007) y el Prix Radio France Internacional (1993), entre otros.
Guadalupe Nettel se sirve en su quinto libro de cuentos Los divagantes (2023) como hiciera en El matrimonio de los peces rojos (2013) de una potente metáfora para acercarse a los esquivos y extraños humanos: los albatros, esos pájaros gigantes que habitan en el hemisferio sur, que en ocasiones por falta de aire se desorientan en el vuelo y no saben luego cómo continuar su existencia. Cada uno de los personajes de estos ocho cuentos son una especie de albatros. Viven en una realidad extraña y asfixiante sin saber qué pasos dar. Son muchas veces ajenos y transparentes a sus propia familia. Viven en el cruce de caminos como el padre de Edipo, en la frontera, en el lugar donde quizás sería posible todavía un cambio, un revulsivo, aunque fuera solo en el sueño.
Los padres de Guadalupe Nettel, jóvenes progresistas estuvieron muy influidos en su crianza, por las ideas emanadas del turbulento mayo del 68. Aunque podemos considerarles algo ingenuos desde la distancia lucharon por sus ideales y por eso Guadalupe les está agradecida. Como orientarse hoy en esta sociedad cuando el capitalismo está reduciendo todos los antagonismos y cuando parecen haber caído todos los ideales? Nettel tiene una vinculación íntima con esos seres que se ubican en los márgenes del éxito, esos que viven una vida aparentemente normal pero que albergan en su seno contradicciones y el deseo secreto de una vida distinta. Quizás la propia autora haya sido también un albatros en la infancia.
Nettel sabe lo que es ser mirada mal, sabe del poder de los gestos y las palabras, su capacidad destructiva pero también salvífica: ni una palabra de menos ni de más encontraréis en sus cuentos. Que cada cual intérprete lo que hubo en realidad entre el tío y la sobrina del cuento «La impronta». La mejicana nos deja precisamente al borde de ese abismo; contemplando las decisiones de unas personas incapaces de transformar su vida en «Un bosque bajo tierra» o que están a punto de franquear las puertas de un destino, que ya será irrevocable en «La puerta rosa». O no.
El destino ya se vislumbraba con nitidez en su libro de relatos El matrimonio de los peces rojos lo que la dota su escritura de un aire majestuoso y clásico, con tintes trágicos, como en el relato «Un bosque bajo la tierra».
Ella, según describe en su autobiográfico libro El cuerpo en que nací (2011) -novela que recomiendo encarecidamente- el estrabismo que sufría en un ojo desde pequeña, anomalía de la visión y la mirada por la cual durante mucho tiempo sufrió acoso en el colegio. Un día, sin saber muy bien cómo, empezó a crear historias, que la maestra le obligó a enseñárselas, algo alucinantes y aterradoras, sobre esta situación lo cual entusiasmó a sus compañeros de escuela. Gracias a la escritura se consiguió hacer un lugar. La escritura, si es verdadera, puede ayudar a anudar la trama de la existencia. Es aliento vital, paliativo de extrañezas, ánimo para seguir.
Nettel es experta en mostrar los aspectos más verdaderos de un personaje con unas breves pinceladas como hacía Chéjov. Estoy pensando en la madre que pone un cartel de su hijo perdido en la cofradía de los huérfanos -su frialdad- o el tío que está a punto de morir de «La impronta» -su capacidad de seducción-. Nettel es la maestra de lo sutil, sabe sugerir sin mostrar, nunca cae en lo explícito y mucho menos en lo obsceno. Sus relatos son como una caricia a un enfermo agonizante: profundamente humanos. Mucho más cerca por tanto al cine poético de Kiarostami que a la forma de mirar enfática y morbosa de Tarantino.
Nettel afirma que no aborda en sus escritos el tema político directamente, intenta dejar sus ideas y convicciones al margen, pero suele acabar apareciendo el contexto sociocultural de los problemas de los lugares donde se narran sus novelas, con frecuencia ciudad de México. Aunque aquí en el cuento que da nombre el libro si se aborda el tema político frontalmente nombrando el desarraigo de los exiliados por la dictadura. Se ha dicho de su obra -de forma quizás algo torpe- que es más íntima que política, lo cual es una falsa antinomia porque como se ha advertido desde los movimientos feministas lo personal es también político. Lo íntimo es evidentemente también una forma de política.
Lo que vemos no es la realidad, no creas en lo que ves, parece alertarnos como un letrero luminoso la prosa clarividente e intimista de Guadalupe Nettel. Hay un fuera de campo cinematográfico. Tronco y ramas no son el bosque. El bosque son las miles de raíces que se entrelazan y anudan profundas bajo tierra recorriendo América y sosteniendo el mundo. Lo que llegamos a ver es apenas el dedo que apunta a la luna, mediatizados por todos nuestros temores y programitas inconscientes de interpretar la realidad. Soy el único que repugnó antes de tiempo el cuento «La puerta rosa», sin saber de qué se trataba en realidad? Otro magistral giro de guión de nuestra querida autora.
Su obra, mirada en su conjunto, podríamos decir que es liminal y transfronteriza como su propia ciudad natal: se ubica siempre entre dos culturas (América Latina y Europa), entre dos estados (lo inmóvil y lo cambiante), entre dos geografías emocionales distintas (la casa de su madre y la casa de su padre), entre dos lenguas (el español y el francés) y también entre el mundo de la clase media mexicana y el mundo de los marginados como su padre (quien estuvo en prisión en México, tal como lo relata también en el libro El cuerpo en que nací).
Según Guadalupe Nettel, la división de estos mundos también ocurre desde lo corpóreo: un ojo que mira la realidad con claridad, y el otro, estrábico, cubierto por una especie de tela de araña, con el que ella observa la realidad de manera distinta y acaso de forma perturbadora.
A Guadalupe Nettel le gusta que la consideren una autora inclasificable, así que así haremos. Sería muy difícil además trazar las genealogías invisibles con la que le unen a sus predecesores y predecesoras mexicanos. Unida con otras por lazos de hermandad, su obra singular brilla sin embargo como una gema negra y única en el desierto. Salvaje pero de prosa de terciopelo, sutil pero profunda, contundente pero tierna, Guadalupe Nettel no deja en cada una de sus esperadas entregas de sorprendernos y conmovernos.
Sus libros sirvan acaso para amueblar un poco mejor la casa de la subjetividad, para habitar con menos estupidez el mundo. Quizás la escritura sirva solo para eso: trazar un camino posible en las ruinas de los ideales.
Albatros que son capaces de soñar nuevamente con el deseo.
por Joaquín García



