Después del mito fundacional que fue el Martín Fierro, y después del milagro excéntrico, indiscernible entre la realidad y la leyenda, que fue Macedonio Fernández, quizás existan dos mitos incomparables en la literatura argentina contemporánea: Jorge Luis Borges y Julio Cortázar
Ambos escritores, merecidamente célebres, se vieron pocas veces a lo largo de sus vidas, y pese a las grandes diferencias políticas que les separaban, siempre se admiraron y estuvieron unidos por un hilo de misteriosa complicidad. Ambos se interesaron por el mundo helénico, Borges más clasicista, Cortázar más hermeneuta libre, y ambos les apasionaba profundamente el mundo de lo fantástico. Los también fueron grandísimos lectores; Cortázar leía con inagotable pasión por una enfermedad que le tenía de pequeño postrado en la cama. Borges, quien imaginó la biblioteca como un universo y el libro, como la prolongación más fiel del pensamiento humano.
Al joven Cortázar, en su etapa de adolescente, le fascinación Edgar Allan Poe, a quien años después traduciría al español, trabajo que durante décadas se consideró canónico y no necesitado de revisión. De Poe, asimiló la arquitectura del cuento, la atmósfera inquietante y la idea de que lo fantástico puede insinuarse en lo cotidiano en aspectos tan sutiles una sombra. Esa influencia sería decisiva en cuentos como “Casa tomada” o “Axolotl”.
También fue muy importante la impronta de la literatura francesa, Julio Verne, que leía desde pequeño, quien despertó su vocación por la aventura y la imaginación sin límites, así como posteriormente los simbolistas franceses -Baudelaire, Rimbaud, Mallarme- quienes le revelaron nuevas posibilidades del lenguaje y un modo diferente de mirar lo real. Esta poesía llena de evocaciones y metáforas lo llevó a experimentar con los ritmos, los silencios y las zonas ambiguas del sentido, aspectos que luego serían parte esencial de su prosa, siendo siempre un profundo investigador del lenguaje en su fondo y forma, inventor de mundos.
Algunas cuestiones que le apasionaban fueron el boxeo y el jazz (de los que lograba evocar su oscuro misterio y lenguaje coloquial), los caminos del azar y la contingencia, los sueños, las cartas -que para él eran el mejor resumen de su vida, como con su amiga Cristina Peri Rossi, o cartas fantaseadas homenajes a autores que apreciaba como Felisberto Hernández o Sara Gallardo, no le gustaban las biografías detalladas-, la mutabilidad inherente de las cosas, la inapresable identidad, la ciudad de París, la infancia, lo fantasmagórico y el compromiso con los derechos humanos y las revoluciones latinoamericanas. Y el amor, siempre al amor.
Julio Cortázar reconocía en Borges una de sus mayores influencias literarias. De él aprendió que los mundos fantásticos también requieren reglas internas precisas. Influencia que se ve con claridad en su primera incursión en el género del relato, la compilación La otra orilla, cuentos escritos entre 1937 y 1945, de la que no quedó muy satisfecho y que se publicarían póstumamente en 1944.
En una ocasión, casualidad o azar, asistió Julio a una conferencia de Borges sobre literatura contemporánea y, sin saber que él estaba entre los presentes, Borges lo nombró como de uno los grandes escritores contemporáneos; agregando, eso sí, que desgraciadamente, nunca podrían tener una relación amistosa porque Cortázar era comunista.
Relataba el propio Borges como se conocieron por primera vez; fue a finales de la década del cuarenta, cuando Borges era director de la revista Los Anales de Buenos Aires, bromeaba con su humor habitual que una vez lo visitó un joven de elevada estatura y cara aniñada que, con timidez, le dejó un cuento para que considerara la posibilidad de publicarlo. Borges le propuso que regresara en un par de semanas, pero el autor ansioso y sin poder contenerse, acudió unos días antes.
Borges le dijo entonces que tenía dos noticias para darle y que las dos eran buenas: la primera que el cuento le había gustado y sería publicado; y la segunda que iba a ser ilustrado por su hermana Norah (que lo ilustraría con dos dibujos a lápiz). Se trataba de “Casa tomada”, uno de sus más enigmáticos y memorables relatos, que luego encabezaría el volumen de Bestiario, el primer libro de cuentos publicados suyos que vería la luz en 1951 por editorial Sudamericana.
La anécdota confirma la agudeza del Borges lector para descubrir en un texto la calidad literaria de otros escritores. Nuestro autor tuvo la alegría y el privilegio de leer por primera vez en letras de molde un cuento suyo, el primero publicado, cuyo argumento es la ocupación gradual de una gran casona habitada por dos hermanos que son misteriosamente expulsados por una invisible presencia.
Este relato, que sintetiza una de las formas de aproximarse a lo fantástico de Cortázar, que se ha venido a llamar neofantástico (más cerca de lo raro que de lo espeluznante, por acudir a la reveladora nomenclatura de Mark Fisher), donde hay una fisura en lo que vemos o conocemos que acaba desestabilizando todo el campo de la realidad. Corriente que ha seguido magistralmente Samanta Schweblin, comenzando esta autora sus cuentos muchas veces cuando la desestabilización de la realidad ya se ha producido.
Interpretaciones de este relato ha habido muchas; una de ellas es que Irene y su hermano representan a Adán y Eva, expulsados por alguna culpa del paraíso. También se ha mencionado desde el psicoanálisis, el vínculo profundamente incestuoso de los hermanos, y la culpa asociada que se saldaría en la salida final de la casa que representaría el útero materno.
Más interesante quizás es la hipótesis Sebreli, de profundo calado político que podría resumirse en que la casa representa el país (Argentina) y las fuerzas que toman la casa serían las clases populares peronistas, que expulsan a las clases rentistas y aristocráticas, que funcionan como castas endogámicas, decadentes e impotentes frente a esta irrupción popular. Cortázar rechazó en múltiples ocasiones esta interpretación política pero sí aceptó la interpretación simbólica acerca de que Irene tejiendo representaría a Penélope esperando a Ulises, aunque él aclaró que esta no fue su intención original. Julio desveló en alguna entrevista que el cuento venía tomado de una pesadilla, así como hizo en su día Lovecraft (pero de otra manera):
Yo soñé ‘Casa tomada’. La única diferencia entre lo soñado y el cuento es que en la pesadilla yo estaba solo. Yo estaba en una casa que es exactamente la casa que se describe en el cuento, se veía con muchos detalles, y en un momento dado escuché los ruidos por el lado de la cocina y cerré la puerta y retrocedí… en ese sonido estaba el espanto total. Yo me defendía como podía, cerrando las puertas y yendo hacia atrás. Hasta que me desperté de puro espanto.” “Entonces yo me precipitaba a cerrar la puerta y a poner todos los cerrojos para dejar la amenaza de otro lado. Y entonces durante un minuto me sentí tranquilo y parecía que la pesadilla volvía a convertirse en un sueño pacífico. Pero entonces de este lado de la puerta empezó de nuevo la sensación de miedo.” … “Era pleno verano. Yo me desperté totalmente empapado por la pesadilla; era ya de mañana, me levanté, tenía la máquina de escribir en el dormitorio y esa misma mañana escribí el cuento de un tirón.”
Sobre lo fantástico, Cortázar expresaba que empezó a sentir interés en la infancia, en la entrevista con el periodista Jason Weiss para la revista The Paris Review. Fue en “Casi ninguno de mis compañeros de clase tenía sentido de lo fantástico. Tomaban las cosas tal como eran… esto es una planta, esto es un sillón. Pero para mí las cosas no estaban tan bien definidas. Mi madre (…), una mujer muy imaginativa, me estimulaba. En vez de decirme: “No, no, debes ser serio”, le gustaba que yo fuera imaginativo; cuando me incliné por el mundo de los fantástico, ella me ayudó dándome libros para leer”, le decía el autor de Rayuela a Weiss en diciembre de 1983, poco antes de su muerte.
Faltaría decir que su propio nacimiento fue extraordinario y fantástico; mientras su madre paría en Bruselas un 26 de agosto de 1914 los obuses del Kaiser alemán intentaban tomar la ciudad, él que declaraba con humor años más tarde para una entrevista ser uno de los hombres más pacíficos del mundo.
Según Andrés Neuman, en su interesantísimo texto Cortázar forastero, sus cuentos se han aislado en canon restrictivo que tiende a traicionar la genuina variedad de su poética. Sus piezas perfectas -la perfección que siempre buscó nuestro querido escritor- como “Continuidad de los parques o “Axolotl” -donde se ve la extrañeza del exiliado y una breve teoría sobre la identidad-, muchos de sus cuentos memorables como “La autopista del sur”, “Casa tomada” no son proclives al malabarismo estructural ni concluyen en sorpresa. Según el escritor hispano-argentino, la mayoría de sus cuentos operan al margen de la simplificadora ecuación con que suele identificarse su narrativa breve, persiguiendo más bien lo que él alguna vez denominó “mecánicas no investigables”.
Newman, cita al escritor uruguayo Horacio Quiroga, que realizó una división de su propia narrativa en cuentos de efecto (textos de estructura clásica) y cuentos a puño limpio: textos que salen sin brújula al mundo del lector en busca de un impacto visceral.
De esta forma, para Newman, también se podrían agrupar los cuentos de Cortázar en función de dos conceptos mencionados por el autor: aquellos con la milimétrica vocación de converger en un golpe final, en un knock-out (metáfora del boxeo, donde la novela gana en los lectores por puntos y el cuento por knock-out); y aquellos otros con preferencia por la improvisación a partir de un tema dado, es decir, por el take, que en Jazz alude a cada toma de una grabación en estudio de una pieza musical. Entre estos últimos Newman cita “Carta a una señorita en París”, “El perseguidor”, las célebres Historias de cronopios y famas, y títulos mucho menos transitados como Un tal Lucas.
Julio Cortázar dudaba profundamente de la linealidad del tiempo cronológico y sospechaba que, lo que la vida nos depara como hechos casuales, sean reamente tales. Como si la vida misma fuera un cronopio, hay acontecimientos en nuestra cotidianidad que siendo ignorados u ocultos conforman nuestra existencia de manera más real que la misma realidad. Algo de esto puede verse en el relato que comentamos hoy “Manuscrito hallado en un bolsillo” donde están en juego y tensión la contingencia y la magia de lo inconsciente, convergiendo en un encuentro que va más allá del puro azar, en toda su majestuosidad incomprensible.
Según Aglaia Berlutti para Cortázar la literatura era una lente privilegiada para mirar al mundo más que un medio para mostrar su visión personal. Cortázar concebía la escritura como un acto de libertad e intuición, un juego serio. Para ello hay que pasar por el estado de trance donde la historia “posee” al autor, antes de la corrección rigurosa de sus textos.
Para él no había buenos ni malos temas, solo su tratamiento, y tampoco había leyes fijas, a lo sumo puntos de vista, hacia un texto soñado perfecto, que debe ir idealmente más allá de su creador.
Fue buen amigo de sus amigos y amigas, más de 500 libros dedicados lo demuestran, y muchos compañeros escritores y escritoras con los que mantuvo una intensa compañerismo y epistolario como Octavio Paz, Pablo Neruda, Alejandra Pizarnik (a quien acompañó con sus palabras hasta el final), Carlos Fuentes, y Cristina Peri Rossi, la cual le dedicó dos libros; uno sobre su amistad y una biografía breve.
A vueltas y de vuelta a Latinoamérica -de donde quizás nunca se separó afectivamente- tras su exilio, ya como escritor celebrado, pese a sus detractores que le consideraron o bien poco comprometido políticamente o bien demasiado alejado en su escritura de la realidad- pasando en su periplo por los 80 mundos del lenguaje y la imaginación, siempre con la precaución en no traicionar sus ideales y forma de pensamiento.
Cortázar supo erigir una voz personalísima, a raíz de su desbordante imaginación, su gusto por la experimentación con las formas del lenguaje, un amplísimo bagaje asimilado de lecturas; su insobornable compromiso político y estético que se plasmó en un pulso sostenido vital, más allá incluso de sus propios textos, donde toma toda su dignidad la palabra clásico.
Si bien los textos de Borges, como expresa Jaime Alazraqui son reelaboraciones de argumentos filosóficos, teológicos o literarios, literatura en cierta forma de la literatura, los de Cortázar captan experiencias inéditas que van más allá del ámbito de la Biblioteca y corretean por la vida como podría hacerlo una mariposa, un pájaro o un niño.
Allí habremos de nuevo de encontrarlos.
Joaquín García
La hora del vermut
junio, 2026



