Dentro de aquel linaje, inmemorial y abúlico, donde manteles bordados y cuellos tejidos eran más importantes que las personas, en sus galerías interminables y nocturnas, fuimos fundando nuestras comunidades paralelas. En una biblioteca por ordenar, en la cocina con los fogones ya tapados o en el jardín junto al cedro y el columpio; la costurera recibía mis confesiones a media voz, el ama de llaves me leía un cuento frente a la angustia insomne y el jardinero de pico negro, irrumpía como amante duplicado, luctuoso y sin control. Es raro, yo misma me sorprendo al decirlo… siendo como era, todavía una niña: ¿bondad innata, caminos transformadores, compromiso social, perversión generalizada? Vosotros nunca llegasteis a comprender nuestra forma de amar, escandalosa y excesiva. Ingenuos y ciegos de moral, creísteis poder juzgar el fuego solo por el humo. El deseo, solo existía en aquellos días, si permanecía oculto. Nunca hicimos la revolución pero tampoco el mal, a veces siento que incluso la violencia era una forma de armonía, de seguir perpetuando la vida. El despertar de las aves de sexo febril abrían ventanas en las paredes cerradas, indicios posibles para nuestra soledad errante; todos éramos un poco huérfanos bajo aquellos muros.
Cada tarde, cuando las institutrices terminaban sus monsergas inútiles, sus historias inertes de materias, yo miraba una y otra vez mis dibujos preguntándome donde estaría la vida. Me sentía frente a esos retratos como una estatua mutilada o una muñeca desposeída de su voz. Si había dos ángeles, ¿porque había de ser yo siempre la fallecida? Empecé a anotarlos a escondidas de mi madre, convencida de hallar tarde o temprano una salida; escribía sus márgenes, añadía colores y matices, los reanimaba como títeres sin carretel, agujereaba las imágenes; fui encontrando fugas al encierro terrible de los espejos. Difuminados, borrados; hasta dejar tan solo las palabras. Ese era mi mundo sustraído de miradas y triángulos, mi cuerpo creciendo hacia ninguna parte, las grietas en la luz; comencé así a pintar de veras, a pintar con palabras.
Para mí las palabras, eran desde siempre, como se dice, una cosa muy seria. Yo tenía mi procedimiento de adivina. Sobre una maleta llena de viejas fotografías, ponía una hoja blanquísima, que no podía arrugarse de ningún modo. Sobre esos cimientos inestables ubicaba algunas letras desperdigadas. Si nombres propios y raros sinónimos no habían sido del todo arbitrarios, pequeños escenarios surgían bordeando sus balizas. Cuando ese universo en miniatura, luminoso y espectral, se veía con suficiente claridad, se lo dictaba a Olga recostada desde el diván, con los ojos muy cerrados, con temblores de trance, presintiendo que narrar era una forma de engañar a la muerte.
Yo era una médium de palabras, portadora de un milagro frágil. A veces corregía compulsivamente, como una niña que persigue por el campo a sus perros favoritos, otras los daba por buenos según nacían. A los cuentos, una vez paridos, me los encontraba por la calle, en el sitio menos pensado, en el parque o en la iglesia; ellos me miraban desde fuera, a veces con mirada cómplice, otras como una madre feroz, que reprende con severidad a su hija ingrata, demasiado fecunda para su mirada estrecha.
Solo hablar suponía ya una infidelidad para mi familia, porque las palabras también copulan, se manifiestan en armarios de las ropas intimas de las muchachas, y se adentran en madrigueras exogámicas, y por mucho que se diga: no tienen dueño, ni marido predestinado. Sentada sobre la rama del árbol del recuerdo, veía llegar a los mendigos, escuchaba sus jergas como duraznos grotescos y dehiscentes en la boca, soñando una libertad de agua, que nunca llegaba a materializarse. Mis días eran una especie de postergación infinita, un viaje en una carreta destartalada fuera del tiempo. Imaginaba que me iba a vivir con ellos, que inventaríamos historias junto a la hoguera, que les servía un café o un tecito, como buena anfitriona o les podría ofrecer, apenas, un terrón de azúcar. Un domingo mi familia me dijo que ellos nunca me aceptarían. Les respondí, abrupta, que no me importaba: solo quería ser querida.
Yo deseaba tener una amiga y cazar con ella una nube o un perro bueno que naciera del sueño y me protegiera de las amenazas constantes de Armindo o me uniera un poco a mamá, intentando no pronunciar las expresiones prohibidas: coito, concupiscencia, orgullo. Después, observando crepúsculos, por niña demasiado curiosa o esposa incauta, me caí por la borda de un trasatlántico, de color azul, muy lujoso y brillante. Mis gritos no pudieron atravesar su cascote gigante de acero, se iban ahogando poco a poco mientras caía hacia aquellas matrices sin corazón y hélices furiosas. Le pedí a Santa Rita, la defensora de lo imposible, un último deseo: si sobrevivía, evocaría todas las personas importantes desde que nací. Fui Sherezade en alta mar contra el rey Shahriar: una persona recordada más significaba un día más.
Aparecieron muchas personas, cada uno con su historia y su nombre único, aun los difusos los daba por verdaderos, repetidos de forma misteriosa, fueron mis timoneles frente a la deriva. ¡Que pasión tenía por los nombres!, ¡todavía a día de hoy creo que son media vida! Cuando mi memoria no permitía franquearse y no pude recordar más, pensé que estaba muerta, que había llegado el fin. Pero la existencia continuó, de una forma que no pude comprender. Comenzó un epílogo soñante, donde todos los personajes soy yo misma pero ninguno por completo: ¿desde donde os hablo en este momento, y que expresar, ahora que ya no existen máscaras ni espejos?
¿Qué podría decirte, Alejandra, si te escribiera una carta que nunca me atreví a enviar? Querría preguntarte a ti, Victoria, ¿porque subrayaste disfraz en aquella reseña primera en vez de decir con más sencillez; armadura del desamparo o remedio contra la melancolía? ¿Bioy, podrás cuidarme, pese a todo, cuando esté ya muy enferma? Acaricio con cuidado a la gacela hermosa que aúlla vibrante tras su jaula, y pregunto a estos animales, monos y leones, de un edén primero e inmanente, donde nada se gana ni se pierde, si aceptarían ser mis amigos.
Desnuda de conceptos, afloran mis raíces de marzo, mientras el mar que asciende amortigua las palabras más duras. Prístina y sorprendida por no estar ya en ningún lugar, mi cuerpo aún guarda los perfumes silvestres, evocadores como mi nombre, jardín o bosque, desde aquí, os hago llegar mi voz vacilante, más acá o más allá de este mundo. Recordadme como quien fui; una niña devenida mujer, que solo anhelaba salir de casa para ir al encuentro con la vida.
FIN
Relato escrito en memoria de la vida de SILVINA OCAMPO, por Joaquín García. Es un texto híbrido ya que alguna frase es de la propia Silvina. Parte de la lectura de sus textos; fundamentalmente la novela La promesa editada por Lumen en Argentina en 2011 que ofrece el eje y estructura al relato y los cuentos «Soñadora compulsiva» y «La lección de dibujo» (Cornelia frente al espejo, 1988).
La hora del vermut, abril de 2026



